Negar la existencia de un conflicto no ayuda al pueblo saharaui. Lo importante es identificar correctamente la naturaleza de ese conflicto: una descolonización pendiente bajo ocupación.
Durante años, buena parte del debate sobre el Sáhara Occidental ha estado condicionado por una batalla política y narrativa: la del lenguaje. “Conflicto regional”, “disputa territorial”, “problema del Magreb” o “tensión entre Marruecos y Argelia” son expresiones repetidas durante décadas para describir la cuestión saharaui. Y ninguna de ellas es neutral.
Por eso, cada vez más voces saharauis y solidarias cuestionan incluso el uso de la palabra “conflicto” para hablar del Sáhara Occidental. Sin embargo, negar la existencia de un conflicto tampoco ayuda a comprender la realidad. Porque sí: en el Sáhara Occidental existe un conflicto. Hay una ocupación militar, una población refugiada desde hace medio siglo, un proceso de descolonización inconcluso, presos políticos, represión y un pueblo que sigue reclamando el derecho reconocido internacionalmente a decidir su futuro.
El problema no es hablar de conflicto. El problema es aceptar la definición interesada que Marruecos intenta imponer sobre él.
Desde hace años, Rabat trata de transformar una cuestión clásica de descolonización en un supuesto “problema regional” o en un enfrentamiento geopolítico entre Marruecos y Argelia. Ese cambio de marco no es menor. Permite diluir la responsabilidad internacional, invisibilizar al pueblo saharaui como sujeto político y desplazar el debate desde el derecho internacional hacia la lógica de las alianzas regionales.
Pero los hechos jurídicos siguen siendo claros. Naciones Unidas continúa considerando el Sáhara Occidental un territorio no autónomo pendiente de descolonización. El Tribunal Internacional de Justicia negó en 1975 cualquier vínculo de soberanía territorial entre Marruecos y el territorio. La Unión Africana reconoce plenamente a la República Saharaui como Estado miembro. Y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reiterado que Marruecos no posee soberanía sobre el Sáhara Occidental.
Nada de eso encaja con la idea de un simple “conflicto regional”.
El núcleo del problema sigue siendo el mismo que hace cincuenta años: un pueblo pendiente de ejercer su derecho de autodeterminación y una ocupación que intenta consolidarse mediante hechos consumados, apoyo diplomático exterior y control del relato político y mediático.
Por eso resulta importante distinguir entre reconocer la existencia de un conflicto y aceptar la interpretación marroquí de ese conflicto. No son lo mismo. Hablar del conflicto del Sáhara Occidental no implica asumir que se trate de una disputa bilateral entre Estados ni de una cuestión interna marroquí. Significa reconocer que existe una situación internacional abierta cuya naturaleza jurídica sigue siendo colonial.
La propia ONU habla desde hace décadas de “conflicto” y de “proceso político” sin reconocer por ello soberanía marroquí alguna sobre el territorio. De hecho, la MINURSO fue creada precisamente porque existía un conflicto derivado de un proceso de descolonización no resuelto.
Parte de la confusión nace de una reacción comprensible frente a años de manipulación narrativa. Durante demasiado tiempo se presentó el Sáhara Occidental como un problema “entre Marruecos y Argelia”, relegando al propio pueblo saharaui a un papel secundario. Frente a eso, muchos activistas rechazan términos que puedan reforzar esa lectura. Pero quizá la respuesta no consista en negar el conflicto, sino en nombrarlo correctamente.
Porque el Sáhara Occidental no es una guerra civil ni un litigio fronterizo clásico. Es un proceso de descolonización pendiente bajo ocupación.
Y esa diferencia cambia completamente el marco político y jurídico de la cuestión.
Mientras Marruecos intenta presentar el territorio como parte integrada de su soberanía nacional, la persistencia de los campamentos de refugiados, de las instituciones saharauis, de la representación internacional del Frente Polisario y de las resoluciones internacionales demuestra que el problema sigue abierto.
El Sáhara Occidental sí es un conflicto.
Pero no una disputa regional ni una simple tensión diplomática.
Es una descolonización pendiente bajo ocupación.