La candidatura de la República Saharaui al Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana para el periodo 2026–2028 ha provocado un terremoto político en el seno de la UA. Según el análisis publicado por The PanAfrikanist, el simple hecho de que Marruecos acepte competir electoralmente con la RASD supone el colapso de su narrativa neocolonial, basada en negar la existencia del Estado saharaui y presentar la ocupación del Sáhara Occidental como un “asunto cerrado”. Más allá del resultado de la votación, la presencia saharaui en la papeleta ya constituye una victoria política y moral que reafirma la legitimidad de la RASD, reactiva la agenda africana de descolonización y deja en evidencia las contradicciones del discurso marroquí ante todo el continente.
El sitio web The PanAfrikanist publicó este 14 de enero un artículo en reacción a la candidatura oficial de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) al Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana (CPS-UA) para el periodo 2026–2028, calificándola como un golpe histórico a la narrativa neocolonial de Marruecos en el Sáhara Occidental y como un elemento que desmantela su aparato de propaganda y desinformación.
Mientras los Estados africanos se preparan para la votación prevista para febrero de 2026, que enfrentará directamente a la República Saharaui con Marruecos, el análisis subraya que la mera presencia de la RASD en la papeleta constituye ya una victoria política y moral decisiva frente al colonialismo en el Sáhara Occidental.
La candidatura saharaui al CPS de la UA hace añicos la narrativa neocolonial de Marruecos
Lo que inicialmente se presentó como una elección regional rutinaria para un escaño en el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana está adquiriendo rápidamente una dimensión histórica. La decisión de la República Árabe Saharaui Democrática de presentar su candidatura para el escaño del Norte de África correspondiente al mandato 2026–2028 ha reconfigurado el panorama político continental, dejando al descubierto las contradicciones, fragilidades y, en última instancia, el colapso de la narrativa que Marruecos ha sostenido durante décadas sobre el Sáhara Occidental.
Al mismo tiempo, este proceso pone en evidencia los alineamientos reales de varios Estados africanos, algunos de los cuales continúan apoyando a una potencia ocupante cuyas políticas responden a una agenda neocolonial, cuyo modelo de gobernanza es incompatible con los principios fundacionales de la Unión Africana y cuya conducta la ha llevado a conflictos recurrentes tanto con vecinos africanos como con actores no africanos.
La elección, prevista para celebrarse durante la sesión ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana en febrero de 2026, sitúa a la República Saharaui en competencia directa con el Reino de Marruecos y el Estado de Libia. Sin embargo, más allá de los aspectos procedimentales, se está consolidando entre los observadores un consenso claro: la República Saharaui ya ha asegurado una victoria política decisiva, basada en la legitimidad, la visibilidad y la reafirmación de los principios fundacionales del proyecto panafricano.
Durante décadas, Marruecos ha tratado de imponer la idea de que la República Saharaui no existe, presentando su ocupación ilegal del Sáhara Occidental como un hecho consumado y como un “expediente cerrado”. Hoy, esa narrativa se ha derrumbado. Al aceptar competir contra la República Saharaui en un proceso electoral formal de la Unión Africana, Marruecos se ve obligado a contradecir su propia propaganda. No se hace campaña contra un Estado inexistente ni se intenta derrotar a un ente ficticio. Al aceptar esta confrontación, Rabat reconoce implícitamente a la República Saharaui como una realidad política y como un igual institucional dentro de la Unión Africana y en el ámbito internacional.
Esto, por sí solo, constituye una derrota estratégica para Marruecos, anterior incluso al resultado de la votación.
El simbolismo es profundo. Dos actores enfrentados en el último proceso de descolonización inconcluso del continente africano se miden ahora en el órgano más sensible de toma de decisiones de la Unión en materia de paz y seguridad. La República Saharaui figura en la misma papeleta, bajo las mismas normas y evaluada por los mismos Estados africanos, que la potencia ocupante que niega su existencia. Para una Unión fundada sobre las luchas de liberación, la resistencia a la dominación colonial y la defensa del derecho de los pueblos a la autodeterminación, el mensaje es inequívoco.
Desde el punto de vista diplomático, Marruecos se encuentra atrapado en un escenario en el que todos los desenlaces le resultan desfavorables. Si obtiene el escaño, lo hará derrotando a una república cuya existencia niega, reconociéndola de facto y deslegitimando décadas de negación oficial. Si pierde frente a la República Saharaui, el golpe sería histórico: una derrota infligida por el pueblo cuya existencia ha intentado borrar. Incluso un escenario en el que ninguno de los candidatos resulte elegido reflejaría igualmente el fracaso marroquí a la hora de aislar o neutralizar a la República Saharaui dentro de las instituciones africanas.
«En todos los escenarios posibles, Marruecos pierde la batalla del relato», señaló un diplomático africano conocedor del proceso. «La mera presencia de la República Saharaui en esta contienda pone al descubierto la debilidad de la propaganda marroquí y la realidad de su aislamiento como entidad neocolonial al servicio de intereses externos».
El contraste en el compromiso continental refuerza aún más esta lectura. La República Saharaui ha sido un miembro coherente y comprometido con el proyecto panafricano desde su admisión en la Organización para la Unidad Africana en 1982. Es miembro fundador de la Unión Africana y participó activamente en la creación de sus principales instituciones, incluido el propio Consejo de Paz y Seguridad. Su candidatura se apoya en un historial prolongado de adhesión a la visión africana de unidad, justicia, paz y descolonización.
Marruecos, por el contrario, abandonó la organización continental en 1984, en un momento clave de la historia africana, rompiendo con la solidaridad panafricana y optando por el aislamiento. Durante su prolongada ausencia, Rabat trabajó contra el consenso africano y se alineó con potencias externas, promoviendo agendas ajenas al continente, moldeadas por los intereses estratégicos de Francia, Israel y determinados Estados del Golfo. Incluso tras su regreso, Marruecos continúa siendo percibido como un actor que busca diluir el mandato descolonizador de África, más que defenderlo, y que genera divisiones en lugar de cohesión.
La candidatura de la República Saharaui trasciende, por tanto, la disputa por un solo escaño. Recoloca el proceso inacabado de descolonización del Sáhara Occidental en el centro de la agenda africana y reafirma los principios fundamentales de la Unión Africana: igualdad soberana, liberación y rechazo de la ocupación ilegal. Demuestra que ninguna presión diplomática ni ningún artificio narrativo pueden borrar el derecho de un pueblo a la autodeterminación ni su lugar en la vida institucional del continente.
Mientras las capitales africanas deliberan de cara a la votación, una realidad ya es evidente: la afirmación marroquí de que la cuestión del Sáhara Occidental está “cerrada” se ha derrumbado bajo el peso de este proceso electoral. Al intentar derrotar a la República Saharaui en las urnas, Marruecos ha hecho lo que décadas de ocupación y propaganda no habían logrado: reconocer, ante todo el continente africano, que la República Saharaui existe, perdura y sigue siendo un actor ineludible en la arquitectura africana de paz y seguridad.
En ese sentido, la República Saharaui ya ha ganado la batalla más importante: no solo una elección, sino la batalla por la legitimidad, la verdad y la conciencia colectiva de África.
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