El escritor saharaui Ali Salem Iselmu Abderrahaman ha participado recientemente en un simposio internacional de escritores del norte de África celebrado en California, en un encuentro que pone de relieve una dimensión menos visible —pero fundamental— de la causa saharaui: su expresión cultural y literaria.

Desde Vitoria-Gasteiz hasta Claremont, en el sur de California, el viaje del autor no es solo geográfico. Es también un recorrido por lenguas, paisajes y memorias que definen una identidad construida entre el desierto y el exilio. En su relato, el hasanía, el castellano e incluso el euskera se entrelazan como parte de una misma experiencia.
El simposio, centrado en las lenguas y tradiciones literarias del norte de África en el siglo XXI, reunió a autores de distintos países y trayectorias. En ese espacio, la literatura saharaui se presenta no solo como expresión artística, sino como testimonio de una historia marcada por la desposesión, la diáspora y la persistencia.
Como describe el propio autor, el viaje hacia California se convierte en una experiencia casi literaria en sí misma. Desde el avión, sobrevolando Groenlandia o el Atlántico, los versos le acompañan: “Leía del hasanía al castellano, volvía a releer la ubicación de las dunas, de las montañas negras…”. El paisaje saharaui, incluso a miles de kilómetros de distancia, sigue siendo el centro de su escritura.
En el encuentro, la diversidad lingüística aparece como un elemento central. Árabe, tamazight, francés, inglés o hasanía conviven en un mismo espacio literario, reflejando la complejidad cultural del norte de África. En ese contexto, la literatura saharaui encuentra un lugar propio, articulada en torno a la memoria del territorio y la experiencia del exilio.
El propio autor lo expresa con claridad al evocar sus versos: la mezcla de lenguas no es una elección estética, sino una realidad vivida. Hasanía y castellano se combinan en su escritura, junto a palabras en euskera que remiten a su entorno más cercano. Una identidad múltiple, marcada por el desplazamiento, pero también por la continuidad.
El texto introduce además una dimensión colectiva. En los poemas de otros participantes aparecen referencias a Palestina, al exilio, a la memoria compartida de pueblos que han atravesado experiencias similares. La literatura, en este sentido, se convierte en un espacio de conexión más allá de las fronteras.
Uno de los momentos más significativos del relato es, quizás, el más sencillo: la constatación de que, en ese espacio universitario de California, algunos estudiantes escuchan por primera vez palabras como “Sáhara” o “hasanía”. En ese instante, la literatura cumple una función que va más allá de lo estético: hace visible una realidad que a menudo permanece ausente en los circuitos informativos.
El regreso del autor desde California se produce, como su llegada, atravesado por imágenes. El desierto de Mojave, las calles de la ciudad, los paisajes lejanos. Pero también por una certeza: la literatura saharaui sigue viajando, encontrando espacios y manteniendo viva una memoria que no ha desaparecido.
En un momento en el que el Sáhara Occidental continúa bloqueado en el plano político, esta dimensión cultural adquiere un significado especial. No resuelve el conflicto, pero lo mantiene presente. No sustituye a la política, pero la interpela.
La literatura, como el propio territorio, sigue existiendo.