
España puede cambiar su política, respaldar el plan de autonomía marroquí y acercarse cuanto quiera a Rabat. Lo que no puede hacer es entregar un territorio cuyo futuro sigue pendiente de decidir.
Empieza a instalarse en el debate español una frase aparentemente contundente para explicar la política de Pedro Sánchez hacia Marruecos y, de paso, buena parte de lo sucedido después en Ceuta y Melilla: «España cedió el Sáhara a Marruecos». Se escucha en tertulias, aparece en artículos y sirve para construir un relato sencillo: Sánchez entregó el Sáhara, mostró debilidad ante Rabat y Marruecos entendió que podía seguir presionando. El problema es que, por eficaz que resulte como eslogan, la frase confunde lo esencial.
España no podía entregar el Sáhara Occidental a Marruecos porque no era suyo para entregarlo. Su responsabilidad era otra: culminar la descolonización y permitir que el pueblo saharaui decidiera su futuro. No lo hizo en 1975. Se marchó, firmó los Acuerdos de Madrid y dejó el territorio en manos de Marruecos y Mauritania, pero aquello no convirtió al Sáhara Occidental en territorio marroquí.
Aquí aparece a veces otra confusión, especialmente frecuente en redes sociales: la de quienes recuerdan que el llamado Sáhara Español fue convertido durante el franquismo en una provincia española —la conocida como «provincia 53»— y concluyen que España podría algún día «recuperarlo». Es verdad que hubo administración provincial, documentación española y representación en las instituciones del régimen. Y es verdad que ese pasado explica muchos de los vínculos y responsabilidades que España mantiene todavía hoy. Pero una decisión administrativa tomada en Madrid no hizo desaparecer al pueblo que vivía allí ni convirtió definitivamente su tierra en una parte de España.
Los saharauis nunca dejaron de ser saharauis. Lo eran cuando llevaban documentación española, lo eran cuando España abandonó el territorio y lo siguen siendo hoy en los campamentos, en los territorios ocupados, en los territorios liberados y en la diáspora. Precisamente por eso la cuestión nunca consistió en decidir si el Sáhara debía ser español o marroquí, sino en permitir que sus habitantes decidieran su propio futuro.
Y esa cuestión continúa sin resolverse casi cincuenta años después. Naciones Unidas sigue considerando el Sáhara Occidental un territorio no autónomo pendiente de descolonización. Marruecos controla la mayor parte de él, pero el paso del tiempo, los mapas oficiales marroquíes o los reconocimientos diplomáticos de determinados gobiernos no convierten por sí solos esa ocupación en una descolonización terminada.
Lo que hizo Pedro Sánchez en marzo de 2022 fue diferente. Cambió la posición española y pasó a considerar el plan de autonomía presentado por Marruecos como la propuesta «más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto. Fue una concesión política de enorme importancia a Rabat porque asumía como opción preferente una solución construida sobre la permanencia del Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí.
Eso es ceder ante Marruecos en la cuestión del Sáhara Occidental. No es cederle el Sáhara Occidental.
La diferencia importa especialmente ahora que Ceuta y Melilla vuelven a ocupar el debate. Se puede discutir si Sánchez ha cedido demasiado ante Mohamed VI, si esas concesiones han reforzado las exigencias de Rabat o si la política inaugurada en 2022 ha proporcionado realmente a España la estabilidad que prometía. Todo eso forma parte de un debate político legítimo y necesario.
Pero decir que España «cedió el Sáhara» introduce sin querer una idea muy parecida a la que Marruecos lleva décadas intentando imponer: que el futuro del territorio puede decidirse mediante acuerdos entre gobiernos, sin que el pueblo saharaui sea el verdadero sujeto de esa decisión. Y ahí está el problema de fondo.
Sánchez puede apoyar el plan de autonomía, defenderlo en el Congreso y estrechar cuanto quiera las relaciones con Rabat. Otros gobiernos pueden reconocer incluso la pretendida soberanía marroquí. Pero ninguna de esas decisiones hace desaparecer al pueblo saharaui ni convierte en marroquí un territorio que continúa pendiente de descolonización.
Por eso las palabras importan. España tampoco tiene hoy un Sáhara que «recuperar», como sostienen algunos, pero sí tiene una responsabilidad histórica que no debería olvidar. Y Pedro Sánchez no tenía un Sáhara que entregar. Sánchez no ha cedido el Sáhara Occidental a Marruecos. Ha cedido ante Marruecos sobre el Sáhara Occidental.
Y mientras unos discuten cuánto ha cedido España y otros sueñan con recuperar lo que llaman una antigua provincia, hay alguien al que demasiado a menudo volvemos a dejar fuera de la frase: el pueblo saharaui, que nunca dejó de serlo y que sigue esperando poder decidir su futuro.