Por Victoria G. Corera – Plataforma «NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL»
El reciente análisis publicado por el ex enviado personal de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental Christopher Ross ofrece una ventana especialmente interesante para comprender el nuevo momento diplomático que se ha abierto en torno al conflicto. Su texto, centrado en las negociaciones impulsadas en los últimos meses, permite observar con cierta claridad el cambio de clima político que se ha producido tras la adopción de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de la ONU.
El reciente análisis publicado por el ex enviado personal de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental Christopher Ross ofrece una ventana especialmente interesante para comprender el nuevo momento diplomático que se ha abierto en torno al conflicto. (Puedes leer aquí nuestro análisis del artículo de Christopher Ross).
Ross no escribe como un comentarista externo. Durante años fue uno de los principales responsables de los esfuerzos de mediación internacional en el conflicto del Sáhara Occidental. Conoce por experiencia directa las dificultades de cualquier negociación sobre el futuro del territorio y sabe hasta qué punto el proceso político ha atravesado largos periodos de parálisis. Su análisis, por tanto, no pretende anunciar un desenlace inmediato, sino evaluar si el nuevo impulso diplomático puede abrir realmente una vía de avance o si terminará reproduciendo los bloqueos que han marcado las últimas décadas.
Uno de los elementos que destaca con mayor claridad es el cambio en el papel de Estados Unidos dentro del proceso. Según Ross, Washington ha pasado de ser un actor relevante dentro del Consejo de Seguridad a asumir una posición mucho más activa en la organización de las conversaciones. Las reuniones celebradas en Washington y en Madrid durante los primeros meses de 2026 reflejan ese intento de imprimir un ritmo nuevo a unas negociaciones que llevaban años prácticamente congeladas.
Ese movimiento diplomático no es menor. Tras un largo periodo sin encuentros directos de alto nivel, delegaciones de Marruecos, el Frente Polisario, Argelia y Mauritania han vuelto a sentarse en la misma mesa. El simple hecho de reanudar contactos políticos en este formato ya representa, en términos diplomáticos, un cambio de escenario respecto a los años recientes. Sin embargo, como el propio Ross señala con prudencia, reactivar conversaciones no equivale necesariamente a acercar posiciones.
El nuevo marco político se articula en torno a la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad. Ross subraya que esta resolución introduce una evolución significativa respecto a enfoques anteriores, al situar la propuesta de autonomía presentada por Marruecos como base del proceso de negociación. Este cambio no elimina otras referencias jurídicas presentes en las resoluciones de Naciones Unidas, pero sí altera el equilibrio que el Consejo había mantenido durante años entre las distintas posiciones en conflicto.
Al mismo tiempo, la resolución mantiene un elemento fundamental del marco internacional: la necesidad de que cualquier solución política permita la autodeterminación del pueblo del Sáhara Occidental. Esa referencia refleja la dificultad de conciliar dos enfoques que siguen siendo profundamente divergentes. Por un lado, Marruecos defiende la autonomía del territorio bajo su soberanía. Por otro, el Frente Polisario considera que el conflicto solo puede resolverse mediante un referéndum de autodeterminación.
Ross reconoce que este nuevo contexto ejerce una presión evidente sobre el Frente Polisario. Participar en negociaciones cuyo punto de partida es la propuesta marroquí plantea un dilema político para un movimiento que durante décadas ha defendido la celebración de un referéndum. Al mismo tiempo, mantenerse al margen de las conversaciones podría significar quedar fuera de un proceso diplomático que otras potencias internacionales parecen decididas a impulsar.
El antiguo mediador de Naciones Unidas también llama la atención sobre otro aspecto del debate: el contenido real del autogobierno que se plantea. Según algunas informaciones publicadas sobre la versión ampliada del plan de autonomía marroquí, muchas competencias seguirían dependiendo de instituciones centrales en Rabat. Esto plantea interrogantes sobre hasta qué punto ese modelo podría responder a las aspiraciones de autogobierno que una parte significativa de la población saharaui ha defendido durante décadas.
A esa dificultad se suma un elemento que Ross considera decisivo: la cuestión de la confianza. La relación entre las partes está marcada por décadas de enfrentamiento y por experiencias fallidas de negociación. En este contexto, cualquier acuerdo que pudiera alcanzarse necesitaría garantías internacionales sólidas para evitar que vuelva a reproducirse el ciclo de promesas incumplidas y desconfianza mutua que ha caracterizado muchos momentos del proceso.
El diplomático estadounidense insiste además en un punto que suele quedar diluido en los debates políticos: ningún acuerdo será sostenible si no cuenta con el respaldo de la población saharaui. Tanto quienes viven en el territorio bajo administración marroquí como quienes residen en los campamentos de refugiados o en la diáspora forman parte del sujeto político cuya voluntad debe ser tenida en cuenta. Sin ese consentimiento, advierte Ross, cualquier solución correría el riesgo de ser contestada y de generar nuevas tensiones.
Por esa razón, el problema de la autodeterminación continúa siendo el núcleo del conflicto. Puede adoptar diferentes formas institucionales o procedimientos políticos, pero difícilmente podrá desaparecer del debate si se pretende alcanzar una solución duradera. En este sentido, el análisis de Ross recuerda que el reto no consiste únicamente en reanudar negociaciones, sino en encontrar un equilibrio entre autogobierno, legitimidad política y reconocimiento del derecho de un pueblo a decidir su futuro.
El nuevo momento diplomático que describe el ex enviado de la ONU podría abrir una oportunidad para retomar un proceso político que llevaba demasiado tiempo estancado. Pero también está rodeado de incertidumbres y contradicciones. Entre la voluntad de acelerar las negociaciones y la necesidad de abordar cuestiones de fondo que siguen sin resolverse, el camino hacia una solución continúa siendo complejo.
En última instancia, el análisis de Ross sugiere una conclusión prudente: el nuevo ciclo diplomático puede representar un paso adelante, pero su éxito dependerá de si logra afrontar la cuestión central que ha acompañado al conflicto durante décadas. Sin una respuesta creíble a la autodeterminación del pueblo saharaui, cualquier proceso corre el riesgo de terminar, una vez más, en el mismo punto de partida.
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