El artículo publicado en EL INDEPENDIENTE «Sánchez, Macron y Mohamed VI, unidos por el fracaso, la manipulación y la deshonra» construye una alegoría tan incómoda como reveladora: la del compañerismo nacido del fracaso. No se trata de afinidades ideológicas ni de proyectos compartidos, sino de algo mucho más peligroso: la simbiosis entre dirigentes debilitados que, acorralados por su desgaste político, encuentran en una alianza espuria la única vía para prolongar su supervivencia. En ese marco, el Sáhara Occidental aparece no como un asunto colateral, sino como el escenario donde esa alianza se concreta en forma de saharafobia de Estado.

Desde esa clave de lectura, el texto sitúa en un mismo plano a Pedro Sánchez, Emmanuel Macron y Mohamed VI, no como actores equivalentes, sino como socios circunstanciales de una huida hacia delante, unidos por la necesidad de encubrir fracasos internos mediante la normalización de una ocupación ilegal.

El retrato de Mohamed VI se aleja del mito del monarca estratega para mostrar a un rey rehén del Majzén y de una ocupación heredada que no sabe cómo cerrar. El llamado plan de autonomía no aparece como solución política, sino como lo que realmente es: el reconocimiento implícito del fracaso marroquí tras casi cincuenta años de ocupación de un Territorio No Autónomo. Una propuesta inviable y nula de pleno derecho, al negar el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación.

Es precisamente ahí donde el texto identifica la saharafobia gubernamental de Sánchez y Macron. No actúan como mediadores ni como defensores del derecho internacional, sino como facilitadores de una ficción jurídica destinada a confundir a la opinión pública, ganar tiempo y blanquear la ocupación. Ambos saben que incurren en falsedad política, pero confían en que el ruido mediático y la propaganda amortigüen el impacto de sus decisiones.

En el caso de Pedro Sánchez, la lectura es especialmente clara. La crisis de Ceuta y Melilla de 2021, el espionaje con Pegasus y la destitución de la ministra de Exteriores marcan un punto de inflexión: España pasa de la debilidad diplomática a la subordinación política frente a Marruecos. La carta del 18 de marzo de 2022, difundida desde Rabat, no solo rompe con décadas de posición española, sino que institucionaliza una saharafobia de Estado, al excluir al Sáhara Occidental del marco legal que España estaba obligada a respetar como potencia administradora.

Desde entonces, la política exterior española queda condicionada por los intereses del Majzén, y la política interior por una aritmética parlamentaria que convierte a Sánchez en rehén permanente de quienes saben explotar su dependencia del poder. El paralelismo que establece el artículo entre Marruecos y Junts no es retórico: describe una lógica de gobierno basada en la cesión constante como método de supervivencia.

En cuanto a Emmanuel Macron, el texto lo presenta como el rostro del declive francés: contestación social, expulsión progresiva de África y una Asamblea Nacional fragmentada hasta la parálisis. Su apoyo explícito a la ocupación del Sáhara Occidental aparece como un gesto desesperado, destinado a cerrar la crisis con Rabat tras el escándalo Pegasus y a proyectar una falsa estabilidad exterior mientras el edificio político francés se resquebraja por dentro. También aquí, la saharafobia no es un accidente, sino una elección consciente.

Uno de los pasajes más contundentes del artículo es el que aborda la doble moral respecto a Palestina y el Sáhara Occidental. Sánchez y Macron se erigen en paladines del pueblo palestino, pero encubren, financian y legitiman una ocupación igualmente brutal en el Sáhara. No se trata de una comparación sentimental, sino política: muros, drones, represión sistemática y limpieza étnica forman parte del mismo manual, aunque solo una de esas tragedias merezca gestos solemnes y condenas oficiales.

La crítica se extiende, con razón, a la Unión Europea, convertida en cómplice activa al burlar una sentencia firme del Tribunal de Justicia para mantener los acuerdos agrícolas con Marruecos. El voto por un solo escaño, el etiquetado fraudulento de productos saharauis y la exclusión del consentimiento del pueblo saharaui revelan hasta qué punto la saharafobia se ha institucionalizado también en Bruselas, cuando la legalidad se convierte en un estorbo.

Leído en clave saharaui, el artículo no es solo una diatriba contra tres dirigentes. Es una advertencia: el Sáhara Occidental se ha convertido en el laboratorio donde se ensaya el abandono del derecho internacional, donde la ocupación se normaliza y la ley se sacrifica en nombre de la estabilidad y los intereses estratégicos.

Sánchez y Macron quizá estén en tiempo de descuento político. El problema es que, mientras tanto, han convertido la saharafobia en política de Estado, sirviendo a Mohamed VI a costa de principios, sentencias y responsabilidades históricas, y dejando tras de sí un precedente peligroso: que el derecho solo vale mientras no incomode al poder.

Carlos C. García


Abderrahman Buhaia es intérprete y educador saharaui