
Yo había leído poemas de Mahmud Darwish, de Semih El-Kasim y algún relato del escritor Ghassan Kanafani, esa era mi experiencia en la literatura del exilio y refugio de Palestina. Gracias a David Wapner, autor del prologo de «Caminantes con vestidos ligeros», los poemas de Nasser atravesaron el Atlántico, llegaron a las manos del editor mexicano Antonio Revilla y el poemario se publicó a finales de junio de este año después de un arduo trabajo.
A medida que me adentraba en los poemas, sentía que eran míos. El exilio, la nostalgia y la tristeza estaban en cada verso, en cada palabra. Gaza estaba delante de mis ojos, la recorría en el corazón y en la memoria de un poeta.
Con cada verso lloraba en silencio al ver la destrucción ante mis ojos. Hojeaba una página después otra, me encontraba a medida que avanzaba en la traducción con poemas como «Tu vieja melodía» que me dejaban mudo, cuando describían el dolor de una ciudad: «Es tu tiempo en la ciudad muerta/ debajo de cada alegría que ha perecido/ es el tiempo que has de cargar con mis hombros/ con el saco de harina/ llevar los días de un destierro a otro/ completar tu vieja melodía».
La obra de Nasser me recordaba poemas míos como «Limpiaré mis lágrimas» o «Somos apátridas del cielo». De pequeño vi las bombas caer sobre los campamentos saharauis en plena huida a la hammada de Tinduf en Argelia, yo tenía 9 años, me escondía detrás de mis padres para no ver el fuego de la metralla atravesar el cielo.
Cuando veía las imágenes de los bombardeos en televisión, la muerte de cada gazatí en busca de comida, volvía a mi mente el horror de la infancia, la muerte de niños por hambre y desnutrición. Una deshumanización contraria a cualquier ética o moral. Nasser describe ese dolor en un canto que nace entre la mole de escombros: «Gaza, Gaza./ Eran testigos el muro, la hierba y el árbol/ cuando vieron el cráter que dejó la explosión,/ escucharon su boca abierta gritar:/ ‘devuélvanme mi cuerpo’.
Hoy, la Universidad Autónoma de Nuevo León de México, Monterrey ha editado el libro «Caminantes con vestidos ligeros». Los versos de Nasser vuelan por encima de los muros, del bloqueo y el asedio, llaman a cada uno de nosotros, nos interpelan y nos interrogan cada vez que observamos el ocaso o el amanecer.
Nos hablan en la soledad de cada página, entre cada silencio. Nos llevan de vuelta a Gaza para recordarnos aquella franja de tierra convertida hoy en un nuevo monumento, quizás otro Auschwitz, cuando el poeta vuelve a clamar:
«Era tierra./ Yo era tierra como otra,/ sencilla, ajena al tiempo/ a la distancia, a los viajeros./ Una piedra rodeada todo el tiempo por una pared ciega/ en la que cada día se cuenta por las tristes heridas/ de los cautivos del silencio y el frío,/ de los muertos que partirán/ los que vendrán a mí» .
Creo firmemente en la poesía, en el poder de la palabra. Observo la humedad de la mañana, los rayos de sol, la lluvia de diminutas gotas. Me acuerdo cuando fui expulsado de mi ciudad, de la península de Dajla, bajo el fuego de las balas. He allí donde nacen mis lágrimas en los versos de Nasser, en los niños de Gaza. Entonces me acuerdo del Sahara y los saharauis en cada grano arena, en cada palabra, en estos versos: «Somos apátridas/ que lloramos a la lluvia/ a la nube que se precipita/ a la montaña que guarda nuestra voz,/ somos aquellos errantes/ un pueblo que siembra una raíz,/ al expulsaron de los pastos/ del océano de arenas blancas».
Gaza necesita volver a vivir, a surgir del hambre, de la muerte y curar sus heridas. En los versos de Nasser Rabah hay una esperanza perdida, un deseo de libertad, una lágrima en los ojos de cada niño que yace debajo de los escombros.