(Tercer episodio de la serie « El enigma Mohammed VI », publicado por Le Monde, 26 de agosto de 2025.)
La llegada al trono de Mohammed VI en 1999 fue recibida con una ola de entusiasmo. El nuevo rey, joven y afable, despertaba la esperanza de pasar página a los “años de plomo” de Hassan II y abrir una etapa de democracia y La muerte de Hassan II en 1999 abrió una etapa de esperanza en Marruecos. Su hijo, Mohammed VI, fue recibido como un monarca joven, moderno y cercano a su pueblo, capaz de reconciliar a la monarquía con una sociedad marcada por décadas de represión y miedo. Su imagen de “rey de los pobres” se reforzó con gestos espectaculares: el regreso del opositor comunista Abraham Serfaty, el fin del arresto domiciliario del líder islamista Abdessalam Yassine, o la destitución del todopoderoso ministro del Interior Driss Basri, símbolo de los “años de plomo”.
Uno de los momentos más simbólicos de esa modernidad emergente se produjo en 2002, durante el Festival Internacional de Cine de Marrakech. Aquella noche, Mohammed VI apareció por primera vez en público junto a su esposa, Lalla Salma, rompiendo el tabú de la invisibilidad de las mujeres en la familia real. El matrimonio con una joven de clase media, diplomada y con vida profesional propia, fue percibido como una ruptura con los usos del pasado y un mensaje de apertura hacia el interior y hacia el exterior.
Las primeras reformas parecían confirmar ese impulso. En 2004 se aprobó la reforma del Código de la Familia (Moudawana), que otorgaba nuevos derechos a las mujeres y limitaba la poligamia. Ese mismo año se creó la Instancia Equidad y Reconciliación (IER), destinada a reconocer a las víctimas de la represión e indemnizarlas. Inédita en el mundo árabe, esta comisión contribuyó a forjar la imagen de un rey reformador, atento a los derechos humanos y dispuesto a cerrar las heridas del pasado.
Sin embargo, esas reformas pronto mostraron sus límites. La IER no abrió juicios ni modificó el aparato securitario, y la Moudawana fue aplicada de manera parcial debido a la resistencia de jueces y mentalidades conservadoras. Paralelamente, la libertad de prensa retrocedió: censuras, suspensiones de publicaciones y persecuciones judiciales limitaron el debate. La decisión del rey, en 2002, de nombrar a Driss Jettou —un tecnócrata vinculado al palacio— en lugar del líder socialista que había ganado las elecciones, evidenció que la soberanía popular estaba subordinada al poder real.
El estallido de las revueltas árabes en 2011 marcó otro punto de inflexión. El movimiento del 20 de febrero, protagonizado por jóvenes que exigían democracia y justicia social, llevó al rey a anunciar una nueva Constitución. El texto, aprobado en referéndum, prometía reforzar al Parlamento y al gobierno, reconocer la lengua amazigh y garantizar una justicia independiente. En la práctica, Mohammed VI mantuvo el control sobre los ámbitos estratégicos: seguridad, diplomacia, religión y economía. La reforma neutralizó la protesta, pero no alteró la esencia del sistema.

El desencanto social resurgió en 2016 con la revuelta del Rif, tras la muerte de un vendedor de pescado en Al-Hoceima. La protesta fue reprimida con dureza: detenciones masivas, condenas severas y un mensaje inequívoco de cierre a cualquier contestación. Desde entonces, la represión se ha intensificado contra periodistas, activistas, abogados e incluso usuarios de redes sociales críticos, perseguidos judicialmente o difamados en campañas mediáticas organizadas.
En paralelo, Mohammed VI ha reforzado de manera considerable su fortuna personal. Según Forbes, en dos décadas su riqueza pasó de 500.000 dólares a 5.700 millones en 2015, con inversiones en banca, telecomunicaciones, energía y seguros. Para algunos analistas, el monarca se asemeja cada vez más a los príncipes del Golfo con los que convive, encarnando un capitalismo de Estado que combina desarrollo nacional y enriquecimiento personal.
Los logros materiales, sin embargo, son innegables: infraestructuras modernas, el tren de alta velocidad, autopistas, el puerto de Tánger Med, electrificación casi total en zonas rurales y una gestión eficaz de la pandemia de Covid-19. Estos avances han dado al país una imagen de modernidad y estabilidad que seduce a los socios internacionales y refuerza su peso diplomático en África y en el mundo árabe.
Pero el pasivo es igualmente evidente: persistencia de la pobreza en el campo y en los barrios marginales, desempleo estructural de la juventud, desigualdades crecientes entre regiones y un paisaje político convertido en un desierto. Para muchos marroquíes, el reinado de Mohammed VI representa un gran contraste: un país que muestra modernidad, pero mantiene un orden político intacto.
Veintiséis años después de su entronización, la “enigma Mohammed VI” sigue vigente. Es el “monarca de las reformas inacabadas”: reformas parciales, promesas de modernización limitadas, una apertura controlada y reversible. Marruecos ha cambiado su imagen, pero no su sistema. El poder sigue concentrado en el palacio, y esa estrategia —reformar sin transformar— alimenta la frustración de una sociedad que busca dignidad y futuro.
Y a esta contradicción se suma un silencio significativo: ninguno de estos relatos oficiales de modernidad menciona la ocupación ilegal del Sáhara Occidental. Mientras Mohammed VI se presenta como un reformador ante la comunidad internacional, en los territorios ocupados del Sáhara se multiplican las violaciones de derechos humanos, la represión contra activistas y el saqueo de recursos naturales. Allí, la “reforma” nunca llegó: lo que persiste es la ocupación. Un recordatorio de que la modernidad que el régimen exhibe hacia fuera convive con un colonialismo brutal hacia el pueblo saharaui.
Referencia
Este artículo de análisis de la PLATAFORMA «NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL» está inspirado en el tercer episodio de la serie « La enigma Mohammed VI » publicado por Le Monde el 26 de agosto de 2025.
🔗 Leer el artículo original (solo para abonados): Mohammed VI, le monarque des réformes inachevées.