La huelga de hambre de Aminetu Haidar abrió una profunda fractura política y moral. El asalto marroquí contra Gdeim Izik, el 8 de noviembre de 2010, terminó de hacerla irreversible. Una pregunta de Naannaa, mi ahijada saharaui, convirtió aquella contradicción en una decisión definitiva.
CARLOS CRISTÓBAL – FOTOGRAFÍAS PARA ENTENDER EL SÁHARA OCCIDENTAL
Estas fotografías pertenecen a los años en los que todavía trataba de defender desde dentro del Partido Socialista una posición coherente con el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación.

Muestran reuniones institucionales, delegaciones parlamentarias, viajes a los campamentos de población refugiada y un intento frustrado de acceder a El Aaiún ocupado. Pero también documentan algo menos visible: el momento en que la relación política con el Sáhara Occidental fue convirtiéndose en amistad, afecto y compromiso personal.
Durante casi veinticinco años de militancia en el PSN-PSOE participé en distintas iniciativas de apoyo al Sáhara Occidental y en delegaciones del Parlamento de Navarra a los campamentos. Desde las instituciones intentábamos mantener el compromiso con la descolonización, el referéndum y los derechos humanos.
También comprobábamos las dificultades para conocer directamente lo que ocurría en los territorios ocupados.
Con el paso del tiempo, la distancia entre las declaraciones políticas y la actuación de los gobiernos españoles se hizo cada vez más difícil de aceptar.

La expulsión de Aminetu Haidar desde El Aaiún ocupado y su huelga de hambre en Lanzarote, en 2009, abrieron una primera fractura. Mientras Aminetu ponía en peligro su vida para regresar a su casa, el Gobierno español evitaba responsabilizar claramente a Marruecos.
Un año después llegó Gdeim Izik.
El violento desmantelamiento del campamento, la represión posterior en El Aaiún y la falta de una condena firme del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hicieron imposible considerar aquella actitud como un error ocasional. España volvía a anteponer su relación con Marruecos a la defensa de los derechos del pueblo saharaui.
Aquellos viajes ya no eran solamente actividad política. Significaban compartir tiempo con familias refugiadas, conocer a niñas y niños que crecían en el exilio y comprender que detrás de cada resolución internacional había personas concretas.
Entre ellas estaba Naannaa. La conocí cuando tenía nueve años y desde entonces comenzó a decir que era mi hija. Nuestra relación fue creciendo hasta convertirse en un vínculo familiar. Fue ella quien me adoptó a mí.

Después del asalto contra Gdeim Izik, Naannaa me contó que unos españoles le habían dicho que yo era «socialista de los de Zapatero». Ella les había respondido que no, que siempre había ayudado mucho al pueblo saharaui.
Después añadió:
«Siempre estarás con nosotros. ¿Sí, no?»
Naannaa no me pidió que abandonara el PSOE. Pero su pregunta hizo imposible seguir separando las palabras de los hechos.
¿Cómo podía asegurarle que siempre estaría junto al pueblo saharaui mientras continuaba militando en el partido cuyo Gobierno callaba ante la represión de Gdeim Izik?

No fue una renuncia a los valores que me habían llevado a afiliarme. Fue, precisamente, una manera de intentar permanecer fiel a la igualdad, la solidaridad internacional, la justicia y el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro. Lo que ya no podía aceptar era que esos principios se defendieran en los discursos y desaparecieran cuando chocaban con los intereses de Marruecos.
La decisión puso fin a una etapa política, pero no al compromiso con el Sáhara Occidental. Continuaron los viajes, las campañas, los encuentros, las fotografías y la denuncia de una descolonización que España sigue sin asumir. Fuera del partido ya no era necesario justificar silencios ajenos ni conciliar cada palabra con una posición oficial cada vez más alejada del pueblo saharaui.
Estas imágenes no cuentan una hazaña personal. Documentan una contradicción, una decepción y el momento en que hubo que elegir. También recuerdan que las decisiones políticas adquieren otro significado cuando dejan de referirse a conceptos abstractos y afectan a personas concretas, con nombres, rostros y vínculos que ya forman parte de la propia vida.
La pregunta de Naannaa no contenía una exigencia política. Era una pregunta de confianza. Y precisamente por eso resultaba imposible responderla con palabras mientras los hechos decían otra cosa.
Dejé el PSOE para poder contestarle con honestidad. Para permanecer donde ya había elegido estar mucho antes y donde sigo estando hoy: junto al pueblo saharaui.
Dejé el PSOE para permanecer donde ya había elegido estar mucho antes: junto al pueblo saharaui.
