El mayor éxito de Marruecos en el Sáhara Occidental no es que el mundo reconozca la ocupación, sino que se acostumbre a ella

Vuelos, turismo, puertos, inversiones, festivales y mapas van convirtiendo poco a poco una situación pendiente de descolonización en algo que se presenta como normal. El derecho internacional dice otra cosa.

Firma: Carlos C. García

Dajla turística, una carretera, un hotel, un cartel de aeropuerto, una playa llena de kitesurf, una promoción turística…

Hay una forma de ganar una ocupación que no necesita una resolución de Naciones Unidas, una sentencia favorable ni siquiera el reconocimiento explícito de otros Estados. Consiste simplemente en conseguir que, después de suficientes años, el mundo deje de hacerse preguntas.

Eso es probablemente lo más peligroso que está ocurriendo hoy en el Sáhara Occidental. Marruecos continúa buscando apoyos diplomáticos para su propuesta de autonomía y reconocimientos de su pretendida soberanía, pero mientras esa batalla permanece abierta desarrolla otra mucho más silenciosa: convertir su presencia en el territorio en paisaje cotidiano.

Dajla ofrece quizá el ejemplo más evidente. Una aerolínea europea como Transavia vende actualmente vuelos a la ciudad presentándola directamente como situada «en la costa sur de Marruecos». No hace falta ninguna declaración política. El viajero compra el billete, reserva un hotel y aprende implícitamente una geografía que contradice la que continúa reconociendo Naciones Unidas.

La misma lógica aparece en las infraestructuras. El propio Gobierno marroquí incluye el puerto Dakhla Atlantique, con una inversión prevista de 13.600 millones de dírhams, entre sus grandes proyectos nacionales de 2026. En paralelo, Dajla se promociona como destino turístico, escenario cinematográfico y espacio de inversión. Cada carretera, cada hotel y cada evento pueden tener una función económica evidente, pero juntos producen también una transformación política: hacen que administrar el territorio como si fuera Marruecos termine pareciendo lo normal.

Y ahí aparece la paradoja. Mientras una página turística puede borrar la frontera con una frase, los tribunales europeos siguen recordando que esa frontera jurídica existe. En octubre de 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea volvió a establecer que el Sáhara Occidental es un territorio distinto de Marruecos y que los acuerdos aplicados allí necesitan el consentimiento del pueblo saharaui. Incluso determinó que los productos agrícolas procedentes del territorio deben indicar Sáhara Occidental, y no Marruecos, como lugar de origen.

Naciones Unidas tampoco ha cambiado de posición fundamental: el Sáhara Occidental continúa desde 1963 en su lista de Territorios No Autónomos y la Asamblea General mantiene la cuestión dentro del proceso de descolonización. Cincuenta años de ocupación no han transformado jurídicamente el territorio en una provincia marroquí.

Pero ahí reside precisamente el peligro. El derecho puede permanecer escrito mientras la realidad cotidiana enseña otra cosa. Un joven europeo puede no haber leído jamás una resolución de Naciones Unidas ni una sentencia del TJUE, pero sí puede encontrar Dajla en una web de viajes, contemplar fotografías de complejos turísticos, escuchar hablar del nuevo puerto o asistir a un festival internacional presentado bajo administración marroquí.

La normalización funciona así: no exige convencer a todo el mundo de que Marruecos tiene razón. Basta con conseguir que cada vez menos personas recuerden que existe una pregunta pendiente.

Y no es un mecanismo exclusivo del Sáhara Occidental. La historia está llena de situaciones de fuerza que han intentado convertir el paso del tiempo en una fuente de legitimidad. Primero provocan rechazo; después generan cansancio; finalmente corren el riesgo de convertirse en costumbre. Lo excepcional deja de sorprender simplemente porque lleva demasiado tiempo ocurriendo.

Por eso el mayor éxito de Marruecos no consiste necesariamente en lograr que cada Gobierno del mundo reconozca su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Puede ser algo mucho más sencillo y mucho más profundo: conseguir que aerolíneas, empresas, turistas, medios, instituciones y ciudadanos actúen como si la cuestión ya estuviera resuelta.

El pueblo saharaui lleva cincuenta años enfrentándose también a esa batalla. No solo a la ocupación de su territorio, sino al intento de que algún día dejemos de verla como una ocupación.