“Texto de la revista Bubisher”

No he leído la obra «Desierto» de Le Clézio. Pero, a través de algunas búsquedas, intuí que no es una novela de acción, sino de atmósfera y reflexión, profundamente contemplativa. Me hice con algunos pasajes, que no copié, aunque quizá sentí como si los hubiera robado.
Aun así, con la complicidad de mi amiga riojana Eva, y como Lalla, estos días en la Hamada, puro desierto donde las Lallas saharauis hicieron posible el milagro de una vida digna, me descubro evocando a Le Clézio y su novela Desierto, en este mes del libro, cerca de la biblioteca Bubisher en Smara.
Desierto no es solo una novela; es, casi, un homenaje a los habitantes del mundo sahariano, una crítica silenciosa al colonialismo y una profunda reflexión sobre lo que significa pertenecer.
Hay algo especialmente poderoso en la obra de Jean-Marie Gustave Le Clézio: el desierto no es vacío… es verdad.
En el principio no había ruido, sino horizonte. El desierto no era ausencia, sino verdad desnuda. Allí, donde el viento borra las huellas, pero no la memoria, los hombres avanzaban sin prisa, como si cada paso fuera una forma de resistencia. No huían: se retiraban con dignidad, llevando consigo algo que ningún ejército podría conquistar. En sus silencios habitaba una certeza antigua: que la tierra no pertenece a quien la ocupa, sino a quien la recuerda.
El tiempo, sin embargo, no se detuvo en aquella marcha. Cambió de forma, de nombre, de bandera. Lo que fue conquista se volvió frontera; lo que fue violencia se disfrazó de legalidad. Pero en el fondo, la lógica persistía: despojar sin nombrarlo, borrar sin decirlo, imponer un orden donde antes había sentido.
Y entonces aparece Lalla, o tantas Lallas posibles, caminando entre dos mundos. Sé bien que no es saharaui, que nace en otro relato. Pero la reconozco. Y, por la cuenta que me trae, la hago también nuestra. Porque hay verdades que no entienden de pasaportes ni de banderas, y dolores que se parecen demasiado como para separarlos.
En la ciudad, todo parece lleno, pero nada le pertenece. Las calles son estrechas para quien ha conocido el horizonte. Las miradas pesan más que la arena. Allí descubre otra forma de vacío: no el del desierto que libera, sino el de un mundo que ha olvidado escuchar. Ese es el verdadero nihilismo.
Porque el nihilismo del poder no se presenta como destrucción, sino como indiferencia organizada. Se construyen relatos, se dictan versiones, se administran silencios. Y así, lo que ocurre en el Sáhara Occidental, ocupado, vigilado, contenido, no aparece como tragedia, sino como asunto lejano. Sin embargo, en las jaimas, en los campamentos, en los nombres que se siguen transmitiendo, la memoria resiste.
El desierto, que algunos creen vacío, guarda lo esencial. Allí no hay lugar para la mentira prolongada. Por eso quienes han nacido en su vastedad entienden la libertad de otro modo: no como posesión, sino como pertenencia.
Y quizá por eso la historia sigue abierta. Porque mientras alguien recuerde, nombre y cuente, ninguna ocupación es completa. La arena puede cubrir las huellas, pero no puede borrar el camino.
En ese gesto, tomar a Lalla y hacerla símbolo compartido, hay también una forma de resistencia. Como si la literatura corrigiera las fronteras que la historia impone.
El desierto no grita. No acusa. Permanece.
Y en su permanencia hay una justicia que ningún poder ha logrado sofocar.