Mientras los titulares internacionales se concentran en la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, otras realidades quedan fuera del foco mediático. El mundo vuelve a mirar hacia Oriente Medio, hacia el estrecho de Ormuz y los equilibrios nucleares, pero apenas presta atención a un territorio que sigue siendo jurídicamente uno de los conflictos de descolonización pendientes en Naciones Unidas: el Sáhara Occidental.
No se trata de comparar guerras ni de competir por atención. Se trata de comprender el tablero completo.
Un Magreb más estratégico que nunca
Cuando la tensión escala en Oriente Medio, el norte de África adquiere una relevancia inmediata. Las rutas energéticas, la estabilidad del Mediterráneo occidental, el control migratorio y el suministro de materias primas críticas se convierten en prioridades estratégicas para Estados Unidos y la Unión Europea.
En ese contexto, Marruecos ocupa un lugar central como aliado militar y político de Washington. La cooperación en materia de defensa, inteligencia y seguridad regional se ha intensificado en los últimos años. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en 2020 no fue un gesto aislado: fue una decisión inscrita en una lógica geopolítica más amplia.
Pero la estabilidad que se invoca tiene un coste. Y ese coste tiene nombre: el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
El conflicto que no desaparece porque no se mencione
Desde noviembre de 2020, tras la ruptura del alto el fuego por parte de Marruecos en la zona de Guerguerat, el Frente Polisario declaró reanudadas las hostilidades. Desde entonces, el conflicto armado se desarrolla a lo largo del muro militar de más de 2.700 kilómetros que divide el territorio.
Sin embargo, el Sáhara Occidental apenas aparece en la agenda informativa internacional. No hay enviados especiales permanentes. No hay cámaras sobre el terreno. No hay debates televisivos en horario de máxima audiencia.
La ausencia de cobertura no significa ausencia de conflicto.
Significa normalización.
El territorio sigue inscrito en la lista de Territorios No Autónomos de la ONU desde 1963. La opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia de 1975 concluyó que no existían vínculos de soberanía que invalidaran el derecho de autodeterminación. La misión de Naciones Unidas (MINURSO) sigue desplegada con un mandato limitado que no incluye supervisión de derechos humanos.
Nada de esto ha cambiado.
Lo que sí ha cambiado es el entorno internacional: un mundo más fragmentado, más militarizado y menos dispuesto a exigir coherencia jurídica a sus aliados estratégicos.
Recursos, rutas y energía: lo que está en juego
En tiempos de crisis energética global, el Magreb vuelve a ocupar un lugar clave. Argelia es proveedor estratégico de gas para Europa. Marruecos impulsa megaproyectos de energías renovables y posiciona el territorio del Sáhara Occidental como espacio para infraestructuras portuarias, pesqueras y energéticas.
Los fosfatos de Bou Craa, las aguas ricas en pesca, el potencial eólico y solar, las rutas atlánticas hacia África occidental: todo ello forma parte de un espacio geoeconómico que gana valor en un contexto de rivalidades globales.
El problema es que ese desarrollo se produce en un territorio cuya soberanía no está resuelta conforme al derecho internacional.
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reiterado que el Sáhara Occidental es “distinto y separado” de Marruecos y que cualquier acuerdo que afecte a sus recursos requiere el consentimiento del pueblo saharaui. Esa doctrina jurídica contrasta con la práctica política, que tiende a privilegiar la estabilidad y la alianza estratégica sobre la legalidad internacional.
El silencio como síntoma
Cuando estallan conflictos de gran escala, como el actual enfrentamiento con Irán, las prioridades mediáticas se reordenan. Pero el silencio prolongado sobre el Sáhara Occidental no es solo una cuestión de saturación informativa.
Es también un síntoma.
Un síntoma de que en el nuevo desorden mundial el derecho internacional pierde peso frente a la lógica de bloques.
Un síntoma de que ciertos conflictos se consideran “gestionados”, aunque sigan sin resolverse.
Un síntoma de que la autodeterminación es defendida con firmeza en unos escenarios y relativizada en otros.
Un frente invisible que no ha desaparecido
El Sáhara Occidental no es un conflicto congelado. Es un proceso de descolonización inconcluso en un espacio geopolíticamente sensible. Es un territorio dividido por un muro militar. Es una población refugiada desde hace casi medio siglo. Es una misión de la ONU sin referéndum cumplido.
Mientras el mundo mira hacia el Golfo Pérsico, el Atlántico africano sigue siendo un espacio donde se cruzan intereses estratégicos, energéticos y militares.
La pregunta no es si el Sáhara Occidental compite en visibilidad con otras guerras.
La pregunta es si el nuevo orden internacional que emerge de estas crisis será capaz de aplicar el derecho de manera coherente, también cuando afecta a aliados.
Porque los frentes invisibles no dejan de existir por quedar fuera de los titulares.
Y el derecho de autodeterminación no caduca por falta de cobertura mediática.
Carlos C. García – Plataforma «NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL»
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