La euforia cuidadosamente fabricada en torno a la organización de la Copa de África de Naciones comienza a desvanecerse, dejando al descubierto una realidad económica y social mucho más inquietante. El artículo publicado por Algérie Patriotique, «Cette mauvaise surprise qui attend les Marocains après la fausse euphorie de la CAN», pone el foco en lo que el discurso oficial del Makhzen evita afrontar: Marruecos se encamina hacia un ajuste severo dictado por el Fondo Monetario Internacional, cuyas consecuencias recaerán casi íntegramente sobre la población.
Según el análisis, 2026 marcará la aplicación estricta de las directrices del FMI, incluida la devaluación del dirham. Lejos de tratarse de una medida técnica inevitable, este paso certifica el agotamiento de un modelo económico basado en el endeudamiento permanente, la dependencia exterior y la propaganda. Con una deuda que supera los 100.000 millones de dólares, el Estado marroquí ha reducido su margen de maniobra hasta niveles críticos, quedando subordinado a los dictados de los acreedores internacionales.
Los efectos sociales de esta deriva ya son visibles. El aumento generalizado del precio de los productos básicos —alimentos, energía, carburantes— ha provocado un desplome del poder adquisitivo y una precarización acelerada de las clases medias, presentadas durante años como prueba de estabilidad y éxito económico. El artículo subraya que la crisis no es coyuntural: es estructural, y afecta al corazón del contrato social implícito sobre el que el régimen ha construido su legitimidad.
Uno de los indicadores más alarmantes es la pérdida de confianza en el sistema bancario. El temor a la devaluación impulsa retiradas de depósitos y una búsqueda desesperada de refugios financieros, alimentando el riesgo de una crisis de liquidez. La comparación con el colapso libanés no es retórica: endeudamiento elevado, presión sobre la moneda y ruptura de la confianza ciudadana son señales conocidas de un sistema al borde del colapso.
Es en este contexto donde la lectura de Algérie Patriotique adquiere una dimensión política más profunda cuando se conecta con el Sáhara Occidental. La crisis interna y el ajuste impuesto desde el exterior ayudan a explicar la huida hacia adelante del Makhzen en el territorio ocupado. Ante el empobrecimiento social y la erosión de legitimidad interna, el régimen intensifica el expolio de los recursos naturales saharauis, promueve megaproyectos energéticos y logísticos ilegales y presenta la ocupación como motor de crecimiento y orgullo nacional.
Lejos de ser un asunto periférico, el Sáhara Occidental se convierte así en válvula de escape económica y política. Fosfatos, pesca, energía renovable y grandes infraestructuras en territorio ocupado permiten atraer inversión extranjera, sostener redes clientelares y compensar, en parte, las tensiones internas derivadas del ajuste. Todo ello con la tolerancia —cuando no el respaldo explícito— de aliados occidentales dispuestos a sacrificar el derecho internacional en nombre de la “estabilidad” y los intereses estratégicos.
La inversión masiva en la CAN aparece, en este marco, como una operación de distracción. Estadios, celebraciones y campañas de imagen no han fortalecido la economía real ni mejorado las condiciones de vida de la población. Al contrario, han profundizado el endeudamiento y han servido para aplazar un ajuste que ahora se anuncia brutal. La población marroquí no ha obtenido beneficio alguno de esos miles de millones; la factura, en cambio, es inmediata.
La aplicación de las recetas del FMI amenaza además con desestabilizar el frágil equilibrio social sobre el que se sostiene el régimen. Inflación, devaluación y pérdida de ahorros pueden erosionar el consenso interno y aumentar la dependencia del aparato represivo y del nacionalismo instrumentalizado, donde el Sáhara Occidental ocupa un lugar central como elemento de cohesión forzada.
El artículo de Algérie Patriotique apunta, en definitiva, a una verdad incómoda: Marruecos se aproxima a una crisis económica y social de gran magnitud, cuyos costes recaerán sobre una población empobrecida, mientras el Makhzen trata de blindarse mediante propaganda, endeudamiento y ocupación. Tras la euforia deportiva, emerge un modelo agotado que necesita del expolio de un territorio ocupado para ocultar sus propias contradicciones.
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