Madrid (ECS).— No fue un documento menor el que llegó a las mesas de decisión en el Capitolio. El informe presentado ante el Congreso de Estados Unidos por el instituto conservador, cercano a la órbita de Donald Trump, Hudson Institute, ha reabierto un debate incómodo en el seno de la OTAN y de las relaciones transatlánticas: la utilización de los flujos migratorios como herramienta de presión geopolítica en el marco de lo que se denomina “guerra híbrida”.
El documento, titulado “El arma de la migración masiva: una amenaza de seguridad para Europa y Estados Unidos”, fue expuesto el 10 de febrero de 2026 por Matt Boyse, veterano diplomático con 35 años de experiencia y actual investigador principal del instituto. En su testimonio ante el Comité de Asuntos Exteriores, Boyse defendió que ciertos Estados consideran a los migrantes como “munición humana” dentro de estrategias de desestabilización dirigidas contra países occidentales.
La migración como herramienta de guerra híbrida
El informe parte de una tesis clara: regímenes considerados adversarios —con Rusia en primer plano— estarían instrumentalizando los desplazamientos masivos de población para debilitar la cohesión interna de los aliados de la OTAN. Según el documento, la “migración dirigida” genera tensiones sociales, presión presupuestaria y polarización política, elementos que pueden erosionar la estabilidad de las democracias occidentales.
Boyse sostiene que esta práctica no es nueva. Cita precedentes históricos como el uso de salidas masivas desde Alemania Oriental en 1985, el éxodo del Mariel desde Cuba en los años ochenta o incluso estrategias atribuidas a China. El concepto central es el uso del “caos” como multiplicador estratégico.
En el caso ruso, el informe recoge referencias a pensadores como Aleksandr Duguin y Vladislav Surkov, asociados a doctrinas de desestabilización indirecta, así como episodios recientes en la frontera de Finlandia y Noruega, donde Moscú habría facilitado el tránsito de migrantes hacia territorio europeo en respuesta a sanciones y ampliaciones de la OTAN.
También se analizan casos como la invasión de Ucrania —descrita como el mayor desplazamiento forzoso en Europa desde la Segunda Guerra Mundial—, la crisis siria de 2015 y el papel de Bielorrusia en la presión migratoria sobre Polonia y los países bálticos.
También señala el vínculo con la radicalización y la política interna europea. El informe añade que los flujos migratorios no gestionados pueden tener efectos políticos de largo alcance. Señala el crecimiento de partidos populistas en Europa y advierte sobre el riesgo de infiltración de redes extremistas en contextos de crisis humanitaria. En ese sentido, presenta la migración no solo como fenómeno demográfico, sino como variable estratégica en la competencia global.
Marruecos bajo el escrutinio ¿Advertencia estratégica o mensaje político?
Uno de los apartados que más atención ha generado es el dedicado a Marruecos. En varias páginas, el informe describe a Rabat como un actor que ha sabido convertir su posición geográfica en una herramienta de influencia diplomática frente a la Unión Europea.
El documento recuerda los acontecimientos de 2021, cuando miles de migrantes cruzaron hacia Ceuta y Melilla en un contexto de tensión diplomática entre Madrid y Rabat tras la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Según el análisis del Hudson Institute, aquel episodio evidenció la capacidad de Marruecos para utilizar la gestión migratoria como instrumento de presión política y chantaje.
El informe sostiene que esta estrategia habría contribuido a un giro histórico en la postura española sobre el Sáhara Occidental, culminando con el respaldo del Gobierno de Pedro Sánchez a la propuesta marroquí de autonomía como solución al conflicto.
Asimismo, se subraya el flujo de miles de millones de euros procedentes de la Comisión Europea hacia países de tránsito, con Marruecos entre los principales beneficiarios, en concepto de cooperación y control fronterizo. El texto sugiere que Europa, en la práctica, externaliza la gestión migratoria a cambio de incentivos financieros, configurando una relación de interdependencia compleja.
Más allá del contenido técnico, la publicación del informe y su presentación formal ante el Congreso estadounidense no pasan desapercibidas en el actual contexto geopolítico. Marruecos es considerado un socio clave de Washington en el norte de África, pero también un actor autónomo que ha reforzado su peso regional en los últimos años.
Algunos analistas interpretan que el énfasis puesto en el “caso marroquí” podría formar parte de un mensaje político más amplio. En un momento de reajustes estratégicos en el Mediterráneo occidental y el Sahel, Washington parece subrayar que la cooperación en materia migratoria y de seguridad debe alinearse con los intereses y prioridades atlánticas.
El informe concluye instando al Congreso a tratar la migración instrumentalizada como un asunto de seguridad nacional y no únicamente como una cuestión humanitaria o fronteriza. La pregunta que queda abierta es si este documento representa simplemente una reflexión académica sobre la guerra híbrida o si constituye también una herramienta de presión diplomática en un tablero donde las alianzas se redefinen constantemente.
En cualquier caso, el debate ya está sobre la mesa: la migración ha dejado de ser solo un fenómeno social para convertirse en una variable central de la competencia estratégica global.
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