La amenaza de quedarse sin agua en el Sahara – Noticias de Navarra

La amenaza de quedarse sin agua en el Sahara – Noticias de Navarra

La falta de financiación de ACNUR, golpeada por Trump, amenaza con dejar sin agua desde mayo a los campamentos saharauis, que dependen de la ayuda que les brinda la Asociación de Técnicos y Trabajadores Sin Fronteras (ATTsF)

Isabel Eguiguren

La mano de Trump también llega hasta este punto olvidado del desierto argelino. Estados Unidos era el mayor donante de ACNUR, con inversiones de hasta un 43% pero este pasado año decidió recortar sus programas de cooperación internacional un 92% como parte de la agenda America First y el pasado 7 de enero firmó un decreto para retirar a EE.UU de 66 organizaciones internacionales —algunas de Naciones Unidas— que, según su administración, “ya no sirven a los intereses nacionales”.

El 1 de enero, la ONG navarra dejó de recibir la financiación destinada al reparto de agua en los campamentos saharauis. Desde entonces, ATTsF, que suministra el 40% del agua en los campamentos, ha tenido que rescindir el contrato de tres trabajadores saharauis y uno de sus responsables, Juanjo Fernández, alerta de que “el personal restante lleva sin cobrar desde enero”. La gravedad de la situación también es palpable en los recursos con los que operan. “De 36 camiones cisterna con los que contábamos en 2020, ahora mismo solo tenemos 10. Las necesidades de la población siguen siendo exactamente las mismas con lo que así es imposible cubrir el servicio”.

Fernández ha querido resaltar el apoyo que están recibiendo del Ayuntamiento de Pamplona, el de Tudela y la Federación de Municipios y Concejos de Navarra. “Ahora mismo estamos sosteniendo este proyecto desde la Comunidad Foral”.

La Delegación Saharaui para Navarra también ha alertado de la “entrada en una fase crítica que pone de manifiesto el abandono estructural al que está sometida esta población desde hace décadas” y ha advertido que “más allá del 30 de abril no existe ninguna garantía de financiación para asegurar un derecho humano básico como es el acceso al agua potable, precisamente cuando se aproxima el periodo de temperaturas extremas”. En este sentido denuncia que “esta falta de financiación no es un problema técnico ni coyuntural, sino una decisión política que pone en riesgo la vida de miles de personas refugiadas” y exige “a las instituciones públicas, a los gobiernos y a los organismos internacionales que asuman su responsabilidad y actúen de manera inmediata para garantizar el acceso continuado al agua potable en los campamentos”.

El viaje del agua

Son las 9 de la mañana y un camión cisterna sale del Centro logístico del Miama (CLM), dependiente del Ministerio de Agua y Medio Ambiente, rumbo a la wilaya de Auserd, uno de los 5 campamentos saharauis. Luce el sol, pero la temperatura no supera los 3 grados. Una pequeña carretera de doble sentido con el desierto infinito a ambos lados marca el rumbo. “Aquí el problema no es el agua, ya que se extrae de acuíferos profundos de esta zona, la complicación es el transporte”, relata Fernández. El camión llega hasta el punto de carga en Auserd donde, a través de una tubería alta conocida como “jirafa”, llena su depósito. Frente a ella, apoyado en un ajado Land Rover que en su día parece que fue de color azul, Bilal se queja de la situación. “No puedo esperar al reparto de agua a casa. Ya no nos llega ni para limpiar la ropa. Sé que no debo venir aquí pero no tengo otra opción”, comenta mientras su hijo de 6 años, observa con atención a través de la ventanilla de los asientos traseros.

Desde este lugar también parten los tubos que llevan agua hasta los grifos comunales de las dairas (municipios). Son las dos formas en las que llega el agua a los campamentos, por una red de tuberías de la que también se encarga esta ONG y lo que no llega a cubrir, se realiza mediante vehículos. La asociación navarra no solo realiza este trabajo en la wilaya de Auserd sino también en la lejana Djala.

El camión para frente a una de las decenas de construcciones de una planta que emergen en la hamada argelina, con su clásica jaima a un lado y con una especie de saco gigante, totalmente desinflado y que hace las veces de depósito. La matriarca de la casa espera impaciente, ataviada con la vestimenta tradicional de las mujeres saharauis, una melfa de tonos claros que envuelve su cuerpo y cubre su cabeza. Se muestra nerviosa y se apresura a meter el tubo del camión en ese saco gigante y deslucido. En pocos minutos, el depósito comienza a ensancharse, sus costuras se van tensando y pronto dibuja un volumen casi perfecto.

En mayo, cuando las temperaturas rocen los 40 grados anunciando otro verano que superará los 50, nadie garantiza a esta familia un bien tan imprescindible para la propia supervivencia del ser humano.

Las cosas no están mejor en lo que se refiere a alimentación. El pasado mes de noviembre, el Consorcio de ONGs que trabaja en los campamentos saharauis alertó de una caída del 40 % en la ayuda humanitaria respecto a 2024 y anticipó un escenario extremo que parece cumplirse.

Los almacenes de la Media Luna Roja Saharaui, un extenso lugar de arena en la unidad administrativa de Rabuni, construido con decenas de contenedores viejos apilados en filas de a dos y descoloridos por el sol recuerdan a la distópica película de Mad Max. Desde allí, Fernández advierte que “nunca los he visto tan vacíos en los últimos 20 años”. ATTsF también trabaja en el mantenimiento y arreglo de los camiones que distribuyen ayuda alimentaria y en la digitalización de los almacenes, un trabajo que se realiza de forma absolutamente artesanal en todos los sentidos.

Varios camiones se acercan hasta una de las naves para cargar alimentos. Cada caja de aceite, y los sacos de 50 kilos de harina, azúcar y cuscús son subidos a los camiones por jóvenes subsaharianos migrantes que ganan algo de dinero para seguir su larga travesía hacia Europa.

“La canasta básica que reciben las familias saharauis es la misma que se diseñó hace 50 años”, cuenta Dahi AbdelazizDirector de Planificación de la Media Luna Roja Saharaui. “Esta canasta es la que ACNUR diseña cuando hay un desplazamiento masivo, bien sea por una guerra, por una catástrofe natural…un producto de urgencia para que la población no muera de inanición. Desde hace unos 3 años la población no llega a las 2.100 kilocalorías recomendadas por la Organización Mundial de la Salud en situaciones de dependencia de ayuda humanitaria y con la reducción de raciones en los últimos años por parte del Programa Mundial de Alimentos, hay personas saltándose comidas, compartiéndola con el vecindario o reduciendo raciones”.

Fernández añade la “alta inflación y la mirada del Programa Mundial a otros desastres humanitarios que generan más atención como el de Ucrania o Gaza” como elementos a tener en cuenta. “Hace 10 o 15 años la canasta básica era mucho mejor que ahora. Y las consecuencias son evidentes: se ha disparado la anemia entre menores de 5 años y mujeres embarazadas y lactantes y la malnutrición aguda entre menores también según la última encuesta nutricional hecha en 2025, Es desolador y alarmante”, sentencia.

De momento, la Asociación de Técnicos y Trabajadores Sin Fronteras arranca la campaña “Que ruede el agua en el desierto” para la recogida de ruedas de camión usadas y recaudación de fondos que enviarán en la caravana que saldrá de Navarra en los próximos meses. Se puede donar material o apoyar económicamente en la cuenta de la organización o por Bizum en el 07956.

El derecho al agua no admite aplazamientos.

Trabajo con profesionales saharauis

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