
El representante del Frente POLISARIO en España advierte en infoLibre de que convertir el Sáhara Occidental en la explicación de cada crisis con Rabat termina ocultando otros problemas históricos entre ambos países. Al mismo tiempo, recuerda que cuando están en juego el territorio y las aguas saharauis, el derecho internacional no admite que sean tratados como parte de Marruecos.
Cada vez que las relaciones entre España y Marruecos entran en crisis, el Sáhara Occidental acaba apareciendo como explicación de casi todo. Ocurrió en 2021 con la hospitalización de Brahim Ghali, reapareció tras el giro de Pedro Sánchez de 2022 y vuelve a suceder ahora, después de la entrada masiva registrada en Ceuta. Sin embargo, utilizar la cuestión saharaui como explicación automática de cada choque con Rabat puede terminar ocultando otros problemas que existen independientemente de ella.
Esa es una de las ideas centrales de la reflexión que Abdulah Arabi, representante del Frente POLISARIO en España, publica este martes en infoLibre. Arabi no resta importancia al Sáhara Occidental dentro de las relaciones hispano-marroquíes; precisamente por su responsabilidad política sería absurdo que lo hiciera. Lo que plantea es algo diferente: Marruecos y España mantienen contenciosos, desconfianzas y desequilibrios que no desaparecen aunque el Sáhara Occidental quede fuera de una conversación concreta.
Ceuta y Melilla son probablemente el ejemplo más evidente. Las reivindicaciones marroquíes sobre ambas ciudades preceden a la actual crisis y seguirán existiendo con independencia de cualquier modificación de la posición española sobre el Sáhara. Lo mismo ocurre con la gestión de las fronteras, la presión migratoria, las diferencias económicas y una relación bilateral profundamente asimétrica que durante los últimos años Madrid ha intentado presentar bajo expresiones como «prosperidad compartida».
Arabi advierte de que esa retórica de cooperación no debería servir para diluir asuntos relacionados con la soberanía y la integridad territorial española. Después de lo ocurrido en Ceuta, la cuestión resulta especialmente pertinente. España apoyó en 2022 la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental esperando abrir una etapa de relaciones más estables con Rabat, pero cuatro años después Ceuta ha vuelto a demostrar que los problemas entre ambos países no comenzaron en el Sáhara ni terminan modificando la posición sobre él.
Sin embargo, la reflexión de Arabi tiene una segunda parte igualmente importante. Que el Sáhara Occidental no explique todas las crisis entre España y Marruecos no significa que su estatuto jurídico pueda ignorarse cuando realmente estamos hablando del territorio saharaui.
Esto resulta especialmente claro en el caso de las aguas y los recursos naturales. Arabi recuerda la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que ha establecido reiteradamente que el Sáhara Occidental posee un estatuto separado y distinto del de Marruecos. Por ello, sus aguas adyacentes tampoco pueden tratarse sencillamente como aguas marroquíes ni pueden explotarse sus recursos prescindiendo del consentimiento del pueblo saharaui.
La referencia tiene además una evidente actualidad. Mientras siguen apareciendo noticias sobre pesca, inversiones, energías renovables o proyectos económicos desarrollados en el Sáhara Occidental ocupado, España y la Unión Europea continúan enfrentándose a una realidad jurídica que ninguna conveniencia diplomática puede borrar: Marruecos administra de facto buena parte del territorio, pero esa ocupación no equivale a soberanía reconocida internacionalmente.
La distinción que plantea Abdulah Arabi resulta por eso especialmente útil. No todo problema entre España y Marruecos tiene su origen en el Sáhara Occidental, pero cuando el problema afecta al Sáhara Occidental tampoco se puede actuar como si Marruecos tuviera sobre él una soberanía que el derecho internacional no le reconoce.
Durante demasiado tiempo, la política española ha oscilado entre ambas simplificaciones. Unas veces se presenta el Sáhara como origen inevitable de las tensiones con Rabat; otras, cuando interesa preservar la relación bilateral, se pretende que el territorio pueda desaparecer temporalmente de la ecuación. Ninguna de las dos posiciones permite construir una relación verdaderamente equilibrada.
Ceuta y Melilla no dejarán de formar parte de las aspiraciones marroquíes porque España respalde una determinada propuesta para el Sáhara Occidental. Tampoco las aguas saharauis se convierten en marroquíes porque resulte conveniente para determinados acuerdos económicos o estratégicos.
Ese es probablemente el aspecto más incómodo de la reflexión de Abdulah Arabi: una relación estable entre España y Marruecos exige mirar todos los problemas de frente, no utilizar unos para esconder otros. Y entre esos problemas continúa estando, naturalmente, el que España dejó sin resolver hace cincuenta años cuando abandonó el Sáhara Occidental.
Fuente y lectura original: Abdulah Arabi, «¿Crisis España-Marruecos? Razón: Sáhara Occidental», infoLibre, 18 de agosto de 2026