El Confidencial ha publicado un reportaje del periodista Ignacio Cembrero que describe el clima de tensión política y diplomática que rodea a la Copa Africana de Naciones celebrada en Marruecos. Ataques informáticos, detenciones de aficionados, quejas formales por arbitrajes y un ambiente de crispación creciente entre Marruecos y Argelia han acompañado a un torneo que el régimen marroquí presenta como símbolo de modernidad, estabilidad y liderazgo regional. Más allá del fútbol, el artículo pone sobre la mesa una cuestión de fondo: el uso del deporte como herramienta política y de proyección internacional.
La CAN es el mayor evento deportivo organizado por Marruecos en décadas y forma parte de una estrategia más amplia de “soft power”. Rabat invierte miles de millones de euros en infraestructuras, complejos deportivos y grandes citas internacionales con un objetivo claro: construir una imagen de país fiable, dinámico y central en África y en el Mediterráneo. En ese marco se inscribe también el Mundial de Fútbol 2030, que Marruecos coorganizará junto a España y Portugal y que supone un salto cualitativo en esa estrategia de visibilidad global.
Sin embargo, los episodios descritos durante la CAN revelan las grietas de ese relato oficial. La detención en Rabat de un joven aficionado argelino, la posterior filtración de datos personales de ciudadanos marroquíes —incluidos pasaportes de jugadores y datos de magistrados— y las amenazas de nuevas divulgaciones muestran hasta qué punto el control de la imagen y la seguridad del evento se han convertido en asuntos de Estado. A ello se suman las protestas por decisiones arbitrales, las quejas formales presentadas ante la Confederación Africana de Fútbol y la FIFA, y la negativa de algunas selecciones a entrenar en instalaciones consideradas ventajosas para el equipo anfitrión.
El conflicto entre Marruecos y Argelia aparece en el relato como telón de fondo permanente. No obstante, conviene subrayar que esta tensión bilateral funciona también como cortina de humo. Al centrar la atención en una rivalidad regional, se diluyen otras realidades mucho más incómodas: las profundas desigualdades sociales dentro del propio Marruecos, la represión de la disidencia y la ausencia de libertades fundamentales, así como la ocupación del Sáhara Occidental, sistemáticamente excluida de estos grandes escaparates internacionales.
El contraste económico es igualmente revelador. En un país marcado por la pobreza estructural y fuertes desigualdades, la inversión estimada entre 13.000 y 14.000 millones de euros en la CAN y en el Mundial 2030 plantea preguntas legítimas sobre prioridades políticas. El deporte se convierte así en un instrumento de legitimación externa que busca compensar, con imagen y espectáculo, déficits democráticos y conflictos no resueltos.
La CAN ha sido presentada por las autoridades marroquíes como un éxito organizativo y una demostración de capacidad. Pero los incidentes paralelos al torneo muestran otra cara: la de un régimen que necesita controlar férreamente el relato, gestionar la disidencia y utilizar el deporte como herramienta de propaganda. En ese sentido, la Copa Africana no es solo un torneo de fútbol, sino un ensayo general de una estrategia que tendrá su máxima expresión en 2030. Una estrategia que, mientras proyecta modernidad hacia el exterior, sigue dejando sin respuesta las cuestiones políticas y jurídicas fundamentales que Marruecos prefiere mantener fuera de foco.
Carlos C. García
Plataforma NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL
Artículo que se cita: La tensión entre Marruecos y Argelia empaña la Copa Africana de Naciones
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