La guerra contra Irán y el nuevo tablero energético mundial: implicaciones para el Magreb y el Sáhara Occidental

La guerra contra Irán y el nuevo tablero energético mundial: implicaciones para el Magreb y el Sáhara Occidental

TEMA DEL DÍA – 15 de marzo de 2026

Por Victoria G. Corera – Plataforma “NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL”

La guerra abierta en torno a Irán está alterando profundamente el equilibrio estratégico de Oriente Próximo, pero sus efectos van mucho más allá de la región. Como ocurre en muchos conflictos contemporáneos, lo que está en juego no es únicamente una confrontación militar directa entre Estados, sino el control de rutas energéticas, la estabilidad de los mercados internacionales y el posicionamiento de las potencias en un sistema global cada vez más incierto. La crisis actual confirma una tendencia que se viene consolidando desde hace años: el regreso de la energía como uno de los ejes centrales de la geopolítica mundial.

Uno de los puntos más sensibles de esta nueva crisis es el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más importantes del planeta. Por esa franja marítima transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo. Cualquier amenaza, bloqueo parcial o simple incertidumbre sobre la seguridad de esa ruta tiene consecuencias inmediatas en los mercados internacionales. La subida de los precios del petróleo y del gas no es únicamente un fenómeno económico: influye en las decisiones diplomáticas, reconfigura alianzas y obliga a los grandes consumidores de energía a replantear sus estrategias de seguridad.

Europa ya ha experimentado un proceso similar tras la guerra de Ucrania, cuando la ruptura de la relación energética con Rusia obligó a buscar proveedores alternativos con urgencia. En ese contexto, el norte de África —y particularmente Argelia— adquirió una relevancia creciente como socio energético para el continente europeo. Si la crisis en Oriente Próximo se prolonga o se intensifica, esa tendencia podría reforzarse aún más. Argelia, uno de los principales exportadores de gas del Mediterráneo, aparece así como un actor cada vez más relevante en el nuevo equilibrio energético que se está configurando.

Este desplazamiento del centro de gravedad energético hacia el Magreb tiene también implicaciones regionales. Mientras Argelia consolida su papel como proveedor estratégico para Europa, otros países del norte de África afrontan una situación mucho más vulnerable. Marruecos, altamente dependiente de las importaciones energéticas, es especialmente sensible a las fluctuaciones del precio del petróleo y del gas. En un escenario de inestabilidad prolongada, esta dependencia puede traducirse en presiones económicas adicionales y en una mayor exposición a los vaivenes del mercado internacional.

En este contexto más amplio, el Sáhara Occidental aparece cada vez más claramente como una pieza dentro del nuevo tablero geopolítico. El territorio reúne varios elementos que explican el creciente interés estratégico que despierta: importantes reservas de fosfatos, un enorme potencial para el desarrollo de energías renovables y una posición geográfica clave en la fachada atlántica africana. No es casualidad que en los últimos años hayan surgido proyectos vinculados tanto a la explotación de recursos naturales como al desarrollo de grandes infraestructuras energéticas en el territorio.

Sin embargo, todos esos proyectos se enfrentan a una cuestión fundamental que sigue sin resolverse: el estatuto jurídico y político del Sáhara Occidental. El territorio continúa siendo considerado por Naciones Unidas como un territorio pendiente de descolonización, y diversas sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea han reiterado que sus recursos naturales no pueden ser explotados sin el consentimiento del pueblo saharaui. En otras palabras, cualquier intento de integrar el territorio en estrategias energéticas regionales o internacionales choca inevitablemente con la cuestión central de su autodeterminación.

La crisis abierta en torno a Irán demuestra que el mundo se adentra en una etapa marcada por la competencia geopolítica por recursos, rutas estratégicas y esferas de influencia. En ese escenario, regiones que durante décadas parecían periféricas recuperan una importancia decisiva. El Magreb se encuentra entre ellas, no solo por su proximidad a Europa, sino también por su papel creciente en la seguridad energética del continente.

En ese nuevo contexto internacional, el conflicto del Sáhara Occidental ya no puede interpretarse únicamente como un problema regional heredado de la descolonización. Forma parte de una dinámica geopolítica mucho más amplia en la que la energía, la estabilidad regional y el control de recursos estratégicos vuelven a situarse en el centro de las tensiones internacionales. Ignorar esa dimensión sería ignorar una parte esencial del mundo que está emergiendo.


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