El diario argelino El Khabar: Marruecos pierde la batalla del relato con la candidatura de la República Saharaui al Consejo de Paz y Seguridad de la UA
Un análisis publicado por Reda Chenouf subraya que la sola presencia de la República Saharaui en la carrera electoral africana supone ya una derrota política y narrativa para Marruecos, al obligarle a competir de igual a igual con un Estado cuya existencia niega desde hace décadas.
Argel, 15 de enero de 2026 (SPS).— El diario argelino El Khabar ha publicado un artículo de análisis firmado por Reda Chenouf, en el que examina los posibles escenarios derivados de la candidatura de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) al Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana para el periodo 2026-2028, y el profundo impacto político que este paso tiene sobre la narrativa colonial promovida por Marruecos tanto en el seno de la Unión Africana como a nivel internacional.
El autor considera que el simple hecho de que la República Saharaui haya presentado su candidatura, obligando a Marruecos a competir con ella en las mismas elecciones, constituye ya una victoria política y diplomática saharaui y una derrota anticipada para Rabat, independientemente del resultado final de la votación. En su análisis, el periodista desarrolla tres escenarios posibles, todos ellos desfavorables para el Majzén desde el punto de vista político y simbólico.
A continuación, el texto íntegro del artículo publicado por El Khabar:
El Sáhara Occidental se postula para el Consejo de Paz y Seguridad Africano: Marruecos pierde la batalla del relato
Por Reda Chenouf
La presentación de la candidatura de la República Árabe Saharaui Democrática para integrar el Consejo de Paz y Seguridad de la Unión Africana durante el periodo 2026-2028 constituye un hito político de gran relevancia, y convierte la pugna de los Estados del norte de África por este escaño en uno de los procesos más sensibles e influyentes de la historia reciente de la Unión Africana.
Las elecciones están previstas para celebrarse durante la sesión ordinaria del Consejo Ejecutivo de la Unión Africana, en febrero de 2026, en la capital etíope, Addis Abeba. En ellas, la República Saharaui competirá con el Reino de Marruecos y el Estado de Libia por el escaño correspondiente a la región del norte de África, mientras que otros Estados concurrirán por los puestos asignados a las cuatro regiones restantes del continente.
Más allá de los resultados formales de la votación, diplomáticos y observadores coinciden en que la República Saharaui ya ha obtenido una ganancia política y estratégica con su sola participación en esta contienda. Por primera vez, Marruecos —que durante años ha sostenido que la República Saharaui no existe— se ve obligado a enfrentarse directamente a ella en un proceso electoral oficial dentro de la Unión Africana. Este hecho pone al descubierto las contradicciones de su discurso propagandístico, utilizado tanto para confundir a su opinión pública interna —actualmente distraída con competiciones de fútbol africano— como, de forma más peligrosa, para manipular a la opinión pública internacional.
La competencia por un puesto en el Consejo de Paz y Seguridad adquiere así un carácter excepcional, no solo por su intensidad, sino porque enfrenta cara a cara a dos actores opuestos en una de las últimas cuestiones de descolonización aún inconclusas en África. La postura marroquí, basada en negar la existencia de la República Saharaui, choca hoy con una realidad institucional insoslayable: la RASD es una candidata oficial, reconocida dentro del sistema de la Unión Africana y tratada procedimentalmente en igualdad de condiciones con los demás Estados aspirantes a uno de los órganos más influyentes de toma de decisiones del continente.
Desde el punto de vista diplomático, esta candidatura saharaui supone un duro golpe para la imagen de Marruecos y para la credibilidad de su propaganda a nivel continental. Al aceptar competir directamente con la República Saharaui, Rabat la reconoce implícitamente como adversario político y como interlocutor de igual rango, lo que numerosos diplomáticos y analistas africanos consideran una grave erosión de la narrativa marroquí, sostenida durante décadas.
