En España se arrastra una negación de la historia colonial y en particular de la memoria colonial del franquismo. No hay un reconocimiento de la violencia colonial y más bien hay una legitimación de la violencia colonial. Ha persistido una historia colonial que sirvió al poder colonial y que sigue sirviendo a políticas imbuidas de colonialismo en la actualidad. La memoria y el relato de la conquista de la democracia, incluso por parte de sectores demócratas y progresistas, se olvidó del colonialismo.

El final de la dictadura coincidió con el abandono de los saharauis, pero mucho tuvo que ver la transición que, con el pretexto de la reconciliación y el consenso y la impunidad del franquismo, marginó lo colonial

El final de la dictadura coincidió con el abandono de los saharauis, pero mucho tuvo que ver la transición que, con el pretexto de la reconciliación y el consenso y la impunidad del franquismo, marginó lo colonial. Los gobiernos de la transición y del periodo constitucional consideraron que el abandono y la traición fue cosa del franquismo y se desentendieron. Portugal, en cambio, asumió un deber constitucional de contribuir a completar la descolonización de Timor; hasta la independencia de ese territorio, la constitución portuguesa de 1976 incluyó un artículo específico (261). La Constitución española de 1978 no hace ninguna mención; en el artículo 56 se hace referencia a que el rey “asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica”, refiriéndose a América Latina. Dudamos mucho que los constituyentes incluyeran a los saharauis en tal “comunidad histórica”. Pero los parlamentos democráticos podrían haber adoptado un acuerdo declarando nulos los Acuerdos de Madrid.

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