El vuelco del tablero internacional tras la operación ordenada por Donald Trump en Venezuela ha acelerado una dinámica inquietante: el debilitamiento del derecho internacional como marco regulador y el regreso explícito de la fuerza como herramienta legítima de las potencias. En ese nuevo escenario, donde tratados, resoluciones y equilibrios multilaterales pierden peso frente al hecho consumado, regiones que hasta ahora parecían periféricas pasan a ocupar una posición estratégica central.
Canarias se encuentra hoy en ese punto crítico. Las aspiraciones marroquíes sobre el Sáhara Occidental, el Atlántico y las fronteras sensibles del entorno inmediato del Archipiélago ya no pueden leerse como retórica marginal, sino como parte de una proyección geopolítica coherente, reforzada por el contexto global y por alianzas internacionales cada vez más desinhibidas. Lo que está en juego no es un escenario de invasión inmediata, sino una erosión progresiva de equilibrios, competencias y soberanía en un mundo cada vez más inestable y menos reglado.
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En ese nuevo escenario que plantea Trump, una especie de selva en la que impera la ley del más fuerte, ahora cabe cualquier movimiento militar. La diplomacía, la geopolítica o los tratados internacionales son papel mojado. Groenlandia puede pasar a manos de Estados Unidos en 20 días; a la OTAN empieza a ponérsele cara de viejo fantasma de la Guerra Fría; cualquier república báltica puede volver a estar bajo control de Moscú; Taiwán tiembla frente a cada movimiento de China. Todo puede pasar en cualquier punto del planeta. Incluso aquí al lado. Sobre todo si la Alianza Atlántica se rompe y Marruecos, aliado en el Magreb de Trump e Israel, decide tomar por la fuerza —a imagen y semejanza de sus socios— lo que considera que le pertenece para dar forma al Gran Marruecos: Ceuta, Melilla, parte de Argelia y Canarias.
Gran Marruecos
Durante décadas, la idea del Gran Marruecos fue relegada en España al terreno del folclore ideológico: mapas maximalistas, discursos identitarios y reivindicaciones históricas sin traducción práctica inmediata. Sin embargo, ese imaginario nunca desapareció. Persistió en determinados círculos nacionalistas, académicos y mediáticos marroquíes que, de forma recurrente, incluyen a Canarias junto a Ceuta y Melilla dentro de un espacio considerado “natural” para la proyección soberana de Rabat.
No es una posición oficial formulada en tratados ni comunicados diplomáticos, pero sí una corriente de pensamiento constante, útil para preparar el terreno político y simbólico. Y hoy, a diferencia de hace veinte o treinta años, el contexto internacional le otorga una nueva relevancia.
La captura de Maduro por orden de Donald Trump marca ahora un punto de inflexión. Más allá del caso venezolano, el mensaje fue inequívoco: el derecho internacional deja de ser un límite infranqueable y la fuerza vuelve a ocupar un lugar central en la resolución de conflictos. En ese mundo, las potencias regionales observan, aprenden y ajustan sus estrategias. Marruecos no es una excepción.
Canarias en los mapas
Desde los años sesenta, distintas corrientes del nacionalismo marroquí han defendido que el proceso de descolonización dejó a Marruecos “incompleto”. En ese relato aparecen siempre Ceuta y Melilla, pero en versiones más expansivas —nunca abandonadas del todo— Canarias figura como parte del espacio atlántico vinculado históricamente a Rabat.
Durante años, estos planteamientos circularon en publicaciones afines al régimen, foros doctrinales y medios cercanos a la narrativa oficial. Entre ellos destaca Atalayar, revista española financiada por Marruecos que defiende de forma sistemática las tesis jurídicas y políticas del Reino alauí. España observó estas posiciones como ruido ideológico. Hoy, ese ruido convive con una arquitectura jurídica y diplomática mucho más concreta.
Ceuta y Melilla: el precedente
El caso de Ceuta y Melilla es el mejor ejemplo de cómo Marruecos gestiona sus aspiraciones. Rabat no ha renunciado nunca a su reivindicación sobre ambas ciudades. La ha dosificado en el tiempo mediante presión política, episodios de tensión controlada, cierres fronterizos y discursos periódicos que refuerzan la idea de “territorios pendientes”.
Ese precedente importa en Canarias porque demuestra que no es necesaria una confrontación militar directa para avanzar. Basta con erosionar el marco existente, ganar legitimidad internacional y aprovechar momentos de debilidad del sistema global. En un mundo más duro y menos reglado, esa estrategia gana eficacia.
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