La pieza de Cristina Martínez Benítez de Lugo en Contramutis vuelve a poner nombre, cuerpo y memoria a una situación que Marruecos intenta convertir en rutina: la de los presos políticos saharauis del grupo de Gdeim Izik, dispersados en cárceles marroquíes, alejados de sus familias y sometidos a condiciones de detención denunciadas durante años por organismos internacionales, organizaciones de derechos humanos y familiares.
El artículo se centra en Naama Asfari, preso político saharaui condenado a 30 años de cárcel, que inició el 8 de junio una huelga de hambre indefinida para reclamar su libertad y la de sus compañeros de Gdeim Izik. No se trata de una demanda abstracta ni de una petición simbólica. Como recuerda Contramutis, existen decisiones de mecanismos de Naciones Unidas que han señalado la tortura, la detención arbitraria y la obligación de reparar las violaciones sufridas por estos presos.
La reseña es especialmente importante porque ordena una historia que no empieza ahora. Naama Asfari fue detenido el 7 de noviembre de 2010, en vísperas del desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik, y desde entonces su caso se ha convertido en uno de los símbolos de la represión marroquí contra el pueblo saharaui. El Comité contra la Tortura de Naciones Unidas dictaminó que sus confesiones fueron obtenidas bajo tortura y reclamó medidas que Marruecos nunca ha aplicado. Años después, el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre la Detención Arbitraria pidió la liberación de los presos de Gdeim Izik.
Contramutis subraya también la dimensión humana de esta huelga. Naama Asfari no está solo. Su esposa, Claude Mangin, ha sufrido durante años la prohibición de visitarlo. Otros presos saharauis han protagonizado huelgas de hambre extremas en los últimos años. Las familias han tenido que convertir la denuncia en una forma permanente de resistencia. La cárcel, en estos casos, no castiga solo al preso: castiga a todo un pueblo, a sus familias y a quienes se niegan a aceptar el silencio.
La importancia de esta lectura está en su claridad: no estamos ante un asunto penitenciario menor, sino ante el incumplimiento reiterado por parte de Marruecos de decisiones internacionales sobre tortura, detención arbitraria y derechos fundamentales. Naama Asfari reclama algo que ya ha sido reconocido por órganos de Naciones Unidas. Su huelga de hambre no pide un favor; exige que se cumpla el derecho.
Por eso esta pieza de Contramutis debe leerse, compartirse y servir para aumentar la presión social e institucional. La vida de Naama Asfari está en riesgo. La situación de los presos de Gdeim Izik sigue siendo una herida abierta en la causa saharaui. Y el silencio internacional, especialmente el de quienes tienen responsabilidades históricas y jurídicas con el Sáhara Occidental, no es neutralidad: es complicidad.