La mayoría de los analistas coinciden en que los distintos escenarios posibles del proceso electoral confluyen en un mismo resultado: el desgaste político de la posición marroquí. En caso de que Marruecos obtuviera el escaño, ello no supondría una derrota política para la República Saharaui, ya que una pérdida electoral forma parte del funcionamiento normal de las instituciones de la Unión Africana.
Cabe recordar, en este contexto, que el propio Marruecos sufrió dos derrotas destacadas durante la cumbre de la Unión Africana de 2025, frente a candidaturas argelinas tanto para el Consejo de Paz y Seguridad como para el cargo de vicepresidente de la Comisión de la Unión Africana.
Más aún, cualquier victoria marroquí se produciría frente a una República cuya existencia Marruecos afirma negar, lo que implicaría que Rabat solo podría celebrar su triunfo tras reconocer, aunque sea implícitamente, la legitimidad y la condición de igual de su competidora, en una contradicción flagrante que desmonta décadas de política de negación.
Si, por el contrario, la República Saharaui lograra hacerse con el escaño —un escenario difícil, pero no imposible—, las consecuencias serían aún más graves para Marruecos. Se trataría de una doble derrota: electoral dentro de la Unión Africana y simbólica frente al único Estado con el que Rabat ha insistido en no querer competir ni sentarse en ningún foro continental o internacional. Un resultado así tendría un impacto que iría mucho más allá de Addis Abeba, reforzando la legitimidad de la República Saharaui y dejando al descubierto los límites de la supuesta influencia diplomática marroquí, cuyos métodos —presiones, chantajes y sobornos— son bien conocidos.
Incluso en un tercer escenario, en el que ni Marruecos ni la República Saharaui obtuvieran el escaño debido al bloqueo de un tercio de los votos, la carga simbólica negativa recaería igualmente sobre Rabat. En ese caso, Marruecos podría ser percibido como excluido o bloqueado por la presencia saharaui, lo que volvería a confirmar que la República Saharaui se ha convertido en un actor decisivo dentro de los mecanismos de la Unión Africana.
En todos los escenarios posibles, Marruecos pierde la batalla del relato. La sola presencia de la República Saharaui en esta carrera electoral altera las reglas del juego y deja en evidencia la fragilidad de la propaganda del Majzén. La candidatura saharaui al Consejo de Paz y Seguridad es un derecho pleno garantizado por los estatutos de la Unión Africana a todos sus Estados miembros, en igualdad de derechos y obligaciones, y se apoya, en el caso saharaui, en un compromiso histórico profundo con los principios de la unidad africana, la paz y la justicia.
Conviene recordar que la República Saharaui ha sido un miembro coherente y comprometido de la organización continental desde su adhesión en 1982, sin apartarse nunca de los valores fundacionales de África ni de su visión colectiva. A lo largo de las décadas, ha contribuido a la construcción del proyecto africano y ha participado en el establecimiento y desarrollo de la Unión Africana, sus instituciones, marcos políticos y programas comunes, en defensa de la paz, la unidad y el derecho de los pueblos a la autodeterminación.
Por el contrario, Marruecos se retiró de la organización africana en 1984, en uno de los momentos más delicados de la historia contemporánea del continente, optando por el aislamiento en lugar de la solidaridad africana. Durante los largos años de su ausencia, se caracterizó por oponerse sistemáticamente a las iniciativas africanas y por trabajar contra las posiciones comunes del continente, llegando incluso a promover iniciativas paralelas y contrarias al proceso colectivo africano.
En conclusión, y al margen de los resultados finales de la votación, la candidatura de la República Saharaui encierra una profunda significación política, al reafirmar los principios esenciales de la Unión Africana: la descolonización, el derecho de los pueblos a la autodeterminación y la igualdad soberana entre los Estados. Envía, además, un mensaje claro: la República Saharaui ha asegurado ya su lugar en el centro del debate africano sobre las cuestiones de paz y seguridad.
(SPS)
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