OPINIÓN | Nigeria, el gasoducto y el límite de Marruecos en el Sáhara Occidental

Mohamed Yeslem Beissat, ministro saharaui de Exteriores y Asuntos Africanos, junto al ministro de Estado de Asuntos Exteriores de Nigeria, Sola Enikanolaiye, durante el encuentro celebrado en Abuja en el que Nigeria reafirmó su reconocimiento de la República Saharaui y su apoyo a la autodeterminación y la descolonización del Sáhara Occidental.

Abuja impulsa junto a Rabat un gigantesco proyecto energético, pero vuelve a reconocer a la República Saharaui y a defender la descolonización. Los negocios no han conseguido comprar su silencio.

Por Victoria G. Corera

Durante años, Marruecos ha presentado el proyectado gasoducto entre Nigeria y su territorio como algo más que una gran infraestructura energética. Rabat lo ha convertido en una pieza central de su política africana, en una demostración de influencia regional y, de manera más o menos explícita, en la prueba de que sus relaciones económicas podían terminar arrastrando a Abuja hacia sus posiciones sobre el Sáhara Occidental.

La realidad acaba de volver a imponer sus límites.

Nigeria ha reafirmado su reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática y su apoyo a los principios de autodeterminación y descolonización. Lo hizo durante la visita a Abuja de Mohamed Yeslem Beissat, ministro saharaui de Asuntos Exteriores y enviado especial del presidente Brahim Ghali.

El ministro de Estado de Asuntos Exteriores nigeriano, Sola Enikanolaiye, recordó que su país reconoce oficialmente a la República Saharaui desde 1984 y mantiene su compromiso con el respeto de las fronteras heredadas de la colonización, el diálogo y el Derecho Internacional. No estamos, por tanto, ante una cortesía diplomática ni ante una declaración deliberadamente ambigua. Abuja ha reiterado una posición histórica que Marruecos no ha logrado modificar.

La declaración tiene especial importancia porque se produce apenas unos días después de que los Estados miembros de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental firmaran el acuerdo intergubernamental del denominado Gasoducto Africano Atlántico, el proyecto que pretende unir Nigeria con Marruecos atravesando la costa occidental africana.

Sería precipitado afirmar que el respaldo nigeriano a la República Saharaui supone el fracaso inmediato del gasoducto. El proyecto ha superado una nueva fase institucional y continúa contando con el compromiso de Nigeria, Marruecos y los países de la CEDEAO. Sin embargo, todavía deben constituirse la sociedad encargada de desarrollarlo y su autoridad de gobernanza, movilizarse los inversores y prepararse la decisión final de inversión. El gasoducto ha avanzado, pero continúa lejos de convertirse en una realidad material.

El verdadero fracaso se encuentra en otro lugar.

Lo que ha vuelto a desinflarse es la idea de que las inversiones, las infraestructuras y las promesas de cooperación económica marroquíes conducen inevitablemente a una renuncia política frente a la ocupación del Sáhara Occidental.

Nigeria demuestra que un Estado africano puede mantener relaciones económicas con Marruecos, participar en un proyecto estratégico de enormes dimensiones y, al mismo tiempo, reconocer a la República Saharaui y defender el derecho de su pueblo a la autodeterminación.

No es una distinción menor. Rabat ha construido buena parte de su diplomacia africana sobre la confusión interesada entre cooperación económica y alineamiento político. Cada acuerdo comercial es presentado como un apoyo a sus pretensiones territoriales. Cada proyecto de inversión se convierte en propaganda sobre una supuesta aceptación continental de la ocupación. Cada relación bilateral intenta utilizarse para borrar a la República Saharaui del escenario africano.

Abuja acaba de recordar que los negocios no sustituyen al Derecho Internacional.

El gasoducto podrá avanzar, retrasarse o quedar atrapado durante años entre sus enormes necesidades financieras, técnicas y políticas. Su futuro dependerá de factores mucho más amplios que la relación bilateral entre Nigeria y Marruecos. Pero lo que no puede presentarse es como la prueba de una convergencia política total entre ambos países.

Nigeria no ha cambiado de posición. Continúa reconociendo a la República Saharaui, recibiendo oficialmente a sus representantes y defendiendo la descolonización del Sáhara Occidental.

Marruecos puede exhibir acuerdos, mapas de futuros corredores energéticos y proyectos de miles de kilómetros. Lo que no ha conseguido es que uno de los países más importantes de África renuncie a una posición basada en la historia del continente, en sus fronteras heredadas de la colonización y en el derecho de los pueblos a decidir su futuro.

Ese es el límite que Abuja acaba de señalar. Y ese es, también, el verdadero fracaso de la diplomacia marroquí.