MEMORIA VISUAL SAHARAUI | El Sáhara es mi causa: a la causa también se llega por las personas

MEMORIA VISUAL SAHARAUI | El Sáhara es mi causa: a la causa también se llega por las personas

Carlos Cristóbal – Fotografías para entender el Sáhara Occidental

Hay quien llega al Sáhara Occidental por un libro, por una noticia o por una resolución de Naciones Unidas. Yo también llegué por la convicción de que existía una injusticia que debía conocerse. Pero, con el paso de los años, descubrí que ninguna causa consigue ocupar treinta años de tu vida si no acaba teniendo nombres, rostros, conversaciones y abrazos.

Porque las causas están hechas de personas: las causas empiezan por las ideas, pero permanecen gracias a las personas.

Cuando vuelvo sobre estas fotografías no veo únicamente festivales de cine, escuelas, manifestaciones o encuentros. Veo a quienes me enseñaron cómo se vive en una jaima, a quienes compartieron conmigo un vaso de té, a jóvenes que entonces eran estudiantes y hoy son profesionales, a compañeros de viaje, a familias que terminaron formando parte de mi propia memoria. Veo amistades nacidas en el desierto que han resistido el paso del tiempo mucho mejor que muchos discursos políticos.

En una de las imágenes aparecen varias promociones de alumnado de la Escuela de Cine Abidin Kaid Saleh. Detrás de ellos, casi pasando desapercibido, aparece el gran mural pintado por Gonzalo Borondo. Siempre me ha parecido una metáfora perfecta: el arte en las paredes de los campamentos es perecedero, las personas cambian, pero la voluntad de contar la historia del pueblo saharaui continúa pasando de unas manos a otras.

Otra fotografía -la de la portada- nos lleva a uno de los varios FiSahara celebrado en Dajla, creo que en 2016, durante la recreación simbólica del campamento de Gdeim Izik. Aquella jornada no pretendía reproducir únicamente un episodio histórico. Era también una forma de recordar que la resistencia saharaui no pertenece al pasado y que la cultura, el cine y la memoria forman parte de ella tanto como la política o la diplomacia.

Hay otra enseñanza que el pueblo saharaui transmite sin necesidad de grandes discursos: la comunidad. En los campamentos es difícil sentirse un extraño durante mucho tiempo. Siempre aparece alguien que te invita a sentarte, a compartir un té, a preguntar por la familia o a interesarse por cuándo volverás. Esa forma de entender las relaciones humanas termina cambiando también la manera de mirar el conflicto. El Sáhara Occidental deja de ser una noticia para convertirse en una realidad profundamente cercana.

Con los años he conocido a estudiantes, artistas, periodistas, responsables políticos, cooperantes, conductores, madres de familia, niños que hoy ya son adultos y amigos que siguen escribiendo o llamando desde los campamentos. Algunos aparecen en estas fotografías; otros quedaron fuera del encuadre, pero forman igualmente parte de esta memoria. Si algo he aprendido es que la solidaridad no se construye únicamente desde las instituciones o las organizaciones: también se construye conversación a conversación, viaje a viaje y amistad a amistad.

También aparecen compañeros de camino. Personas con las que he trabajado durante años, con las que he compartido proyectos, ilusiones, discusiones, viajes interminables por las pistas del desierto y muchas horas intentando explicar en España una realidad que demasiadas veces sigue siendo desconocida. Algunos son muy conocidos; otros prefieren permanecer discretamente en un segundo plano. Todos forman parte de esta historia.

Con el tiempo he comprendido que el pueblo saharaui tiene una enorme capacidad para convertir a los visitantes en amigos. No ocurre en un solo viaje ni en una sola conversación. Sucede lentamente, casi sin darte cuenta. Un día descubres que ya no recuerdas únicamente los lugares. Recuerdas sobre todo a las personas.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta por qué sigo dedicando tantas horas al Sáhara Occidental después de tantos años, nunca encuentro una respuesta sencilla. Podría hablar del derecho internacional, de la descolonización pendiente o de las resoluciones de Naciones Unidas. Todo eso es cierto. Pero la respuesta completa está también en estas imágenes. En las sonrisas compartidas, en los reencuentros de cada viaje y en la certeza de que algunas personas acaban formando parte de tu vida sin que importe la distancia que separa nuestros hogares.

Hace años titulé este álbum «El Sáhara es mi causa: a la causa también se llega por las personas». Hoy volvería a escribir exactamente las mismas palabras. Porque después de tantos viajes, tantos artículos y tantas fotografías, sigo creyendo que esa es la mejor explicación de por qué continúo aquí.

Quizá el derecho internacional explique por qué el pueblo saharaui tiene razón. Pero son las personas quienes explican por qué merece la pena seguir contándolo.