LECTURA COMENTADA | ¿Ha debilitado el lenguaje diplomático de los últimos años la causa saharaui? Abderrahman Buhaia abre el debate

El autor cuestiona en El Independiente la estrategia seguida por el Frente POLISARIO desde el Plan de Arreglo de 1991 y propone recuperar un lenguaje más frontal sobre la ocupación, la transformación demográfica y las responsabilidades internacionales. Su diagnóstico admite discusión; algunas de sus propuestas merecen ser tomadas en serio.

análisis de Abderrahman Buhaia sobre la diplomacia saharaui

NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL | 12 de agosto de 2026

Abderrahman Buhaia publica en El Independiente una extensa columna titulada «La dialéctica diplomática saharaui que lastra la liberación del Sáhara». Su tesis es provocadora: desde el alto el fuego y el Plan de Arreglo de 1991, la diplomacia del Frente POLISARIO y de la República Saharaui habría ido aceptando progresivamente el lenguaje más aséptico de Naciones Unidas —«partes», «proceso político», «solución mutuamente aceptable»— hasta contribuir involuntariamente a difuminar palabras mucho más incómodas: ocupación, invasión y descolonización pendiente.

Es una interpretación que merece discutirse y con la que no compartimos todo el diagnóstico. Resulta difícil aceptar que el enquistamiento de la cuestión saharaui pueda explicarse fundamentalmente como una derrota discursiva autoinfligida. Tampoco creemos que pueda considerarse un error que el Frente POLISARIO aceptara en 1991 un acuerdo auspiciado por Naciones Unidas cuyo objetivo declarado era precisamente celebrar un referéndum de autodeterminación. El problema esencial no fue aceptar aquel compromiso, sino que el referéndum nunca se celebró, Marruecos pudo mantener durante décadas el bloqueo y buena parte de la comunidad internacional terminó acostumbrándose a los hechos consumados.

Pero esa discrepancia no invalida la pregunta que atraviesa el artículo: ¿ha terminado el propio lenguaje diplomático internacional convirtiendo el Sáhara Occidental en un expediente que puede administrarse indefinidamente y debería la diplomacia saharaui combatir con mayor firmeza ese marco?

Buhaia recupera para ello la Resolución 34/37 de la Asamblea General de Naciones Unidas de 1979, que deploró la continuación de la ocupación del Sáhara Occidental y pidió a Marruecos poner fin a su presencia en el territorio. Frente a aquella terminología, señala cómo durante las décadas posteriores fueron imponiéndose expresiones mucho menos comprometedoras que presentan a Marruecos y al Frente POLISARIO simplemente como las dos «partes» de un proceso político. Para el autor, esa transformación contribuye a crear una falsa simetría entre quien ocupa gran parte de un Territorio No Autónomo y el pueblo que sigue reclamando su descolonización.

La cuestión no es únicamente semántica. Durante años hemos visto cómo en gobiernos, instituciones y medios de comunicación «ocupación» y «descolonización» han sido sustituidas por «disputa», «diferendo» o «conflicto regional». Y los últimos movimientos diplomáticos vuelven a demostrar hasta qué punto las palabras pueden preparar también los hechos: presentar una soberanía como jurídicamente resuelta facilita después tratarla políticamente como si realmente lo estuviera.

Otro de los asuntos más interesantes del texto es la transformación demográfica de los territorios ocupados. Buhaia reclama que la diplomacia saharaui otorgue mucha mayor centralidad a esta cuestión y utilice con más intensidad las herramientas del derecho internacional humanitario. La reflexión cobra actualidad precisamente cuando las propias estadísticas marroquíes vuelven a alimentar el debate sobre la progresiva minorización de la población saharaui autóctona en el territorio ocupado.

La parte más sugerente llega al final, cuando el autor transforma su crítica en tres propuestas concretas. La primera consiste en recuperar sistemáticamente la consideración de Marruecos como potencia ocupante y resistirse a un lenguaje que reduzca el Sáhara Occidental a una simple controversia entre dos actores equivalentes. La segunda plantea reforzar las vías jurídicas internacionales, especialmente frente a la transformación demográfica del territorio ocupado. Y la tercera propone rechazar esa «paridad semántica» que, a su juicio, se ha ido instalando en el vocabulario utilizado por Naciones Unidas.

Puede discutirse hasta dónde deberían llevarse esas propuestas. Negarse, por ejemplo, a participar en cualquier foro que no emplee previamente una terminología determinada podría terminar cerrando espacios diplomáticos necesarios para el propio Frente POLISARIO. Pero la pregunta de fondo permanece: ¿hasta qué punto puede una diplomacia de liberación adaptarse al lenguaje de quienes administran durante décadas un conflicto sin terminar aceptando también parte del marco que lo normaliza?

La reflexión resulta especialmente oportuna después de escuchar a Brahim Ghali en Boumerdès. El presidente saharaui ha vuelto a hablar estos días de autodeterminación, ocupación, continuidad de la lucha y de un orden internacional en el que la fuerza amenaza con imponerse al derecho. Son palabras bastante alejadas, precisamente, de esa neutralización del lenguaje que denuncia Buhaia.

No compartimos, por tanto, que el fracaso del Plan de Arreglo pueda cargarse sobre la diplomacia saharaui ni que treinta y cinco años de bloqueo se expliquen fundamentalmente por unas palabras mal escogidas. Pero sí merece la pena atender a la advertencia central del artículo: cuando una ocupación termina siendo presentada durante décadas simplemente como un «proceso político», quienes se benefician de esa normalización rara vez son los ocupados.

Por eso recomendamos leer el texto. No necesariamente para compartirlo entero, sino para discutir una pregunta que probablemente la propia diplomacia saharaui tendrá que seguir haciéndose.

Lectura completa: Abderrahman Buhaia, «La dialéctica diplomática saharaui que lastra la liberación del Sáhara», El Independiente, 11 de agosto de 2026.