
El apoyo militar argelino a Níger puede marcar una evolución en la manera en que Argel entiende su seguridad regional. En Niamey confluyen estabilidad, energía, influencia africana y una creciente competencia por el control de los grandes corredores del Sahel.
Carlos C. García – NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL
Argelia desplegó el pasado fin de semana cuatro cazas Su-30 y un avión cisterna en Níger, a petición de las autoridades de Niamey y después de una intentona destinada a desestabilizar al Gobierno nigerino. El movimiento importa porque supone una utilización visible de medios militares argelinos fuera de sus fronteras en unas circunstancias que difícilmente pueden considerarse rutinarias.
Durante décadas, Argel ha mantenido una notable cautela respecto a la intervención directa en conflictos exteriores, privilegiando la mediación, la cooperación de seguridad y la defensa de sus propias fronteras. Níger introduce ahora una cuestión diferente: Argelia parece empezar a asumir que proteger su territorio exige actuar también antes de que determinadas amenazas alcancen físicamente sus fronteras.
Razones no le faltan. Mali, Níger y Libia forman parte de un cinturón inmediato marcado por insurgencias armadas, golpes de Estado, tráfico de armas, crisis institucionales y una presencia cada vez mayor de potencias extranjeras. Para Argelia, lo que sucede en el Sahel hace tiempo que dejó de ser un problema distante.
Níger posee además un valor estratégico añadido. Por su territorio debe pasar el Gasoducto Transahariano, concebido para transportar gas desde Nigeria, atravesando Níger y Argelia, hasta el Mediterráneo. Se trata de uno de los grandes proyectos con los que Argelia pretende reforzar su conexión con África occidental y, al mismo tiempo, consolidarse como vía energética hacia Europa. Sin estabilidad política y control territorial en Níger, una infraestructura de esas dimensiones resulta mucho más vulnerable.
La energía se encuentra aquí directamente con la geopolítica. Frente al corredor Nigeria-Níger-Argelia, Marruecos impulsa el Gasoducto Africano Atlántico Nigeria-Marruecos, alrededor del cual ha construido buena parte de su estrategia de aproximación económica a África occidental. Emiratos Árabes Unidos ha mostrado también interés en ese proyecto, en un escenario regional donde inversiones, infraestructuras, puertos, energía y seguridad forman parte de una misma competencia por la influencia.
La respuesta argelina debe leerse dentro de ese tablero regional. En el Sahel se cruzan hoy intereses militares, energéticos y políticos de Rusia, Turquía, los países del Golfo y las antiguas potencias occidentales. Marruecos desarrolla además una estrategia cada vez más ambiciosa hacia África occidental, apoyada en infraestructuras, inversiones, fertilizantes, banca y conexiones atlánticas, mientras Argelia intenta consolidar sus propios corredores hacia el sur y preservar una profundidad estratégica que considera esencial para su seguridad. Níger ocupa precisamente uno de los puntos donde esas estrategias empiezan a encontrarse.
La rivalidad entre Argel y Rabat también forma parte de ese escenario. No es necesario convertir cada crisis africana en un episodio de su enfrentamiento para constatar que ambos países compiten por alianzas, corredores energéticos, conexiones comerciales y espacios de influencia en una misma región. El Sahel se ha convertido en uno de los escenarios donde esa competencia resulta cada vez más visible.
Y existe inevitablemente una dimensión que interesa al Sáhara Occidental. La batalla diplomática alrededor de la descolonización saharaui tampoco se desarrolla en el vacío. Se libra en una África donde las relaciones económicas, los corredores comerciales, el gas, la cooperación militar y las alianzas políticas tienen un peso creciente a la hora de construir apoyos y definir equilibrios.
Lo ocurrido en Níger muestra, por tanto, algo más que una respuesta militar a una crisis puntual. Argelia empieza a proyectar de forma más visible su peso estratégico hacia el Sahel y deja claro que no piensa contemplar desde la distancia la reorganización política y económica que está teniendo lugar al sur de sus fronteras.
Si esa tendencia continúa, Niamey habrá señalado algo más importante que una operación militar: el equilibrio de poder en el Sahel también está empezando a moverse.