El territorio pendiente de descolonización que se ha convertido en pieza clave de la nueva geopolítica del Magreb y el Sahel
Las nuevas rondas diplomáticas impulsadas por Estados Unidos han vuelto a colocar el Sáhara Occidental en el centro del tablero internacional. Tras años de bloqueo político, contactos discretos y una guerra de baja intensidad reanudada en 2020, la pregunta reaparece con fuerza: ¿estamos ante el inicio de un proceso real de resolución o ante una nueva fase de gestión estratégica del conflicto?
Cincuenta años después de la proclamación de la República Saharaui, el problema de fondo permanece intacto. El Sáhara Occidental sigue inscrito en la lista de territorios no autónomos de la ONU. Ninguna resolución ha reconocido soberanía marroquí sobre el territorio. Y la misión MINURSO, creada en 1991 para organizar un referéndum de autodeterminación, continúa sin haber cumplido su mandato esencial.
Sin embargo, el contexto estratégico ya no es el mismo que hace treinta años. El Sáhara Occidental no es hoy únicamente el último territorio pendiente de descolonización en África. Es una pieza estratégica en la reorganización del Magreb y el Sahel, donde se cruzan energía, seguridad, rivalidades estatales y competencia global.
El marco jurídico: lo que no ha cambiado
Conviene empezar por la base. Jurídicamente, el conflicto no es una disputa territorial entre Estados, sino un proceso de descolonización inconcluso. La ONU mantiene al territorio en la lista de territorios no autónomos. El principio de autodeterminación del pueblo saharaui sigue siendo el marco legal vigente.
Las recientes sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea han reafirmado una idea central: el Sáhara Occidental es un territorio distinto y separado de Marruecos, y cualquier acuerdo que afecte a sus recursos requiere el consentimiento del pueblo saharaui, representado por el Frente Polisario.
Nada de esto ha sido jurídicamente revocado. La cuestión es si el derecho seguirá siendo el eje estructural o será progresivamente desplazado por dinámicas de poder.
La estrategia marroquí: consolidar sin negociar la soberanía
En los últimos años, Marruecos ha seguido una estrategia coherente: consolidar una realidad administrativa, económica y demográfica que haga irreversible su control del territorio. El plan de autonomía es presentado como única solución posible, excluyendo explícitamente cualquier opción de independencia.
Paralelamente, Rabat ha intensificado proyectos energéticos, logísticos y mineros en el territorio ocupado. Las inversiones en renovables, infraestructuras portuarias y explotación de recursos naturales no son únicamente iniciativas económicas: forman parte de una estrategia de normalización internacional basada en hechos consumados.
La lógica es clara: transformar la correlación de fuerzas antes que el marco jurídico.
El Frente Polisario: legitimidad, resistencia y renovación
Para el Frente Polisario, el desafío es múltiple. Debe preservar su legitimidad internacional como representante del pueblo saharaui, sostener la presión diplomática y gestionar el equilibrio entre acción política y dimensión militar.
Al mismo tiempo, enfrenta el desgaste acumulado de décadas de espera. La juventud saharaui, nacida en el exilio o bajo ocupación, observa con escepticismo un proceso internacional que no ha producido resultados tangibles.
El reto estratégico es renovar discurso, alianzas y pedagogía política sin diluir el núcleo irrenunciable: el derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro.
Argelia y Marruecos: una rivalidad estructural
El conflicto no puede entenderse sin la rivalidad estratégica entre Argelia y Marruecos. No se trata de una tensión coyuntural, sino de una competencia por liderazgo regional, influencia africana, proyección energética y alianzas internacionales.
Para Argelia, el Sáhara Occidental es una cuestión de principios vinculada al derecho de autodeterminación, pero también un elemento clave en su arquitectura de seguridad. Una consolidación plena de la soberanía marroquí alteraría el equilibrio estratégico en su frontera occidental.
Para Marruecos, el control definitivo del territorio reforzaría su posición como potencia atlántica africana y socio prioritario de Occidente.
Sin una desescalada estructural entre ambos actores, cualquier solución seguirá condicionada por esta rivalidad de fondo.
