Mientras Mohamed VI celebra 27 años de estabilidad y desarrollo, Ceuta soporta una llegada excepcional desde las costas marroquíes. El precedente de 2021 obliga a preguntarse cuánto hay de crisis social y cuánto de presión política sobre España.
Por Carlos C. García

Cientos de personas se han lanzado al mar desde Marruecos para alcanzar Ceuta. En poco más de una semana, alrededor de 1.500 han conseguido entrar a nado, desbordando a la Guardia Civil y los centros de acogida. La mayoría son jóvenes marroquíes; detrás vienen los argelinos y apenas hay subsaharianos. No estamos, por tanto, ante una oleada llegada desde el África profunda, sino ante personas que abandonan el mismo país que las presenta como amenaza para Europa.
Las imágenes coinciden con el discurso pronunciado por Mohamed VI con motivo de sus 27 años en el trono. El rey volvió a exhibir la estabilidad como una «fuerza estratégica» de Marruecos y repasó los avances económicos alcanzados durante su reinado. Reconoció, eso sí, la existencia de un «Marruecos de dos velocidades». Mientras hablaba, cientos de sus súbditos se echaban al agua con flotadores para escapar de ese supuesto modelo de éxito.
Las imágenes plantean también una pregunta incómoda sobre el plan de autonomía que Marruecos ofrece al pueblo saharaui. ¿Qué atractivo puede tener integrarse definitivamente en un Estado del que cientos de sus propios jóvenes intentan escapar a nado? Para los saharauis, además, no se trata únicamente de desempleo, desigualdad o falta de expectativas. En los territorios ocupados padecen represión política, restricciones a la libertad de expresión y persecución por defender la autodeterminación. La autonomía marroquí no promete superar esas condiciones: exige aceptar como solución definitiva el poder que las impone.
Conviene no reducir a esos jóvenes a simples instrumentos de una disputa diplomática. Arriesgan su vida porque carecen de trabajo, expectativas y libertad para construir un futuro. Tampoco existen por ahora pruebas públicas de que Rabat haya ordenado relajar la vigilancia para castigar a España. Las patrulleras marroquíes han participado en algunos rescates y el Gobierno español mantiene que existe cooperación. Pero la dimensión excepcional de las llegadas obliga a preguntar por qué los controles han resultado insuficientes precisamente ahora.
La pregunta no nace de una obsesión contra Marruecos, sino de la experiencia. En mayo de 2021, Rabat relajó sus controles y permitió que miles de personas cruzaran hacia Ceuta después de que España acogiera por razones médicas a Brahim Ghali. El Gobierno español denunció entonces un «chantaje» y el propio Marruecos acabó vinculando aquella crisis con la posición española sobre el Sáhara Occidental. La migración quedó expuesta como una herramienta de presión política.
Que estas llegadas puedan servir a Rabat como instrumento de presión no contradice ese fracaso. Una operación puede resultar eficaz para los intereses inmediatos del régimen y, al mismo tiempo, mostrar la falta de futuro que empuja a sus propios jóvenes a huir. El éxito táctico de Mohamed VI frente a España no convierte en éxito el modelo social que presenta a los marroquíes —y pretende imponer a los saharauis— como única alternativa.
El momento actual contiene varios asuntos incómodos para Rabat. Pedro Sánchez acaba de viajar a Argelia para escenificar la recuperación de una relación estratégica rota tras su giro de 2022 sobre el Sáhara Occidental. Al mismo tiempo, el Congreso tramita una ley de nacionalidad para los saharauis que reconoce su vínculo histórico con España y abre vías para acreditar su origen. Ninguno de estos hechos demuestra que Marruecos haya provocado las llegadas, pero ambos forman parte de un contexto que no puede ignorarse.
España quiso creer que apoyar el plan marroquí de autonomía garantizaría una relación estable con Rabat. Sin embargo, la dependencia permanece intacta. Cuando la seguridad de Ceuta, la llegada de migrantes o la cooperación policial dependen de decisiones adoptadas al otro lado de la frontera, Marruecos conserva una capacidad permanente para recordar a Madrid el precio de cualquier discrepancia.
Las escenas de estos días contienen, por tanto, dos mensajes. El primero va dirigido al palacio: un país del que huyen a nado sus propios jóvenes no puede esconder sus desigualdades bajo discursos de prosperidad. El segundo corresponde a España: delegar en Marruecos el control de la frontera convierte la cooperación migratoria en poder político. Y cada vez que Rabat desea ejercerlo, son los más vulnerables quienes terminan pagando el precio en el mar.
Cientos de jóvenes marroquíes cruzaron la frontera de Ceuta en las últimas 24h.
No son ni exiliados de guerra ni refugiados políticos, ni mucho menos mujeres y niños.
Todos hombres jóvenes en buen estado.Cuando esto pasa, quiere decir que el régimen marroquí quiere algo. pic.twitter.com/RhsKQKQ3Ri
— Taleb Alisalem (@TalebSahara) July 29, 2026