La investigadora Sarah Yerkes advierte en un análisis publicado por Carnegie que la superproducción de Hollywood rodó en Dajla, dentro del Sáhara Occidental ocupado, sin el consentimiento del pueblo saharaui y beneficiándose de la estrategia de poder blando impulsada por Marruecos.
La nueva adaptación cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, llegará a las pantallas rodeada de grandes expectativas. Un reparto de estrellas, un presupuesto extraordinario y una campaña mundial han convertido la película en uno de los acontecimientos cinematográficos del año. Sin embargo, detrás de ese despliegue existe una cuestión política y ética que buena parte de la promoción parece decidida a ignorar: algunas de sus escenas fueron rodadas en Dajla, ciudad del Sáhara Occidental ocupada por Marruecos.
La investigadora Sarah Yerkes, del Programa de Oriente Medio de Carnegie, ha situado esta contradicción en el centro de un análisis publicado en el blog Emissary. Su título no deja demasiado espacio para la ambigüedad: “La Odisea de Nolan tiene un problema de colonialismo”.
El problema no es que una película internacional haya elegido un paisaje del norte de África. El problema es que la producción decidió trabajar en un territorio no autónomo pendiente de descolonización, bajo control de una potencia ocupante, sin reconocer su situación jurídica y sin contar con el consentimiento del pueblo saharaui.
Una contradicción difícil de esconder
Yerkes recuerda que Nolan ha reconocido como una de sus fuentes de inspiración la traducción de La Odisea realizada por Emily Wilson en 2017. Esa versión de la obra de Homero fue celebrada, entre otras razones, por prestar mayor atención al colonialismo, el despojo y la explotación, y por devolver humanidad a los personajes esclavizados y sometidos que las traducciones tradicionales habían relegado.
El director también ha defendido públicamente la diversidad de su reparto frente a las críticas de sectores conservadores. Sin embargo, ni Nolan ni Universal Pictures han explicado por qué decidieron rodar en Dajla ni cómo valoraron las implicaciones de hacerlo dentro del Sáhara Occidental ocupado.
La contradicción es evidente: una producción que pretende revisar críticamente los relatos de dominación acaba utilizando como escenario un territorio colonizado, bajo las condiciones económicas y administrativas impuestas por la potencia ocupante.
No se trata únicamente de una cuestión simbólica. Toda gran producción genera inversiones, contratos, promoción turística y legitimidad internacional. Cuando esa actividad se desarrolla en Dajla bajo autorización marroquí, contribuye a presentar la ciudad como una localización normal dentro de Marruecos y borra la realidad política del territorio.
Dajla no es Marruecos
Marruecos denomina al Sáhara Occidental ocupado sus “provincias del sur” y trabaja desde hace décadas para imponer internacionalmente esa terminología. Pero la repetición de una fórmula no modifica el Derecho Internacional.
El Sáhara Occidental continúa incluido por Naciones Unidas en la lista de territorios no autónomos. Su proceso de descolonización sigue pendiente y el pueblo saharaui conserva un derecho reconocido a la autodeterminación.
La Corte Internacional de Justicia no reconoció soberanía territorial marroquí sobre el Sáhara Occidental. Las resoluciones de Naciones Unidas siguen contemplando una solución que permita al pueblo saharaui decidir libremente su futuro. Y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha reiterado que el territorio es distinto y separado de Marruecos y que no puede ser incluido en acuerdos internacionales sin el consentimiento del pueblo saharaui.
Rodar en Dajla como si se tratase de una ciudad marroquí más no es, por tanto, una decisión neutral. Es aceptar la representación política que Marruecos intenta imponer sobre el territorio.
Hollywood como herramienta de normalización
El análisis de Sarah Yerkes explica también el interés estratégico de Marruecos por atraer grandes producciones internacionales. Rabat lleva años ofreciendo incentivos económicos, ventajas fiscales, facilidades aduaneras, descuentos en transportes y apoyo institucional para convertir el país en un destino habitual de Hollywood y de la industria audiovisual europea.
La apuesta cuenta con el respaldo directo de Mohamed VI. La industria cinematográfica no se concibe únicamente como una actividad económica, sino como una herramienta de influencia cultural y política.
La inversión generada por producciones extranjeras ha crecido de forma considerable. Marruecos dispone de localizaciones, estudios, personal formado y una administración dispuesta a facilitar los rodajes. Hasta aquí, podría hablarse de una estrategia legítima para desarrollar un sector económico.
