El pasado 6 de febrero, la prestigiosa revista médica The Lancet publicó un artículo que sitúa al pueblo saharaui refugiado en los campamentos de Tinduf en el centro del debate internacional sobre salud y justicia social. No es una crónica humanitaria más. Es un análisis académico que introduce un concepto clave para comprender casi cinco décadas de exilio: la violencia infraestructural.
El texto, titulado “Improvisation in contexts of infrastructural violence: a physician practising medicine in Sahrawi refugee camps”, forma parte de la serie Translational social medicine for global health: Cases in Global Social Medicine y está firmado por profesionales sanitarios saharauis junto a académicos internacionales. Parte de una experiencia concreta: ejercer la medicina en condiciones extremas, sostenidas en el tiempo, dentro de los campamentos de población refugiada saharaui.
Cuando la precariedad no es accidente, sino estructura
El artículo arranca con un hecho que resulta difícil de imaginar en un sistema sanitario moderno: un hospital que permanece 35 días sin electricidad. Durante ese periodo, el personal médico atiende partos iluminando la sala con los faros de un coche, improvisa férulas con materiales disponibles y recurre a recursos de la medicina tradicional ante la falta de suministros básicos.
No es una anécdota excepcional. Es la normalidad en un contexto donde la ayuda humanitaria es insuficiente, intermitente y vulnerable a crisis internacionales ajenas a la población refugiada.
Aquí aparece el concepto central del artículo. Los autores explican:
“In this context of infrastructural violence—the harm caused by deliberate disinvestment in infrastructure—health professionals work to guarantee the right to prevention and care.”
(“En este contexto de violencia infraestructural —el daño causado por la desinversión deliberada en infraestructuras— los profesionales sanitarios trabajan para garantizar el derecho a la prevención y a la atención.”)
La definición es precisa y contundente. No se trata de carencias inevitables. Se trata de daños derivados de una falta estructural y prolongada de inversión y de soluciones políticas.
El exilio prolongado como determinante de salud
La salud pública contemporánea reconoce que las enfermedades no dependen únicamente de factores biológicos. Las condiciones sociales, económicas y políticas determinan quién enferma, cómo y con qué posibilidades de tratamiento.
En el caso saharaui, el exilio prolongado —consecuencia directa de la ocupación del Sáhara Occidental y del bloqueo del proceso de autodeterminación prometido por Naciones Unidas— actúa como un determinante estructural de salud. Vivir durante casi 50 años en campamentos en el desierto argelino, dependiendo de ayuda externa fluctuante, sin infraestructuras consolidadas, no es simplemente una situación humanitaria difícil: es un marco que condiciona permanentemente el derecho efectivo a la atención sanitaria.
Mientras tanto, el territorio del Sáhara Occidental continúa siendo explotado en sus recursos naturales sin que la población refugiada se beneficie de ellos. El contraste es evidente y el artículo lo señala desde un análisis estructural, no desde la consigna política.
La improvisación como resistencia ética
Uno de los aspectos más significativos del texto es cómo redefine la improvisación médica. No como una muestra de creatividad romántica, sino como una respuesta ética ante una injusticia prolongada.
Atender a un paciente sin los medios adecuados, sustituir un tratamiento inexistente por alternativas posibles o mantener un hospital operativo pese a los apagones no es solo un acto profesional. Es una forma de resistencia cotidiana frente a una precariedad que se ha normalizado.
Que esta realidad aparezca en The Lancet tiene un alcance que trasciende el ámbito sanitario. Significa introducir el caso saharaui en el debate global sobre desigualdad, colonialismo y responsabilidad internacional desde un terreno difícilmente descalificable: la evidencia médica.
La salud revela lo que la diplomacia evita nombrar
Durante años, el conflicto del Sáhara Occidental se ha abordado en términos diplomáticos o geopolíticos. Sin embargo, el enfoque sanitario obliga a una lectura distinta. Si una población refugiada vive durante décadas en precariedad crónica, no estamos ante una emergencia temporal. Estamos ante una situación estructuralmente injusta.
La salud actúa aquí como espejo. Refleja las consecuencias concretas de decisiones políticas, de la inacción internacional y del mantenimiento de un conflicto sin resolver.
No es un editorial militante el que lo afirma. Es una de las revistas médicas más influyentes del mundo.
Una pregunta incómoda
Si el sistema sanitario saharaui funciona gracias a la improvisación constante, si los hospitales dependen de suministros inestables y si la atención médica se sostiene por la resiliencia del personal sanitario, ¿puede seguir considerándose esta situación como algo provisional?
La publicación en The Lancet introduce una variable que ya no puede ignorarse: la justicia sanitaria global. Y en ese espejo, la cuestión saharaui aparece con nitidez como lo que es: una injusticia política con consecuencias humanas medibles.
Cuando la salud se convierte en el espejo de la injusticia política, la neutralidad deja de ser cómoda.
Victoria G. Corera
Plataforma NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL
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