Sáhara Occidental: la tierra que se ve, pero a la que no se puede volver

A primera vista, la fotografía parece sencilla. Una flor roja movida por el viento, un paisaje árido y un horizonte casi vacío bajo el cielo inmenso del desierto.

Sin embargo, al fondo aparece una de las realidades más desconocidas y determinantes del conflicto del Sáhara Occidental: el muro construido por Marruecos a lo largo de más de 2.700 kilómetros para dividir el territorio y consolidar la ocupación.

La imagen fue tomada durante una de las visitas solidarias que durante años se realizaron en las proximidades del muro. Aquel día, como en tantas otras ocasiones, el horizonte parecía cercano. La barrera estaba allí, al alcance de la vista. Pero acercarse a ella no era tan sencillo.

No permanecíamos a esa distancia por casualidad.

Entre nosotros y el muro se extendían zonas contaminadas por minas y restos explosivos de guerra. Los desplazamientos se realizaban siguiendo caminos previamente señalizados o desminados. Más allá de esos itinerarios, el desierto podía convertirse en una amenaza invisible.

Esa es una de las paradojas más crueles del muro del Sáhara Occidental. Incluso cuando parece cercano, no siempre es posible aproximarse libremente a él. La barrera militar está protegida por extensos campos minados que durante décadas han condicionado la vida de pastores, nómadas, civiles y visitantes.

Quizá por eso la fotografía transmite una sensación difícil de explicar. El muro parece lejano en el horizonte, pero en realidad está mucho más cerca de lo que aparenta. Lo que separa al observador de esa línea no es únicamente la distancia. Es también la memoria de la guerra y la presencia permanente de un peligro oculto bajo la arena.

Durante décadas, miles de familias saharauis han permanecido separadas por esta inmensa barrera militar. Padres e hijos, hermanos, amigos y vecinos quedaron a uno y otro lado de una frontera impuesta por la guerra y convertida con el tiempo en una de las mayores divisiones humanas del continente africano.

La flor roja que aparece en primer plano parece desafiar esa realidad. Pequeña, frágil y casi insignificante frente a la inmensidad del desierto, introduce una nota de vida en un paisaje marcado por la separación. Tal vez por eso la imagen sugiere algo más que un simple horizonte. Sugiere la existencia de una tierra que se puede ver, pero a la que todavía no se puede regresar libremente.

Durante años, delegaciones internacionales, periodistas, activistas y representantes de movimientos solidarios visitaron las proximidades del muro para denunciar una realidad que apenas ocupa espacio en la agenda internacional. Aquellas marchas y concentraciones pretendían recordar que el conflicto seguía vivo y que la ocupación continuaba teniendo consecuencias humanas concretas.

Porque el muro no solo divide territorios.

También deja víctimas.

La segunda fotografía que acompaña este texto muestra una de esas consecuencias. En primer plano aparecen varios saharauis durante una de aquellas jornadas de protesta. Algunos de ellos utilizan prótesis para poder caminar. Al fondo vuelve a aparecer el muro.

La imagen no necesita demasiadas explicaciones.

A lo largo de décadas, las minas y explosivos sembrados alrededor de la barrera han causado la muerte o la mutilación de numerosos civiles saharauis. Pastores, viajeros y habitantes de las zonas cercanas han convivido durante años con uno de los mayores campos minados del mundo.

Por eso el muro del Sáhara Occidental no termina donde acaba la arena.

Continúa en las familias separadas por la ocupación. Continúa en quienes siguen viviendo lejos de su tierra. Continúa en quienes perdieron una pierna, un brazo o la vida por una explosión oculta bajo el desierto.

Y continúa también en la memoria colectiva de un pueblo que lleva medio siglo contemplando el horizonte.

La flor roja de la primera imagen parece pequeña frente a la inmensidad del paisaje.

Sin embargo, quizá simbolice algo que ha sobrevivido a la guerra, al exilio, a las minas y al olvido: la voluntad de seguir mirando hacia una tierra que todavía se considera propia.

Porque hay lugares que pueden verse desde lejos.

Y hay pueblos que nunca dejan de intentar regresar a ellos.

Carlos Cristóbal – Fotografías para entender el Sáhara Occidental

«Esta fotografía fue tomada durante una visita solidaria al muro del Sáhara Occidental en 2014. Mientras algunos análisis internacionales reducen el conflicto a una cuestión de recursos, estrategias y rivalidades regionales, la imagen recuerda que detrás de esos debates siguen existiendo personas, territorios divididos y una descolonización pendiente.»