El problema aparece cuando esa estrategia se extiende al Sáhara Occidental ocupado.
Las autoridades marroquíes no han ocultado que pretenden utilizar el rodaje de La Odisea para abrir Dajla a nuevas producciones internacionales. La presencia de Christopher Nolan y Universal Pictures puede convertirse así en una carta de presentación para otros estudios: si una de las mayores superproducciones del mundo ha rodado allí sin consecuencias aparentes, otras pueden seguir el mismo camino.
De este modo, el cine se incorpora a la política de hechos consumados. Primero se presentan Dajla y El Aaiún como ciudades marroquíes; después se organizan inversiones, congresos, acontecimientos deportivos, proyectos universitarios y producciones cinematográficas; finalmente, esa presencia se utiliza como prueba de una supuesta normalidad internacional.
El pueblo saharaui, fuera de su propia historia
FiSahara fue una de las primeras voces que denunció la decisión de Nolan. Durante el rodaje pidió que la producción abandonara Dajla y recordó que el territorio se encuentra sometido a ocupación militar y a una grave represión contra la población saharaui.
Ante el silencio posterior del director y de la productora, el festival ha llamado al boicot de la película.
La denuncia no cuestiona el cine ni la posibilidad de filmar en el Sáhara Occidental. Reclama algo mucho más elemental: que ninguna producción utilice el territorio saharaui ignorando a su pueblo, su derecho a decidir y las consecuencias políticas de colaborar con la potencia ocupante.
En el territorio existe además un bloqueo informativo que limita la entrada de observadores, periodistas y defensores internacionales de los derechos humanos. Mientras esas personas encuentran dificultades para acceder y documentar lo que ocurre, una gran producción de Hollywood obtiene permisos, facilidades y apoyo para rodar bajo control marroquí.
La imagen que llegará al mundo será la del paisaje. La ocupación quedará fuera de plano.
Una decisión que podía haberse evitado
Sarah Yerkes señala un elemento que hace aún más difícil justificar la elección: el rodaje en Dajla duró, aparentemente, solo cuatro días dentro de una producción de noventa y una jornadas desarrollada en varios países y en numerosas localizaciones marroquíes.
La historia de Homero no mantiene ninguna relación específica con el Sáhara Occidental y las escenas podían haberse filmado en otros lugares. Dajla habría sido elegida por su paisaje y por las ventajas económicas ofrecidas a la producción.
Nolan podía haber rodado íntegramente en Marruecos sin entrar en el territorio ocupado. No lo hizo.
Por eso no basta con presentar la decisión como un error geográfico o una cuestión secundaria dentro de una obra de enormes dimensiones. Elegir una localización significa aceptar unas autoridades, unos permisos, una narrativa territorial y unos beneficios económicos. En el Sáhara Occidental, todo ello tiene consecuencias políticas.
El poder de contar y el poder de borrar
El análisis de Carnegie termina planteando una paradoja fundamental. Marruecos defiende su derecho a contar sus propias historias y a combatir las representaciones orientalistas construidas desde Occidente. Esa aspiración es legítima.
Pero al mismo tiempo utiliza su creciente poder cinematográfico para apropiarse del territorio y del paisaje del pueblo saharaui, negándole la capacidad de explicar su propia realidad.
Marruecos reclama para sí el poder de la narración mientras impide que los saharauis participen en la historia que se está contando sobre su tierra.
Christopher Nolan y Universal Pictures todavía podrían reconocer públicamente la controversia, aclarar las condiciones del rodaje y admitir que Dajla no es una ciudad marroquí, sino parte de un territorio ocupado y pendiente de descolonización.
Su silencio, en cambio, contribuye a la normalización que Marruecos buscaba.
La Odisea puede ser una gran película. Puede convertirse en un éxito de público y crítica. Pero el tamaño de una producción no la sitúa por encima del Derecho Internacional ni de la responsabilidad ética.
En el Sáhara Occidental, incluso cuatro días de rodaje pueden servir para ocultar cincuenta años de ocupación.
Fuente de referencia: Sarah Yerkes, investigadora sénior del Programa de Oriente Medio de Carnegie, en el artículo “Nolan’s Odyssey Has a Colonialism Problem”, publicado en Emissary el 9 de julio de 2026.
La investigadora Sarah Yerkes advierte en un análisis publicado por Carnegie que la superproducción de Hollywood rodó en Dajla, dentro del Sáhara Occidental ocupado, sin el consentimiento del pueblo saharaui y beneficiándose de la estrategia de poder blando impulsada por Marruecos.