
Rabat ha ganado influencia, aliados poderosos y capacidad de presión. Eso es evidente. Pero una potencia también se mide por sus dependencias, por el coste de sostener su estrategia y por aquello que necesita de los demás para mantenerla.
Por Carlos Cristóbal
EL PAÍS dedica hoy su editorial a La fuerza de Marruecos y dibuja la imagen de un país capaz de jugar por encima de su peso gracias a su alianza con Estados Unidos e Israel, su posición geográfica y sus avances diplomáticos sobre el Sáhara Occidental. Hay bastante de cierto en esa descripción. Marruecos ha sabido aprovechar el momento internacional. Pero quizá precisamente por eso convendría mirar también lo que el editorial apenas contempla: las debilidades que acompañan a esa supuesta fuerza.
Empecemos por Ceuta. Más de 70.000 personas atravesaron desde Marruecos la frontera española en apenas unos días a finales de julio. La responsabilidad política de Rabat sigue siendo discutida y Marruecos niega haber organizado aquella entrada. Pero la pregunta permanece: si semejante movimiento fue permitido o utilizado como instrumento de presión, estamos ante algo muy grave; y si simplemente no pudo controlarse, tampoco parece la mejor demostración de fortaleza de un Estado.
Tampoco puede hablarse del poder marroquí olvidando hasta qué punto está ligado a Europa y, particularmente, a España. España es su primer socio comercial; cientos de empresas españolas trabajan en Marruecos y ambos países mantienen incluso una interconexión eléctrica permanente. La Unión Europea, además, continúa aportando importantes fondos para desarrollo, inversión y gestión migratoria. Todo ello proporciona a Rabat capacidad de negociación, pero demuestra también que la relación está lejos de ser unilateral: Marruecos necesita a Europa tanto como Europa necesita estabilidad al otro lado del Estrecho.
Algo parecido ocurre con el rearme. Marruecos es hoy el mayor importador de grandes armas de África. Eso aumenta su capacidad militar, pero comprar armas a Estados Unidos e Israel no es exactamente lo mismo que disponer de autonomía estratégica. Tampoco suele contabilizarse el coste de sostener durante décadas una ocupación militarizada. El muro que divide el Sáhara Occidental se extiende a lo largo de unos 2.700 kilómetros y exige vigilancia, tropas, logística, mantenimiento y una capacidad militar permanente. A eso se suma una guerra reanudada desde 2020 que puede mantenerse lejos de los grandes titulares, pero no por ello deja de consumir recursos. Una potencia fuerte no solo debería medirse por las armas que compra, sino también por cuánto necesita gastar para sostener un conflicto que medio siglo después sigue sin resolver.
También merece una reflexión la economía que se presenta al mundo como plataforma de inversión. Marruecos tiene ventajas propias indiscutibles, pero una parte de su proyección económica incorpora recursos y proyectos vinculados al Sáhara Occidental. Y ahí permanece una debilidad jurídica que ninguna campaña diplomática ha conseguido borrar: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sigue considerando al Sáhara Occidental un territorio separado y distinto de Marruecos, mientras Naciones Unidas lo mantiene en la lista de Territorios No Autónomos.
Hay, además, una debilidad menos visible cuando se observa Marruecos únicamente desde fuera: la distancia entre algunas decisiones estratégicas de la monarquía y una parte considerable de la sociedad marroquí. Mientras Rabat profundiza su alianza con Israel hasta elevar las relaciones al nivel de embajadas, la normalización continúa encontrando una fuerte resistencia social, especialmente desde la guerra de Gaza. Las protestas contra esos acuerdos no han desaparecido y los estudios disponibles muestran un apoyo ciudadano muy minoritario a la normalización. Una política exterior puede proporcionar ventajas diplomáticas y militares, pero también tiene un coste interno cuando una parte importante de la población no comparte el camino elegido.
Rabat ha decidido apoyarse cada vez más en Washington y Tel Aviv y esa apuesta le está dando resultados inmediatos, especialmente en su ofensiva diplomática sobre el Sáhara Occidental. Pero también significa vincular parte de su estrategia a una determinada correlación internacional y asumir contradicciones dentro de su propia sociedad. Las alianzas cambian, los gobiernos cambian y también cambia la opinión pública. Confundir una coyuntura internacional excepcionalmente favorable con una fortaleza irreversible quizá sea precisamente uno de los riesgos de ese modelo.
Punto de partida: EL PAÍS, La fuerza de Marruecos, 19 de septiembre de 2026.
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