El nuevo Consejo de Seguridad de la ONU y el Sáhara Occidental: algunas hipótesis para 2027 – Por Carlos C. García

La elección de nuevos miembros no permanentes no cambiará por sí sola el conflicto, pero ofrece algunas pistas sobre el equilibrio diplomático que podría encontrarse el expediente saharaui en los próximos años.

La reciente elección de Austria, Portugal, Kirguistán, Trinidad y Tobago y Zimbabue como nuevos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha pasado prácticamente desapercibida fuera de los círculos diplomáticos. Sin embargo, para quienes seguimos la cuestión del Sáhara Occidental, la composición del Consejo siempre merece atención. No porque determine automáticamente el futuro del conflicto, sino porque permite intuir cuáles serán las sensibilidades políticas presentes cuando vuelvan a debatirse los mandatos de la MINURSO y las iniciativas relacionadas con el proceso de paz.

Conviene empezar por una evidencia. Ningún cambio significativo puede producirse en el Consejo de Seguridad sin tener en cuenta a los cinco miembros permanentes. Y en este terreno la situación sigue siendo relativamente estable. Francia continúa siendo el principal apoyo diplomático de Marruecos dentro del Consejo. Estados Unidos mantiene una posición favorable a una solución política basada en el plan de autonomía marroquí, aunque formalmente siga respaldando el marco de Naciones Unidas. Por su parte, Rusia y China continúan defendiendo un enfoque más apegado al derecho internacional y al principio de autodeterminación, mientras que el Reino Unido suele moverse en posiciones más prudentes y equilibradas.

La verdadera novedad se encuentra en los miembros no permanentes. Entre ellos destaca especialmente la entrada de Zimbabue, un país que históricamente ha mantenido posiciones favorables a la República Saharaui y que suele mostrarse sensible a las causas africanas de descolonización. No parece probable que su presencia altere los equilibrios fundamentales del Consejo, pero sí puede contribuir a mantener visible el discurso africano sobre la autodeterminación del pueblo saharaui.

También resulta interesante la elección de Portugal. Lisboa ha mantenido tradicionalmente una política exterior bastante respetuosa con la legalidad internacional y con las resoluciones de Naciones Unidas. No es previsible que adopte posiciones de confrontación diplomática, pero tampoco parece destinada a convertirse en un apoyo automático de las tesis marroquíes. Su presencia podría aportar una voz europea diferente a la de Francia dentro del Consejo.

Trinidad y Tobago representa otra incógnita interesante. La tradición diplomática de muchos países del Caribe ha estado vinculada históricamente a los procesos de descolonización y a la defensa del derecho de los pueblos a decidir su futuro. Habrá que observar hasta qué punto esa sensibilidad se refleja en los debates relacionados con el Sáhara Occidental.

Kirguistán es probablemente el miembro más difícil de interpretar. Su política exterior suele orientarse hacia posiciones de consenso y resulta complicado anticipar qué papel desempeñará en una cuestión tan específica. Algo parecido ocurre con algunos de los miembros que continuarán en el Consejo hasta finales de 2027, cuyos posicionamientos dependerán en buena medida del contexto diplomático de cada momento, a saber Baréin (muy alineado con Marruecos y con los Acuerdos de Abraham), Colombia, República Democrática del Congo (miembro de la Unión Africana), Letonia y Liberia.

¿Significa todo esto que el Consejo de Seguridad va a modificar sustancialmente su posición sobre el Sáhara Occidental? Probablemente no. Las grandes líneas de actuación continúan condicionadas por el peso de los miembros permanentes y, especialmente, por el papel que Francia desempeña como principal respaldo internacional de Marruecos dentro del órgano.

Sin embargo, tampoco parece que Rabat vaya a encontrarse con un Consejo especialmente cómodo. La presencia de países como Zimbabue, Portugal o incluso algunos Estados africanos y latinoamericanos puede dificultar la consolidación de una narrativa que presente la cuestión saharaui como un asunto definitivamente resuelto. La autodeterminación, la descolonización pendiente y el respeto al derecho internacional seguirán teniendo defensores dentro del máximo órgano de seguridad de Naciones Unidas.

Quizá esa sea la principal conclusión que puede extraerse hoy. El nuevo Consejo de Seguridad no parece diseñado para producir grandes cambios. Pero tampoco parece el escenario ideal para quienes consideran que el expediente del Sáhara Occidental está cerrado. En diplomacia, y especialmente en Naciones Unidas, a veces la simple supervivencia de determinados principios ya constituye una noticia relevante.