El Sahel: la nueva frontera estratégica
La dimensión saheliana introduce una variable decisiva y relativamente novedosa en el análisis. El retroceso de la influencia francesa, la salida de fuerzas occidentales de varios países del Sahel y la entrada de nuevos actores internacionales han modificado profundamente el equilibrio regional.
El Sahel vive una recomposición política y militar acelerada. En ese contexto, el Sáhara Occidental se sitúa en una posición geográfica estratégica entre el Magreb y África occidental. Es punto de conexión atlántica, corredor potencial de proyectos energéticos y zona de tránsito en dinámicas de seguridad complejas.
Los grandes proyectos energéticos proyectados desde el eje atlántico marroquí —interconexiones eléctricas, exportación de hidrógeno, corredores logísticos hacia África occidental— compiten indirectamente con la proyección energética argelina hacia Europa. Gas, renovables, rutas marítimas y alianzas militares forman parte de una misma ecuación.
El conflicto saharaui deja así de ser exclusivamente un asunto de descolonización pendiente y se inserta en la disputa por definir la arquitectura política y energética del Magreb ampliado hacia el Sahel.
Un conflicto congelado puede actuar como amortiguador en una región volátil. Pero si se percibe como imposición unilateral, puede convertirse en un factor adicional de inestabilidad en un entorno ya frágil.
Estados Unidos y la lógica de la estabilización
El papel de Estados Unidos resulta determinante. El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí en 2020 introdujo un elemento disruptivo en el marco tradicional del conflicto.
Las actuales rondas diplomáticas pueden interpretarse como intento de desbloqueo. Pero la incógnita persiste: ¿se busca una solución conforme al derecho internacional o un esquema de estabilización funcional que priorice seguridad, cooperación energética y alianzas estratégicas?
Existe una tentación evidente: sustituir la cuestión de la soberanía por fórmulas técnicas de administración y desarrollo económico. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que ningún territorio alcanza estabilidad duradera si su población no ha ejercido su derecho a decidir.
Europa entre el derecho y la realpolitik
La Unión Europea mantiene una posición ambivalente. Defiende formalmente el derecho internacional, pero prioriza estabilidad migratoria, cooperación antiterrorista y seguridad energética.
Las decisiones judiciales europeas han introducido límites claros, pero la práctica política continúa marcada por el pragmatismo. El futuro dependerá de qué pese más: el respeto coherente al derecho o la gestión de intereses inmediatos.
Escenarios posibles
A corto y medio plazo pueden imaginarse varios escenarios:
- Congelación prolongada con negociaciones periódicas sin avances estructurales.
- Consolidación gradual del plan de autonomía mediante hechos consumados económicos y diplomáticos.
- Reactivación efectiva de un proceso de autodeterminación con garantías internacionales.
- Regionalización del conflicto dentro de la rivalidad estratégica del Magreb y el Sahel.
Cada uno de estos escenarios dependerá de una variable esencial: si el principio de autodeterminación continúa siendo una norma operativa o queda subordinado a la lógica de equilibrio geopolítico.
Lo que realmente está en juego
Las rondas diplomáticas iniciadas estos días no se desarrollan en el vacío. Se producen en un momento de reconfiguración regional, competencia energética y redefinición de alianzas estratégicas.
La cuestión ya no es únicamente si habrá o no referéndum. La cuestión es si el derecho de autodeterminación será integrado en la nueva arquitectura regional o desplazado por una lógica de estabilización estratégica.
Si el Sáhara Occidental se convierte en simple variable de ajuste entre potencias regionales, el conflicto podrá administrarse, pero no resolverse. Y los conflictos administrados sin legitimidad democrática no desaparecen: se transforman.
Medio siglo después, el pueblo saharaui continúa esperando ejercer un derecho reconocido pero no aplicado. No se trata únicamente de fronteras o equilibrios energéticos. Se trata de una población que vive dividida entre ocupación y exilio, y que sigue reclamando decidir su destino.
El futuro del Sáhara Occidental no se decidirá solo en mesas diplomáticas ni en cálculos estratégicos. Se decidirá en la tensión entre derecho y poder, entre estabilidad aparente y legitimidad real.
Y en esa tensión se juega algo más que un territorio: se juega el modelo de orden regional que emergerá en el norte de África en las próximas décadas.
Serie: HABLEMOS DEL SÁHARA OCCIDENTAL
Victoria G. Corera – Plataforma NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL
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