Si 2026 es, como afirma El Orden Mundial, un año “convulso y crítico” marcado por un cambio de era geopolítica, hay una ausencia que resulta imposible ignorar: el Sáhara Occidental. No se trata de un olvido menor ni de una omisión anecdótica. En un texto que aspira a cartografiar los grandes conflictos del presente y anticipar los del futuro, dejar fuera al Sáhara Occidental no solo empobrece el análisis: revela una forma muy concreta —y problemática— de entender qué es hoy un conflicto relevante.
El largo artículo publicado por El Orden Mundial, «El mundo en 2026: todos los conflictos que hay que vigilar en este año convulso», traza con ambición el mapa de un mundo desordenado, dominado por el unilateralismo de Donald Trump, la erosión del multilateralismo y el progresivo vaciamiento del derecho internacional. Se habla del colapso del sistema de posguerra, de la ley del más fuerte, de la sustitución de las normas por los hechos consumados. Sin embargo, el Sáhara Occidental, uno de los casos más claros y persistentes de esa lógica, desaparece por completo del relato.
La paradoja es evidente: el Sáhara Occidental no contradice el diagnóstico del artículo, lo confirma.
Un conflicto que no “explota”, pero no se resuelve
Una primera explicación posible es la concepción implícita de “conflicto” que maneja el análisis. El texto prioriza guerras abiertas, cambios de régimen espectaculares, amenazas inmediatas entre grandes potencias. El conflicto se define por su capacidad de irrupción, por su visibilidad mediática, por su potencial de desestabilización súbita.
El Sáhara Occidental no encaja en ese patrón. No porque esté resuelto, sino porque ha sido cuidadosamente congelado. Se trata de un conflicto de baja intensidad militar, pero de alta intensidad política y jurídica; una ocupación prolongada que se sostiene no por la ausencia de conflicto, sino por la acumulación de silencios, vetos diplomáticos y renuncias deliberadas.
Desde este punto de vista, el Sáhara Occidental no es un conflicto “fallido”, sino uno “gestionado”: gestionado para que no incomode, para que no estalle, para que no obligue a tomar decisiones incómodas. Precisamente por eso resulta tan revelador del mundo en el que vivimos.
La normalización de lo ilegal
El segundo motivo de la omisión es más profundo: la normalización de la ocupación. Tras casi cincuenta años desde la retirada española y la posterior ocupación marroquí, el Sáhara Occidental ha sido desplazado al limbo de los conflictos que “ya no cuentan”. No porque hayan sido resueltos conforme al derecho internacional, sino porque su persistencia ha sido asumida como un coste aceptable.
Este proceso de normalización es uno de los fenómenos más inquietantes del actual desorden global. La ocupación de un territorio no autónomo, reconocido como tal por Naciones Unidas, sin que se haya ejercido el derecho a la autodeterminación, debería ser una anomalía intolerable. En la práctica, se ha convertido en un hecho asumido, administrado y, en algunos casos, recompensado mediante acuerdos económicos y alianzas estratégicas.
Si hoy hablamos de un mundo en el que “mandan más las armas que las normas”, el Sáhara Occidental no es una excepción tardía, sino un precedente temprano.
Un espejo incómodo para Occidente
Incluir el Sáhara Occidental en un análisis como el de El Orden Mundial obligaría a señalar responsabilidades incómodas. Marruecos no es un actor periférico ni un paria internacional: es un aliado estratégico de Estados Unidos y de la Unión Europea. Francia ha ejercido durante años un papel clave como escudo diplomático de Rabat en el Consejo de Seguridad. España, potencia administradora de iure según Naciones Unidas, ha optado reiteradamente por la ambigüedad y la inacción.
El conflicto saharaui no permite una lectura cómoda en términos de “buenos” y “malos”. No encaja en el esquema de democracias frente a autocracias ni en la narrativa del enfrentamiento entre bloques. Es, más bien, un caso que expone las contradicciones internas del llamado orden liberal internacional, y por eso resulta tan incómodo de integrar en los grandes relatos geopolíticos.
Trump antes de Trump
El artículo subraya con razón el carácter disruptivo de Donald Trump y su desprecio por las normas internacionales. Pero conviene recordar que uno de los precedentes más claros de esa lógica se produjo precisamente en relación con el Sáhara Occidental. En diciembre de 2020, Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el territorio, en abierta contradicción con décadas de doctrina jurídica internacional y resoluciones de la ONU.
Aquel gesto no fue una excentricidad aislada, sino un aviso. Mostró hasta qué punto el derecho internacional podía ser redefinido unilateralmente si existía un interés estratégico suficiente. Mostró, también, la fragilidad de un sistema que otros actores se limitaron a criticar retóricamente, sin revertir sus efectos políticos reales.
Si el trumpismo es hoy un factor central del desorden global, el Sáhara Occidental fue uno de sus primeros laboratorios.
África, siempre en segundo plano
El texto dedica atención al Cuerno de África, al Sahel o a los Grandes Lagos, pero lo hace desde una lógica funcional: rutas marítimas, yihadismo, rivalidades regionales, impacto sobre intereses externos. El norte de África aparece, en cambio, desdibujado, como si el Magreb estuviera al margen de las grandes tensiones del nuevo orden mundial.
Sin embargo, la militarización creciente de la región, la rivalidad estructural entre Marruecos y Argelia, la implicación de actores como Israel, Emiratos Árabes Unidos o Francia, y la reanudación de las hostilidades en el Sáhara Occidental desde 2020 desmienten esa imagen de estabilidad. Ignorar el conflicto saharaui no reduce los riesgos: los oculta.
El conflicto que explica el sistema
Si de verdad estamos ante el derrumbe del sistema internacional de posguerra, el Sáhara Occidental no es un asunto secundario, sino un caso explicativo. Anticipa la impotencia de Naciones Unidas, la selectividad en la aplicación del derecho, la primacía de los intereses estratégicos y la conversión del silencio en herramienta política.
No estamos ante un conflicto olvidado por accidente, sino ante un conflicto que muchos prefieren no ver porque obliga a reconocer que el desorden actual no es solo obra de actores disruptivos, sino también de quienes, durante décadas, han administrado la injusticia en nombre de la estabilidad.
En un análisis que pretende entender el mundo que viene, el Sáhara Occidental no debería ser una nota al pie. Es uno de los lugares donde ese mundo ya llegó hace tiempo.
ARTÍCULO CITADO Y COMENTADO: El mundo en 2026: todos los conflictos que hay que vigilar en este año convulso – El Orden Mundial – EOM
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