
Por Mohamed K. – En un comunicado de un tono inusualmente duro, Arabia Saudí ha advertido a los Emiratos Árabes Unidos sobre su actuación en la región, sacando a la luz tensiones que durante años habían permanecido contenidas en el seno del mundo árabe.
Desde hace más de una década, los Emiratos Árabes Unidos se han consolidado como uno de los actores más intervencionistas del mundo árabe, multiplicando las injerencias directas e indirectas en distintos focos de tensión regional. Detrás de un discurso oficial centrado en la modernidad y la estabilidad, el régimen de Abu Dabi, bajo el liderazgo de Mohamed bin Zayed, ha desarrollado una política agresiva basada en la militarización de los conflictos, el apoyo a grupos armados y la vulneración de la soberanía de los Estados. Arabia Saudí parece tomar conciencia ahora de una dinámica que Argelia identificó desde hace tiempo.
En Libia, el papel de los Emiratos ha sido determinante en la prolongación del conflicto. El apoyo militar y financiero a Khalifa Haftar, en clara violación de las resoluciones de Naciones Unidas, ha contribuido a bloquear los intentos de alcanzar una solución política inclusiva. Argelia, fiel a su doctrina de no injerencia y de resolución pacífica de los conflictos, ha denunciado de forma constante esta lógica de guerra por delegación. Desde Argel se han impulsado iniciativas diplomáticas orientadas al diálogo entre libios y al respeto de la unidad territorial del país, advirtiendo además de las graves consecuencias que este conflicto tiene para la seguridad del Magreb y del Sahel.
En Sudán, el patrón se repite. Los Emiratos han sido señalados por su apoyo a determinadas facciones armadas, en detrimento de un proceso de transición política civil. Esta implicación ha alimentado la inestabilidad y prolongado un conflicto sangriento en una región especialmente sensible. También en este caso, Argelia ha mantenido una posición clara, rechazando cualquier injerencia extranjera, defendiendo una solución sudanesa soberana y denunciando la instrumentalización de las divisiones internas con fines de expansión estratégica.
Sin embargo, es en las fronteras occidentales de Argelia donde el activismo emiratí adquiere su dimensión más preocupante. A través de Marruecos, convertido en un aliado plenamente subordinado en los planos diplomático y de seguridad, Abu Dabi ha facilitado la entrada política, militar y estratégica de Israel en la región. La normalización de Marruecos con Israel, promovida y respaldada por los Emiratos, ha abierto la puerta a una cooperación en materia militar y de inteligencia que amenaza directamente el equilibrio regional. Argelia ha respondido con firmeza, reafirmando su apoyo incondicional a la causa palestina y su rechazo absoluto a cualquier presencia israelí en el Magreb.
Frente a estas maniobras, Argelia ha mantenido una línea constante. Ha denunciado públicamente las injerencias emiratíes, ha reforzado una diplomacia basada en principios y ha consolidado alianzas africanas y mediterráneas centradas en el respeto a la soberanía de los Estados. Lejos de cálculos coyunturales, Argel defiende una visión coherente de una región libre de agendas desestabilizadoras, en la que los pueblos decidan por sí mismos su futuro.
Hoy, cuando algunos actores comienzan a reconocer la peligrosidad de las estrategias impulsadas desde Abu Dabi, Argelia puede reivindicar una coherencia política y una claridad estratégica que la sitúan como uno de los pocos factores de estabilidad y lucidez en un entorno regional profundamente debilitado.
Descubre más desde No te olvides del Sahara Occidental
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
