El Sáhara Occidental: cuando lo que debía ser temporal dura cincuenta años, sigue sin ser normal

Sáhara Occidental cincuenta años

Hace cincuenta años, decenas de miles de saharauis huyeron hacia el desierto argelino mientras España abandonaba el Sáhara Occidental y Marruecos ocupaba gran parte del territorio. En torno a Tinduf se levantaron campamentos para responder a una emergencia. Nadie podía imaginar entonces que aquellas jaimas, aquellas primeras escuelas improvisadas y aquellos dispensarios acabarían formando parte de la vida de varias generaciones. Medio siglo después, siguen allí.

Los campamentos tienen hoy escuelas, hospitales, administraciones, mercados y viviendas. Los niños nacen, estudian y crecen; las familias celebran bodas, entierros y fiestas; la vida continúa porque necesariamente tiene que continuar. Pero esa capacidad del pueblo saharaui para organizarse y resistir no debería engañarnos. Un campamento de refugiados que dura cincuenta años no se convierte por ello en un asentamiento normal. Sigue siendo la consecuencia de un exilio que nunca debió prolongarse durante medio siglo.

Al otro lado está el Sáhara Occidental ocupado. Allí también existe una apariencia cotidiana: calles, comercios, escuelas, playas, puertos y nuevas construcciones. Pero detrás permanece una realidad que no aparece en las fotografías turísticas. Hay familias separadas desde hace décadas, activistas saharauis perseguidos, presos políticos, recursos naturales explotados sin que el pueblo saharaui haya podido decidir sobre ellos y un territorio atravesado por un enorme muro militar que divide el Sáhara Occidental de norte a sur.

Entre ambos mundos permanece además una promesa incumplida.

En 1991, el Frente POLISARIO y Marruecos aceptaron un alto el fuego vinculado a la celebración de un referéndum de autodeterminación. Para organizarlo nació la MINURSO, la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental. Treinta y cinco años después, la misión continúa allí y el referéndum que forma parte de su propio nombre nunca se ha celebrado.

También nos hemos acostumbrado a eso.

Cada año hablamos de una nueva reunión del Consejo de Seguridad, de otra renovación de la MINURSO, de un nuevo enviado personal del secretario general o de una nueva propuesta diplomática. Mientras tanto, una generación que todavía recordaba el Sáhara Occidental antes de 1975 envejece y otras han nacido sin conocerlo.

Hasta Vacaciones en Paz revela esa anormalidad que hemos incorporado a nuestra rutina. Cada verano miles de niños y niñas saharauis llegan a España para alejarse durante unas semanas de las temperaturas extremas de los campamentos, realizar revisiones médicas y convivir con familias de acogida. Lo celebramos, y debemos celebrarlo, porque es una extraordinaria expresión de solidaridad. Pero no deberíamos olvidar nunca por qué existe el programa: esos niños regresan después a unos campamentos levantados para afrontar una emergencia ocurrida hace medio siglo.

Y mientras pasan los años, seguimos leyendo noticias sobre fosfatos, pesca, agricultura, energías renovables o proyectos económicos desarrollados en el Sáhara Occidental ocupado. También eso corre el riesgo de parecernos habitual. Como si fuera normal discutir quién explota las riquezas de un territorio antes de haber permitido a su pueblo decidir libremente su futuro.

Ese es quizá uno de los mayores peligros de un conflicto que dura demasiado: que quienes lo observamos desde fuera terminemos confundiendo permanencia con normalidad.

Los saharauis han aprendido a vivir en los campamentos porque tenían que vivir. Han construido instituciones porque necesitaban organizarse. Han criado hijos y nietos en el exilio porque la vida no puede quedar suspendida durante cincuenta años. Y quienes permanecen en los territorios ocupados también trabajan, estudian, forman familias y siguen adelante.

Nada de eso significa que la situación sea normal.

Cincuenta años pueden convertir una injusticia en rutina para quienes la contemplamos desde lejos. No pueden convertirla en normalidad para el pueblo que continúa viviendo sus consecuencias.

Por eso, después de medio siglo, quizá siga siendo necesario repetir algo tan sencillo como aquello con lo que comenzamos hace años:

PLATAFORMA «NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL»