Le Monde | «Mohamed VI y el enigma de un reinado que encubre la ocupación del Sáhara Occidental»

Le Monde | «Mohamed VI y el enigma de un reinado que encubre la ocupación del Sáhara Occidental»

Entre el 24 y el 29 de agosto de 2025, el diario francés Le Monde ha publicado una serie de seis capítulos titulada «L’énigme Mohammed VI», con la intención de trazar un retrato del monarca marroquí en torno a sus orígenes, su estilo de gobierno, sus relaciones diplomáticas y su uso de la religión como instrumento de poder. La investigación es periodística, analítica y reveladora en muchos aspectos, pero no oculta un sesgo: examina la figura del soberano sin interrogar de raíz la cuestión que determina su permanencia en el trono y su estrategia internacional: la ocupación ilegal del Sáhara Occidental.

Le Monde reconoce las sombras de un reinado marcado por el secretismo, la opacidad del majzén y la fatiga de un sistema que no ha democratizado Marruecos. Pero evita nombrar con claridad la principal herida que sostiene ese autoritarismo: la negación del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui. Aun así, la lectura de los seis capítulos permite entender cómo el monarca ha tejido su poder en base a una mezcla de herencia dinástica, manipulación de la religión y grandes maniobras diplomáticas en las que el Sáhara siempre ocupa un lugar central.

El primer capítulo describe el desgaste del poder real, los rumores sobre la salud del monarca y la sensación de vacío en un país gobernado por ausencias. Este “fin de reinado” no puede desligarse de la guerra reanudada en el Sáhara Occidental desde noviembre de 2020, que ha expuesto las fragilidades militares y económicas de Marruecos. Lo que Le Monde observa como un clima de incertidumbre interna es también el reflejo de un régimen que, sin la ocupación saharaui, difícilmente sobreviviría.

El segundo episodio repasa la infancia y formación de Mohamed VI, marcada por la sombra autoritaria de su padre. Lo que recibe en herencia no es solo el aparato del majzén, sino también una doctrina colonial: la anexión del Sáhara tras la Marcha Verde de 1975, impuesta por Hassan II contra la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia. Aquí se ve con claridad la continuidad dinástica en la violación del derecho internacional.

El tercer capítulo muestra el contraste entre las promesas modernizadoras y la realidad de reformas truncadas. La gran ausencia en este análisis es que el bloqueo democrático en Marruecos se explica también por el peso del conflicto del Sáhara Occidental: un Estado que mantiene una ocupación armada y un muro de 2.700 km no puede avanzar en derechos ni en libertades. La democracia muere donde comienza el colonialismo.

Aquí Le Monde señala con claridad el activismo internacional del monarca, subrayando la relación con Israel y la apuesta por el Sáhara como carta de negociación con Europa y Estados Unidos. El artículo refleja cómo Mohamed VI ha convertido la ocupación en su principal activo diplomático, intercambiando “apoyos” al plan de autonomía por contratos de gas, armas o inversiones. El Sáhara Occidental es presentado como moneda de cambio, no como lo que realmente es: un territorio no autónomo pendiente de descolonización según Naciones Unidas.

El quinto episodio revela la corte de fieles que rodea al monarca, el poder invisible de consejeros y aparatos de seguridad, y el hermetismo que define la política marroquí. Esos mismos círculos son los que gestionan los contratos de saqueo de los recursos naturales saharauis, desde los fosfatos de Bucraa hasta la energía eólica en Dajla. La “corte secreta” no solo domina Rabat, también administra el expolio de un territorio ocupado.

El último capítulo analiza el uso que hace Mohamed VI de su título de Comendador de los Creyentes para imponerse sobre el islamismo político y controlar el espacio religioso. La religión es instrumentalizada como un escudo contra las críticas y como legitimidad adicional para la ocupación. El rey se presenta como garante de la estabilidad frente al extremismo, pero omite que la injusticia colonial en el Sáhara Occidental es en sí misma un factor de radicalización y violencia en la región.

Un balance necesario

El retrato de Le Monde confirma que Mohamed VI gobierna a través de símbolos, rituales y maniobras diplomáticas, más que mediante políticas transparentes. Un monarca rico, distante y opaco, que mantiene su poder gracias a la represión interna y al apoyo de potencias occidentales. Pero lo que la serie apenas menciona es que todo este edificio se sostiene sobre un crimen original: la ocupación del Sáhara Occidental, condenada por la ONU, rechazada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y resistida con dignidad por el pueblo saharaui.

Sin la ocupación, no habría majzén. Sin la ocupación, no habría “grandes maniobras diplomáticas”. Sin la ocupación, Marruecos sería un país obligado a democratizarse. Ese es el verdadero enigma que Le Monde no se atreve a resolver: el poder de Mohamed VI descansa en una colonia que no le pertenece.


Cada capítulo se articula en torno a un eje temático:

1/6 – «Una atmósfera de fin de reinado» (24 de agosto)

Lectura del 1/6 – “Una atmósfera de fin de reinado” (24 de agosto): describe las dudas sobre su salud, sus ausencias y el desgaste de su poder interno.

El primer capítulo de la investigación de Le Monde describe un clima de incertidumbre y de desgaste que rodea el final de reinado de Mohamed VI. El monarca, en el trono desde 1999, aparece como un soberano cada vez más ausente, marcado por problemas de salud y por largos periodos fuera del país. Esta situación ha alimentado rumores sobre su capacidad de gobernar y ha abierto la puerta a especulaciones sobre una posible sucesión. En las élites marroquíes se percibe un malestar creciente: las instituciones parecen paralizadas, las grandes reformas bloqueadas y el poder concentrado en un círculo muy reducido de consejeros y del aparato de seguridad.

El artículo subraya que el majzén —ese entramado de palacio, familias influyentes y aparato policial y militar heredado de Hassan II— se mantiene como la columna vertebral del sistema, pero con tensiones internas. La falta de visibilidad del rey genera una atmósfera de fin de ciclo, donde se multiplican las maniobras discretas y las lealtades se ponen a prueba. Marruecos, pese a su fachada de estabilidad, atraviesa una fase de fragilidad política en la que la distancia entre la población y la monarquía se ha ensanchado notablemente.

En este contexto, Le Monde apunta a un contraste llamativo: mientras la propaganda oficial sigue presentando a Mohamed VI como un “rey de los pobres” y garante de modernidad, la realidad es la de un soberano ausente, rodeado de un pequeño núcleo de fieles y sin capacidad de impulsar un proyecto de futuro. La sensación de que el reino vive una “atmósfera de fin de reinado” refleja tanto la erosión del carisma real como la ausencia de un horizonte político claro para Marruecos.

2/6 – «Una juventud a la sombra de Hassan II» (25 de agosto)

LECTURA del 2/6 – “Una juventud a la sombra de Hassan II” (25 de agosto): traza su formación, marcada por la tutela paterna y la continuidad del autoritarismo.

Este capítulo se centra en la formación de Mohamed VI y en cómo su infancia y juventud estuvieron completamente moldeadas por la figura de su padre, Hassan II. Desde muy pequeño fue educado en el Collège Royal de Rabat, un entorno diseñado para inculcar disciplina, tradición y obediencia a la autoridad, junto con un selecto grupo de futuros altos funcionarios que formaban su círculo de confianza. El propósito era claro: garantizar la continuidad del régimen autoritario, transmitiendo al príncipe heredero las claves del poder y del majzén.

Le Monde subraya que el joven Mohamed creció bajo una vigilancia constante. Hassan II, marcado por una visión casi absolutista de la monarquía, quería preparar a su hijo no para gobernar de manera autónoma, sino para perpetuar la maquinaria del trono. Esto lo expuso a una educación rígida y elitista, donde el peso de la tradición y la sombra de su padre eran omnipresentes. Las anécdotas recogidas muestran a un príncipe más bien tímido y reservado, muy diferente del carácter autoritario y dominante de Hassan II, lo que alimentaba dudas sobre su capacidad de liderazgo.

El contraste entre padre e hijo es un hilo central: Hassan II, conocido por su dureza y represión en los “años de plomo”, aparece como un monarca de hierro que ejercía un control absoluto sobre el país. Mohamed, en cambio, se percibía como un heredero más cercano a lo privado, menos dado a la política y con inclinaciones personales que no siempre coincidían con la brutalidad del sistema heredado. No obstante, al llegar al trono en 1999, esta herencia pesaría decisivamente en su estilo de gobierno, obligándolo a convivir entre las expectativas reformistas que despertaba su juventud y la pesada maquinaria autoritaria construida por su padre.

3/6 – «El monarca de las reformas inacabadas» (26 de agosto)

LECTURA del 3/6 – “El monarca de las reformas inacabadas” (26 de agosto): analiza la brecha entre las expectativas modernizadoras y las promesas incumplidas.

Este capítulo aborda la gran paradoja del reinado de Mohamed VI: las esperanzas de apertura y modernización que suscitó al inicio de su mandato frente a la realidad de unas reformas incompletas, a menudo frustradas o revertidas.

Cuando accedió al trono en 1999, el nuevo monarca fue recibido con entusiasmo tanto en Marruecos como en el extranjero. Frente a la imagen autoritaria de Hassan II, Mohamed VI encarnaba la promesa de un soberano joven, sensible a los problemas sociales y abierto al diálogo con los movimientos de derechos humanos. Sus primeros gestos parecieron confirmar esta esperanza: liberación de algunos presos políticos, regreso de exiliados, autorización a asociaciones críticas y, sobre todo, la creación de la Instancia Equidad y Reconciliación (IER) en 2004. Esta comisión fue la primera en el mundo árabe en reconocer oficialmente las violaciones de los “años de plomo”.

Sin embargo, Le Monde subraya que esta apertura inicial nunca llegó a traducirse en una verdadera democratización. La IER, por ejemplo, carecía de competencias para señalar responsables directos de torturas y desapariciones. El majzén mantuvo intacta su estructura y su capacidad de control sobre la vida política y social del país. Al mismo tiempo, el monarca promovió reformas visibles en el terreno económico y de infraestructuras —autopistas, tren de alta velocidad, modernización urbana—, pero estas políticas, aunque impresionantes en imagen, convivieron con graves desigualdades sociales y una creciente concentración de la riqueza en torno a las élites vinculadas a la monarquía.

En el ámbito político, las reformas de la Constitución de 2011, adoptadas en pleno contexto de las revueltas árabes, parecieron un paso hacia el parlamentarismo. Sin embargo, Le Monde recalca que los cambios fueron más formales que reales: el rey conservó poderes decisivos en materia de seguridad, religión, diplomacia y designación de figuras clave. El sistema continuó girando en torno a la autoridad del monarca, neutralizando cualquier tentativa de instaurar un verdadero equilibrio institucional.

El capítulo concluye con una idea fuerte: Mohamed VI ha querido dar la imagen de un rey reformista, pero los avances se han quedado a medio camino, lo que ha generado frustración y desconfianza en amplios sectores de la sociedad marroquí. El monarca parece haber preferido preservar la estabilidad del régimen y la supremacía del majzén antes que arriesgarse a abrir un proceso genuino de democratización.

4/6 – «Rey de las grandes maniobras diplomáticas» (27 de agosto)

LECTURA del 4/6 – “Rey de las grandes maniobras diplomáticas” (27 de agosto): detalla su activismo internacional, con especial atención al Sáhara Occidental y la normalización con Israel.

Este episodio examina cómo Mohamed VI ha convertido la diplomacia en uno de los pilares de su reinado, buscando consolidar tanto la legitimidad interna de la monarquía como el papel estratégico de Marruecos en el tablero internacional.

El relato de Le Monde comienza destacando que el rey ha hecho del Sáhara Occidental el eje central de su política exterior. Ningún asunto concentra más esfuerzos diplomáticos y económicos que este, considerado por el majzén como “la causa nacional”. Bajo su reinado, Rabat ha desplegado un activismo incansable para lograr apoyos internacionales a su plan de autonomía y para impedir el reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Esta prioridad se refleja en los recursos destinados a la presión sobre gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación, así como en la estrategia de firmar acuerdos de asociación económica que incluyan, de facto, el territorio ocupado.

Más allá del Sáhara, Mohamed VI ha buscado proyectar a Marruecos como un puente entre África, Europa y Oriente Medio. Una de sus grandes bazas fue el retorno del país a la Unión Africana en 2017, tras décadas de ausencia. Esta reintegración no estuvo exenta de polémicas, pero permitió a Rabat reforzar alianzas en el continente y abrir nuevas rutas de influencia hacia el África subsahariana, particularmente a través de bancos, empresas de telecomunicaciones y constructoras marroquíes.

El capítulo también subraya la apuesta estratégica con Israel. En 2020, Marruecos normalizó relaciones diplomáticas con Tel Aviv, en un movimiento que Le Monde describe como pragmático pero arriesgado. Este acuerdo, auspiciado por la administración Trump, se acompañó del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Para Mohamed VI, fue un triunfo diplomático: consolidar la relación con Washington, atraer inversiones tecnológicas israelíes y reforzar el respaldo occidental a su causa saharaui. Sin embargo, la decisión generó malestar en sectores islamistas y en una parte de la opinión pública marroquí, tradicionalmente solidaria con Palestina.

En el plano europeo, el rey ha cultivado relaciones privilegiadas con Francia y España, aunque marcadas por altibajos. Con París, la relación ha sido simbiótica pero también llena de tensiones: Francia es un aliado histórico, pero las divergencias sobre derechos humanos y las críticas crecientes en medios franceses han generado incomodidad en Rabat. Con Madrid, las crisis diplomáticas —como la acogida médica al líder del Polisario Brahim Ghali en 2021 o la presión migratoria en Ceuta— se han alternado con momentos de entendimiento, sobre todo en el terreno económico y en la cooperación en materia migratoria y de seguridad.

Le Monde recuerda que la diplomacia real tiene también una dimensión de escenificación personal: Mohamed VI aparece en cumbres africanas, inaugura proyectos con líderes extranjeros y utiliza estas imágenes para contrarrestar las dudas internas sobre su salud o su ausencia de la escena nacional. En este sentido, el rey ha logrado que Marruecos sea percibido como un actor indispensable en temas de energía, seguridad y migración, reforzando la idea de que sin Rabat no hay solución en el Mediterráneo ni en el Sahel.

El capítulo concluye resaltando la paradoja: si bien Mohamed VI ha alcanzado notables éxitos diplomáticos, sobre todo en la cuestión del Sáhara y en el plano africano, estos triunfos internacionales contrastan con los límites de su acción interna. El rey aparece así como un soberano más eficaz en la escena global que en la resolución de los problemas estructurales de su propio país.

5/6 – «El majzén y el arte de los secretos de palacio» (28 de agosto)

LECTURA del 5/6 – “El majzén y el arte de los secretos de palacio” (28 de agosto): examina el núcleo duro de su poder, los fieles que le rodean y las rivalidades internas.

Este episodio se adentra en el núcleo duro del poder en Marruecos, el majzén, y en la manera en que Mohamed VI ha organizado y gestionado su entorno más próximo. Le Monde describe un universo cerrado, hermético y marcado por la opacidad, donde la influencia política depende menos de las instituciones que de las lealtades personales y de la capacidad de mantenerse cerca del monarca.

El majzén no es solo un concepto histórico ligado a la corte real y a las estructuras tradicionales de autoridad; bajo Mohamed VI se ha transformado en una constelación de consejeros, altos funcionarios, empresarios y militares que orbitan en torno al palacio. Este círculo restringido concentra las decisiones estratégicas del país, relegando al gobierno y al parlamento a un papel secundario, casi decorativo. El rey escucha, filtra, arbitra, pero nunca delega del todo: su estilo de gobierno es personalista, basado en la confianza y en la discreción.

Uno de los nombres más influyentes es Fouad Ali El Himma, amigo de infancia del monarca y su consejero más cercano. Junto a él, destacan figuras como André Azoulay, asesor judío sefardí especializado en comunicación y relaciones internacionales, y Mohamed Mounir Majidi, secretario particular del rey, encargado de gestionar tanto su fortuna personal como parte de los negocios del palacio. Este triángulo de poder refleja el modo en que Mohamed VI gobierna: entre la política, la imagen exterior y los intereses económicos de la monarquía.

La opacidad es un rasgo central del sistema. Le Monde subraya que el majzén funciona como un laberinto de secretos y silencios: las decisiones se toman sin transparencia, los rumores sustituyen a los comunicados oficiales, y la corte se convierte en escenario de rivalidades internas. Los ministros y altos cargos viven en permanente incertidumbre: pueden ser promocionados de un día para otro o caer en desgracia sin explicaciones. Esta imprevisibilidad refuerza la autoridad real, pues nadie fuera del círculo más íntimo puede anticipar las decisiones estratégicas del monarca.

El artículo también destaca el uso del majzén como herramienta de control social. A través de él se canalizan favores, concesiones económicas y nombramientos, creando una red clientelar que asegura lealtades. El poder no se ejerce solo con la represión o la policía —aunque estas sean omnipresentes—, sino también con la capacidad de recompensar a quienes sirven al palacio. La corrupción, señala Le Monde, se convierte así en un lubricante del sistema.

Otro aspecto es la gestión de la imagen del rey. El majzén se encarga de proteger la figura de Mohamed VI, construyendo un aura de inviolabilidad y cultivando el misterio en torno a su salud, sus viajes y su vida privada. La escasez de apariciones públicas y la ausencia de explicaciones oficiales alimentan la especulación, pero también refuerzan la idea de un poder inaccesible, por encima del juego político cotidiano.

Le Monde describe este sistema como un equilibrio inestable: por un lado, garantiza la supervivencia del régimen al aislar al rey de la crítica directa; por otro, genera desconfianza, opacidad y frustración en la sociedad. El majzén aparece como un mecanismo eficaz para perpetuar la autoridad real, pero incapaz de abrir espacios de transparencia o de participación democrática.

En conclusión, el capítulo muestra que el verdadero poder en Marruecos no reside en las instituciones oficiales, sino en el círculo invisible del majzén. Mohamed VI gobierna a través de secretos, lealtades personales y una red de intereses que mezcla política, economía y simbolismo religioso. Esta fórmula asegura la continuidad del régimen, pero también lo condena a la parálisis en términos de democratización y apertura.

6/6 – «El islam y los islamistas» (29 de agosto)

LECTURA del 6/6 – “El islam y los islamistas” (29 de agosto): concluye la serie mostrando cómo Mohamed VI utiliza su título de Comendador de los Creyentes para consolidar su autoridad, desactivar a los islamistas y reforzar el papel de la religión como soporte del régimen.

Este último episodio de la investigación de Le Monde pone el foco en el uso que Mohamed VI hace de su título de «Comendador de los Creyentes» (Amir al-Muminin) para legitimar su autoridad, neutralizar la oposición islamista y situarse por encima del juego político y constitucional en Marruecos. El reportaje recuerda que este título, oficializado en la Constitución de 1962 bajo Hassan II, remite a la tradición califal y confiere al monarca un aura religiosa singular en el mundo árabe-musulmán.

El artículo arranca con un ejemplo reciente: en febrero de 2025, Mohamed VI pidió públicamente a los marroquíes que no sacrificaran carneros en la fiesta del Aid el-Adha debido a la crisis climática y económica que había reducido drásticamente el número de cabezas de ganado. La mayoría de la población acató la recomendación, una prueba del peso de su autoridad espiritual y de su capacidad de intervención en rituales colectivos. Ningún otro dirigente árabe o musulmán, recuerda Le Monde, se atrevería a dar una directriz de ese tipo.

Históricamente, el estatuto religioso del monarca fue consolidado por el protectorado francés, cuando el mariscal Lyautey fomentó el prestigio espiritual del sultán para alejarlo de la política. Hassan II convirtió esa herencia en una herramienta de poder político, y Mohamed VI ha seguido la misma línea, manteniendo rituales como los «Dourous hassaniya» durante el ramadán, aunque con un papel más pasivo y ceremonioso.

El texto subraya también los límites: esta legitimidad religiosa ha servido para bloquear aperturas mayores, como la introducción de la libertad de conciencia en la Constitución de 2011, una demanda de los sectores progresistas que fue rechazada por la monarquía. El islam oficial marroquí sigue siendo tolerante y pragmático, pero sin reconocer derechos como la posibilidad de abandonar la fe musulmana.

