
La investigación publicada por Associated Press y difundida por El País confirma que Estados Unidos e Israel han explorado contactos con Sudán, Somalia y Somalilandia para trasladar fuera de Gaza a parte de la población palestina en un escenario de posguerra. Tras el rechazo de Egipto y Jordania a acoger a palestinos expulsados de la Franja, la atención se ha desplazado hacia África, en una maniobra que busca externalizar las consecuencias de la guerra y eludir las responsabilidades derivadas de la ocupación.
El plan se apoya en el argumento, promovido por Donald Trump y asumido por el Gobierno israelí, de que Gaza ha dejado de ser un lugar habitable tras más de un año de bombardeos. Bajo el eufemismo de una “emigración voluntaria”, se plantea en realidad el traslado forzoso de población civil desde un territorio ocupado, una práctica prohibida por el derecho internacional humanitario y considerada crimen de guerra, con independencia de la forma en que se intente presentar.
La ausencia de garantías jurídicas, de mecanismos claros y de consentimiento real refuerza las denuncias de que se trata de una operación de ingeniería demográfica. La destrucción de Gaza no puede utilizarse como justificación para expulsar a su población, especialmente cuando esa destrucción es consecuencia directa de una ofensiva militar sostenida por una potencia ocupante.
En este contexto adquiere especial relevancia el reciente reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel, un gesto que rompe el consenso internacional sobre la integridad territorial de Somalia y que ha sido recibido con preocupación por la Unión Africana. Somalilandia, un territorio sin reconocimiento internacional, aparece simultáneamente como posible destino para palestinos expulsados de Gaza y como actor susceptible de intercambiar acogida por legitimación diplomática, lo que revela una lógica de mercadeo político con poblaciones desplazadas.
Los otros países mencionados tampoco ofrecen un encaje creíble. Sudán atraviesa una guerra civil devastadora y Somalia ha sido históricamente un aliado firme de la causa palestina. En todos los casos, la constante es la instrumentalización de contextos de fragilidad africanos para gestionar por la vía del desplazamiento un conflicto político no resuelto.
La conexión con el Sáhara Occidental resulta inevitable. Como en Palestina, se trata de un territorio pendiente de descolonización donde la potencia ocupante ha tratado de alterar la composición demográfica para consolidar una ocupación ilegal. La normalización de expulsiones, reconocimientos selectivos y soluciones impuestas desde fuera no solo amenaza a Gaza: debilita el principio de autodeterminación y sienta precedentes peligrosos para todos los pueblos colonizados, entre ellos el pueblo saharaui.
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