TEMA DEL DÍA | Naâma Asfari no está solo: los rostros de la represión contra los presos saharauis

La huelga de hambre de Naâma Asfari vuelve a colocar ante el mundo la situación de los presos políticos saharauis: aislamiento, dispersión, represalias, falta de atención médica independiente y decisiones de Naciones Unidas que Marruecos continúa sin aplicar.

Naâma Asfari y los rostros de los presos políticos saharauis, en una composición que denuncia su encarcelamiento, aislamiento y dispersión en prisiones marroquíes.

La imagen sitúa a Naâma Asfari en primer plano. Sobre él aparecen los rostros de otros presos políticos saharauis. No es únicamente una composición gráfica: resume una realidad que con demasiada frecuencia se presenta como una suma de casos individuales, cuando forma parte de un mismo sistema de castigo.

Asfari mantiene desde el 8 de junio una huelga de hambre para reclamar el respeto de sus derechos y la aplicación de las decisiones internacionales relativas a su detención. La administración penitenciaria marroquí sostiene que su estado es «estable» después de recibir atención hospitalaria por una carencia de potasio. Su familia responde que ese parte no despeja las dudas y denuncia que permanece sin contacto telefónico desde el 13 de julio.

La cuestión no consiste únicamente en decidir qué versión resulta más creíble. La pregunta esencial es por qué no se permite una evaluación médica verdaderamente independiente, por qué su familia y sus abogados no reciben información directa y por qué continúa sometido a aislamiento durante una protesta que ya se prolonga durante semanas.

Una alarma que supera el caso de Naâma

La familia ha recordado expresamente a Mohamed Lamine Haddi, Hassan Dah, Ahmed Sbaï, Mohamed Bani y al resto de presos del Grupo de Gdeim Izik. En las últimas semanas se han denunciado castigos disciplinarios, amenazas, restricciones de las comunicaciones, aislamiento y dificultades para acceder a atención médica adecuada.

No son incidentes desconectados. Los presos saharauis permanecen dispersos en cárceles marroquíes situadas a cientos de kilómetros del Sáhara Occidental y de sus familias. Esa distancia multiplica el sufrimiento, dificulta las visitas y convierte cada llamada telefónica en uno de los pocos vínculos posibles con el exterior.

La incomunicación no es, por tanto, un asunto secundario. Impide conocer las condiciones reales de detención, denunciar posibles abusos y mantener una relación mínima con familiares y abogados.

Las decisiones que Marruecos no cumple

El Comité contra la Tortura de Naciones Unidas examinó el caso de Naâma Asfari y concluyó que Marruecos había vulnerado sus derechos. El Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria consideró arbitraria la privación de libertad de los integrantes de Gdeim Izik y pidió medidas de reparación, investigación y liberación.

Sin embargo, los años pasan y esas decisiones continúan sin aplicarse.

El Centro Robert F. Kennedy para los Derechos Humanos ha reclamado ahora la liberación inmediata e incondicional de Asfari. Kerry Kennedy ha señalado que mantenerlo encarcelado pese a los pronunciamientos de Naciones Unidas representa una continuidad de la impunidad.

También el mecanismo saharaui de coordinación en derechos humanos ha pedido la entrada de una comisión médica internacional e independiente, el restablecimiento de las comunicaciones y la intervención de los mecanismos de Naciones Unidas y del Comité Internacional de la Cruz Roja.

Los rostros que no deben desaparecer

La fotografía obliga a mirar más allá de un nombre. Cada rostro representa una condena, una familia separada, años de prisión y una historia que Marruecos pretende mantener fuera de la atención internacional.

Hablar hoy de Naâma Asfari no significa olvidar a sus compañeros. Significa utilizar la alarma sobre su salud para volver a señalar el conjunto: los presos políticos saharauis siguen siendo una de las expresiones más graves y persistentes de la ocupación del Sáhara Occidental.

Mientras no haya médicos independientes, comunicación regular, cumplimiento de las decisiones internacionales y libertad para los presos, ningún parte que hable de «estabilidad» podrá cerrar el caso.

Naâma Asfari no está solo. Y ninguno de esos rostros debería quedar condenado al olvido.