TEMA DEL DÍA | Washington, el Sáhara Occidental y el problema de la legitimidad

Mientras Estados Unidos vuelve a presentarse como actor decisivo en el expediente saharaui, la cuestión de fondo sigue intacta: ninguna solución será duradera si no cuenta con el consentimiento del pueblo saharaui.

En un artículo de opinión publicado este 5 de junio en Algérie Patriotique, el activista saharaui de derechos humanos Mohamed Elbaikam plantea una idea tan sencilla como difícil de esquivar: el verdadero desafío de Estados Unidos en el Sáhara Occidental no es únicamente diplomático, sino de legitimidad. Washington puede impulsar contactos, respaldar fórmulas políticas o vender un clima de realismo estratégico, pero ninguna de esas operaciones resolverá el problema de fondo si la población saharaui queda reducida, una vez más, a mera espectadora de decisiones tomadas por otros.

La tesis merece atención porque va al corazón del conflicto. Durante años, buena parte de los debates sobre el Sáhara Occidental han girado alrededor de gobiernos, equilibrios regionales, alianzas, seguridad, migraciones o intereses económicos. Todo eso existe, desde luego. Pero el riesgo aparece cuando ese marco geopolítico termina desplazando a un segundo plano la cuestión esencial: que hay un pueblo pendiente de descolonización al que se le prometió un derecho de autodeterminación que todavía no ha podido ejercer libremente.

Una sola jornada de democracia: la del reférendum

Elbaikam resume esa exigencia con una fórmula muy potente: el pueblo saharaui no pide privilegios ni trato de favor, sino algo mucho más elemental, “una sola jornada de democracia”. Es decir, la posibilidad de expresar libremente qué futuro quiere para su tierra. La idea tiene fuerza precisamente porque desmonta muchos de los relatos que intentan presentar el Sáhara Occidental como un expediente técnico, una disputa entre Estados vecinos o un asunto que puede cerrarse con un arreglo diplomático cocinado entre despachos.

Ahí aparece el límite del llamado realismo. Los defensores de la autonomía marroquí suelen presentarla como la salida más práctica para una situación bloqueada desde hace décadas. Pero el realismo, por sí solo, no crea legitimidad. Puede construir un acuerdo sobre el papel, puede satisfacer a determinados gobiernos y puede incluso ser presentado como una solución estable. Lo que no puede garantizar es que esa solución sea aceptada por la población concernida ni que genere una paz duradera. La historia internacional está llena de arreglos aparentemente pragmáticos que fracasaron porque ignoraron la voluntad de quienes debían vivir bajo sus consecuencias.

En el caso saharaui, esa advertencia es aún más importante. Estados Unidos pretende proyectarse como promotor de estabilidad y actor influyente en el norte de África y el Sahel, una región cada vez más relevante por razones estratégicas, comerciales, energéticas y de seguridad. Pero una estabilidad construida al margen del consentimiento del pueblo saharaui sería, en el mejor de los casos, una estabilidad aparente. Y en el peor, un nuevo episodio de imposición política revestida de lenguaje diplomático.

El futuro del Sáhara Occidental no puede decidirse para los saharauis, sino con los saharauis

Por eso conviene insistir en algo que con demasiada frecuencia se borra del debate: el futuro del Sáhara Occidental no puede decidirse para los saharauis, sino con los saharauis. Esa diferencia es decisiva. No se trata solo de alcanzar un acuerdo cualquiera, sino de que ese acuerdo sea percibido como legítimo por la población afectada. Si Washington quiere medirse por algo más que por la firma de un texto o por una fotografía de oportunidad, tendría que asumir precisamente ese criterio.

Al final, la cuestión no es si Estados Unidos tiene capacidad para empujar un proceso, sino si está dispuesto a aceptar que la legitimidad no nace de la presión diplomática ni del interés geopolítico, sino del consentimiento democrático. Y ahí el expediente saharaui vuelve a colocar a todos ante la misma verdad incómoda: no habrá paz justa ni duradera mientras se siga negando al pueblo saharaui esa sola jornada de democracia que lleva décadas esperando.

Fuente de partida: artículo de opinión de Mohamed Elbaikam publicado en Algérie Patriotique (5 de junio de 2026).