El narcotráfico vinculado a Marruecos suele abordarse en términos policiales o de seguridad ciudadana. Sin embargo, un análisis más atento revela que se trata de un fenómeno estructural, con profundas implicaciones geopolíticas. Un reciente hilo publicado en la red social X por la cuenta @Filomat_ (EMA) ha puesto el foco en esta realidad, mostrando cómo la producción, el tránsito y la redistribución de drogas forman parte de una economía paralela funcional al Estado marroquí, estrechamente conectada con el control del Sáhara Occidental, las rutas atlánticas y una estrategia de presión sostenida sobre España y Europa.
Una economía ilícita integrada en la arquitectura del poder
En Marruecos, el narcotráfico no es una anomalía marginal. La producción de hachís en regiones como el Rif se desarrolla desde hace décadas a gran escala, en un modelo que sólo puede mantenerse con una tolerancia institucional sostenida. No se trata de cultivos de subsistencia, sino de una economía industrializada, integrada de facto en el funcionamiento del Estado.
Cuando una actividad ilegal persiste, se expande y se profesionaliza durante generaciones, deja de ser un fallo del sistema para convertirse en un recurso estratégico. Esta economía paralela permite absorber tensiones sociales internas, generar liquidez no fiscalizada y alimentar redes de poder que operan fuera de los mecanismos de control democrático.
El Sáhara Occidental como espacio clave de tránsito
El elemento diferencial, a menudo omitido, es el papel del Sáhara Occidental ocupado en esta arquitectura. Marruecos no sólo produce hachís; se ha consolidado como nodo logístico del narcotráfico internacional, incorporando rutas que atraviesan el territorio saharaui ocupado. Por ellas circula cocaína procedente de África occidental y de América Latina, que se suma a la resina de cannabis destinada al mercado europeo.
El control del Sáhara Occidental no es sólo territorial o político: es también logístico y estratégico. Las rutas saharianas permiten conectar África subsahariana con el Atlántico y el Mediterráneo, integrando el narcotráfico en un entramado más amplio de control de flujos —comerciales, migratorios y criminales— que refuerza la posición de Marruecos como actor central en el sur de Europa.
Infraestructuras, fronteras y penetración del territorio español
Los métodos empleados evidencian planificación y capacidad técnica: narcolanchas, rutas terrestres a través del Sáhara, helicópteros cruzando el Estrecho y, en casos documentados, túneles entre Marruecos y Ceuta. Estas infraestructuras no responden a iniciativas improvisadas, sino a una penetración física continuada de la frontera española.
España asume así el coste completo del sistema. Vigilancia, despliegue policial, saturación judicial, prisiones y un aumento de la violencia armada. Marruecos conserva la producción y la retaguardia; España gestiona las consecuencias. Los beneficios se concentran al sur del Estrecho, mientras los efectos desestabilizadores se manifiestan al norte.
Criminalidad internacional y violencia exportada
La dimensión del fenómeno queda clara con la aparición de mafias extranjeras armadas, protegiendo hachís marroquí en territorio español con armas de guerra. El narcotráfico ha entrado plenamente en los grandes circuitos criminales internacionales: mafias albanesas, redes europeas como la mocromafia, custodia armada en el Campo de Gibraltar y salida hacia Francia, Bélgica u Holanda.
España deja de ser únicamente frontera para convertirse en zona de tránsito y depósito, mientras la violencia más extrema se desplaza hacia el norte de Europa. Los asesinatos y atentados vinculados a estas redes en Ámsterdam, Róterdam o Amberes son el resultado de décadas de flujos de droga y dinero que confluyen en un mismo sistema.
Dinero opaco, diplomacia y presión estratégica
Tal como subraya el hilo de @Filomat_, el dinero del narcotráfico no se limita al enriquecimiento de redes criminales. Funciona como liquidez opaca, sin trazabilidad ni control parlamentario, útil para financiar lobbies, comprar apoyos y sostener una diplomacia agresiva. Parte del músculo financiero marroquí no procede de presupuestos oficiales, sino de economías paralelas funcionales al Estado, entre ellas el narcotráfico.
Esta realidad ayuda a explicar la capacidad de Marruecos para desplegar presión diplomática sostenida, apoyarse en alianzas estratégicas y condicionar a países vecinos. El narcotráfico se integra así en una geopolítica no convencional, junto al uso de la inmigración, el control de rutas y la ocupación del Sáhara Occidental.
Un problema estratégico, no sólo policial
Reducir este fenómeno a una cuestión de delincuencia organizada es un error de diagnóstico. Narcotráfico, control territorial del Sáhara Occidental y presión sobre España forman parte de una misma lógica. Mientras Marruecos actúa con apoyos internacionales relevantes, España sigue reaccionando de forma fragmentaria, tratando como problemas de orden público lo que son desafíos estructurales de soberanía y seguridad.
Negar esta dimensión no es prudente. El narcotráfico vinculado a Marruecos no sólo corrompe: financia poder, consolida ocupaciones ilegales, perfora fronteras y desestabiliza Estados. Reconocer su vínculo con el Sáhara Occidental es imprescindible para comprender el alcance real del problema y sus implicaciones a largo plazo.
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