El gran desafío, según Le Monde, no es el islam en sí, sino el islamismo en sus distintas vertientes. Mohamed VI detesta a los islamistas, “tanto su proyecto político como su manera de vivir”. En Marruecos, la corriente se divide en tres ramas: el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), legal e integrado en el sistema político; el movimiento Al-Adl wal-Ihsane, tolerado pero no legalizado; y los grupos yihadistas vinculados a Al-Qaida o al Estado Islámico.

Tras los atentados de Casablanca en 2003 y el de Madrid en 2004, el régimen desplegó una doble estrategia: represión y control religioso. Miles de detenciones, juicios masivos, colaboración con la CIA en vuelos secretos, y al mismo tiempo, reorganización del campo religioso: centralización del poder en manos del rey, control de los imanes, impulso de las cofradías sufíes y creación de instituciones como el Consejo Superior de Ulemas (2009) o el Instituto de Formación de Imanes (2014). Todo ello apuntaba a construir un islam “del justo medio” y exportar este modelo hacia África como instrumento de soft power.

El capítulo recuerda igualmente la reforma de la Moudawana (código de familia) en 2004, una modernización parcial pero importante en materia de derechos de las mujeres, aunque limitada por las resistencias sociales y judiciales. Una “Moudawana 2” está en preparación, centrada en la protección de mujeres y niños en casos de divorcio.

En política, el rey logró desgastar al PJD, que tras sus victorias de 2011 y 2016 acabó siendo neutralizado mediante una estrategia de desgaste: vetos para formar gobierno, pérdida de popularidad con decisiones impopulares (fin de subsidios, legalización del cannabis terapéutico, refuerzo del francés en la enseñanza, normalización con Israel). El fracaso electoral de 2021, sustituido por la victoria de Aziz Akhannouch, confirmó la capacidad del palacio para absorber y luego desactivar a los islamistas.

El artículo concluye mostrando los múltiples contrastes del monarca: un rey que se presenta como moderado y tolerante, pero que controla férreamente la religión y la política; que se inquieta por el auge de la islamofobia en Francia, pero recibe con alfombra roja a partidos franceses de extrema derecha favorables al Majzén; un monarca más cercano y “modesto” que su padre, pero mucho más rico, lejano y aficionado a reinar sin gobernar.


Un balance general

Con esta serie, Le Monde propone una visión de conjunto en la que se dibuja el retrato de un monarca en permanente contradicción. Mohamed VI reina desde la opacidad, refugiado en un poder basado en símbolos religiosos, rituales cortesanos y maniobras diplomáticas, mientras que en el plano interno Marruecos sigue marcado por el autoritarismo del majzén y por una falta estructural de reformas.

El balance es claro: a pesar de los gestos iniciales que hicieron pensar en un “rey de los pobres” y en una apertura modernizadora, el soberano no ha democratizado ni modernizado realmente el país. La concentración del poder en sus manos y en las de un pequeño círculo de fieles ha reforzado la dependencia de redes clientelares, del aparato de seguridad y de decisiones tomadas a puerta cerrada.

La serie insiste en que Mohamed VI es un soberano atrapado en la herencia de Hassan II y en la maquinaria del majzén, un sistema que combina tradición, represión y pragmatismo exterior para garantizar la continuidad del régimen. El monarca proyecta al exterior la imagen de un estratega internacional y de un Comendador de los Creyentes, pero hacia dentro gobierna con una mezcla de distanciamiento personal, opacidad institucional y control férreo de la disidencia.

El conjunto de los seis capítulos muestra a un Marruecos donde la modernización económica coexiste con graves desigualdades sociales, donde la diplomacia es utilizada para reforzar la ocupación ilegal del Sáhara Occidental, y donde la religión se instrumentaliza para frenar a los islamistas y consolidar la figura real. En este marco, Mohamed VI aparece no como un reformador frustrado, sino como el garante de un sistema inmóvil que reproduce las mismas lógicas de poder heredadas de su padre.

En definitiva, Le Monde presenta al rey como un hombre que ha sabido mantener la estabilidad de su trono, pero al precio de hipotecar la apertura política y de prolongar un modelo de poder personalista y cerrado, en el que la incertidumbre sobre la sucesión pesa cada vez más sobre el futuro del reino.

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