Un general español advierte sobre Marruecos: claves de una tensión que también afecta al Sáhara Occidental

Las declaraciones del general Fernando Alejandre, ex jefe del Estado Mayor de la Defensa español (JEMAD), han reactivado en los últimos días un debate que llevaba tiempo latente en España: la percepción de Marruecos como un actor cada vez más relevante —y potencialmente conflictivo— en el flanco sur europeo. En entrevistas publicadas en medios españoles como ABC, Alejandre afirma sin ambigüedades que Marruecos representa “una amenaza directa y cierta” para España, e incluso plantea la posibilidad de un conflicto que podría materializarse en el futuro.

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Más allá del tono de alarma, sus palabras reflejan una preocupación que no es nueva en los ámbitos militares y estratégicos. El general describe un escenario de escalada progresiva, en el que Marruecos recurriría primero a tácticas híbridas —como presiones migratorias o acciones indirectas sobre Ceuta y Melilla— antes de evolucionar hacia una confrontación más convencional. Este tipo de planteamiento no es aislado: distintos centros de análisis en España han venido advirtiendo en los últimos años sobre la creciente capacidad militar y diplomática de Rabat.

En este diagnóstico, Alejandre subraya dos elementos principales. Por un lado, el proceso de modernización y rearme del ejército marroquí, que incluye la adquisición de tecnología militar avanzada y el desarrollo de una industria propia de defensa. Por otro, el refuerzo de sus alianzas internacionales, especialmente con Estados Unidos, que consolida la posición de Marruecos como actor estratégico en el norte de África.

Sin embargo, este tipo de análisis suele omitir un elemento central para entender la evolución de Marruecos en la región: el Sáhara Occidental. La consolidación de su control sobre el territorio, en un contexto de ausencia de solución política y de débil presión internacional, ha permitido a Rabat reforzar su posición geopolítica y proyectar estabilidad interna y capacidad de influencia externa. En este sentido, la ocupación del Sáhara Occidental no es un elemento periférico, sino una pieza clave en la estrategia regional marroquí.

Desde esta perspectiva, la preocupación expresada por el general Alejandre no puede desligarse del marco más amplio en el que se inscribe. La tensión entre España y Marruecos no surge únicamente de factores bilaterales, sino también de una dinámica más profunda en la que el conflicto del Sáhara Occidental sigue sin resolverse. La utilización de herramientas de presión —como la gestión de los flujos migratorios— o el fortalecimiento de la posición internacional de Marruecos están directamente vinculados a esta realidad.

Al mismo tiempo, el análisis del ex jefe del Estado Mayor también refleja un debate interno en España. Su crítica a la falta de preparación o a la supuesta complacencia de la sociedad española se enmarca en una visión más militarizada de la seguridad, que contrasta con las estrategias diplomáticas actuales del gobierno, centradas en la gestión de equilibrios regionales, incluyendo el acercamiento a Argelia.

En este contexto, el Sáhara Occidental vuelve a aparecer como una cuestión de fondo que atraviesa las relaciones en el Magreb. No solo por su dimensión jurídica —como territorio pendiente de descolonización—, sino también por su impacto en la estabilidad regional. Ignorar esta dimensión implica analizar solo una parte del problema.

Las declaraciones de Alejandre, más allá de su carga política, apuntan a una realidad que se hace cada vez más visible: el norte de África está entrando en una fase de reajuste estratégico. Y en ese escenario, el Sáhara Occidental no es un elemento marginal, sino uno de los ejes que ayudan a entender las tensiones actuales y sus posibles evoluciones.