La nueva Estrategia de Seguridad Nacional presentada por la Administración Trump ha sido leída en el Norte de África como un giro profundo que reordena las prioridades globales y deja a la región a merced de sus tensiones internas. Washington anuncia que ya no pretende reconstruir Oriente Medio ni sostener militarmente a África; concentra su energía en la rivalidad con China y Rusia, y exige a Europa que sea quien se ocupe de su propia vecindad. Este repliegue no es un ajuste técnico: es un cambio de era con consecuencias directas en el Magreb, el Sahel y, de forma especialmente sensible, en el Sáhara Occidental.
La región sahariana, que vive desde 2020 una guerra silenciada entre el Frente Polisario y Marruecos, aparece como uno de los espacios más vulnerables a este nuevo vacío estratégico. Con Estados Unidos cada vez más ausente, Marruecos tendrá más margen para reforzar su política de hechos consumados en los territorios ocupados, acelerar la colonización económica y apoyarse en socios externos como Emiratos Árabes o Israel. Para Europa, la nueva estrategia estadounidense funciona como una advertencia: ya no puede delegar en Washington la gestión de un espacio que conecta el Mediterráneo occidental con el Sahel. Sin una política común hacia el Magreb, la UE corre el riesgo de ceder a la presión marroquí y sacrificar el derecho internacional en nombre de una estabilidad precaria.
En Argelia, el documento estadounidense se ha interpretado como una confirmación de una tendencia inquietante. La prensa argelina que ya ha reaccionado —y especialmente L’Algérie Aujourd’hui— considera que el abandono del Sur global deja el terreno abierto a las ambiciones de Rabat. No se trata solo de la continuidad del reconocimiento estadounidense de 2020, sino de algo más estructural: Estados Unidos renuncia a equilibrar la región, y ese vacío solo puede favorecer a quien lleva años imponiendo su presencia sobre el terreno. Para Argelia, defensora del principio de autodeterminación saharaui, este giro implica reforzar alianzas con actores como Rusia y China y aumentar su presión diplomática en la Unión Africana y Naciones Unidas. En un Magreb cada vez más polarizado, Argelia ve cómo sus advertencias sobre el deterioro regional encuentran nuevo eco, pero sin un socio occidental dispuesto a escuchar de verdad.
Túnez y Mauritania observan la situación con una mezcla de preocupación y discreción. La prensa tunecina alerta de que un Estados Unidos replegado significa un Mediterráneo central más expuesto, con menos mecanismos de apoyo y más dependencia de los vaivenes europeos. En Mauritania, el temor es claro: el repliegue estadounidense en el Sahel agrava la inseguridad en una región donde la expansión de grupos armados y la influencia rusa avanzan sin contrapeso. En ambos casos, la estabilidad del Sáhara Occidental no es una cuestión distante: es un parámetro directo de su propia seguridad.
En Marruecos, el silencio de la prensa oficialista es revelador. Cuando Rabat calla, es porque el tablero le favorece. Con el reconocimiento estadounidense aún intacto y una estrategia Trump que prioriza otras regiones, Marruecos se encuentra en una posición ideal para consolidar su ocupación sin presión estadounidense y con una Europa sometida a chantajes migratorios, comerciales y energéticos. La retirada de Washington no obliga a Rabat a ajustar nada: le anima a avanzar.
La ONU, atrapada en un escenario donde las grandes potencias miran hacia otra parte, conserva la legalidad pero pierde capacidad para defenderla. El Sáhara Occidental sigue siendo un territorio pendiente de descolonización, y la autodeterminación continúa siendo el criterio jurídico central. Sin embargo, la ausencia de presión de Estados Unidos debilita aún más un proceso ya paralizado, con una MINURSO sin mandato político y un conflicto que desde 2020 ha vuelto al terreno militar sin que el Consejo de Seguridad haya reaccionado con la seriedad que exige la situación.
La nueva estrategia de Washington acelera así una deriva peligrosa: un mundo sin árbitros donde la fuerza pesa más que el derecho y donde los vacíos son ocupados por quienes están dispuestos a imponer su voluntad. Para el Sáhara Occidental, esto significa un horizonte más incierto, donde la defensa de la legalidad internacional dependerá cada vez más de actores que no forman parte del eje occidental. Para el Magreb y el Sahel, supone convivir con una inestabilidad creciente en un espacio geopolítico que Estados Unidos ya no pretende gestionar.
Si algo deja claro este giro es que el conflicto del Sáhara Occidental volverá a medir la coherencia del sistema internacional. Entre la ocupación marroquí, la resistencia saharaui y la retirada de los mediadores tradicionales, lo que está en juego ya no es solo la descolonización pendiente de un territorio, sino el lugar que ocupará el derecho internacional en un orden mundial que se descompone a la vista de todos.
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