La posible entrada de Noruega como escenario de nuevas conversaciones puede rebajar la presión directa de Washington, pero no cambia la cuestión de fondo: ninguna salida será justa si ignora el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.
El expediente del Sáhara Occidental vuelve a moverse en el terreno diplomático. En Oslo, en el marco del Foro de la Paz, el vice ministro noruego de Asuntos Exteriores, Andreas Motzfeldt Kravik, mantuvo un encuentro con Massad Boulos, consejero especial del presidente estadounidense Donald Trump para asuntos africanos y árabes, y con Staffan de Mistura, enviado personal del secretario general de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental. Según la información publicada, la reunión estuvo centrada en la cuestión saharaui y Noruega expresó su disposición a apoyar los esfuerzos para alcanzar una solución justa, duradera y mutuamente aceptable.
La noticia no debe leerse con ingenuidad, pero tampoco conviene pasarla por alto. Después de las conversaciones celebradas en Washington los días 23 y 24 de febrero, el nombre de Oslo aparece ahora como posible sede de una nueva ronda de contactos entre las partes implicadas. No es un detalle menor. Washington no es un escenario neutral cuando la política estadounidense ha tendido a presentar el plan marroquí de autonomía como marco preferente de solución. En ese contexto, trasladar las conversaciones a Noruega podría interpretarse como un intento de abrir un espacio menos condicionado por la presión directa de la administración Trump.
Sin embargo, cambiar la sala no basta si el guion sigue siendo el mismo. El Sáhara Occidental no necesita una operación de maquillaje diplomático, ni una fórmula diseñada para cerrar el expediente a cualquier precio. Necesita una solución conforme al derecho internacional, basada en el consentimiento del pueblo saharaui y en su derecho inalienable a la autodeterminación. La expresión “solución justa, duradera y mutuamente aceptable” solo tendrá sentido si no se convierte en una manera elegante de pedir al pueblo saharaui que acepte una autonomía impuesta bajo soberanía marroquí.
Noruega tiene un peso simbólico evidente en la diplomacia internacional. Su nombre está asociado a los Acuerdos de Oslo entre palestinos e israelíes, firmados en 1993 en Washington tras un proceso de negociación impulsado con apoyo noruego. Precisamente por eso, cualquier referencia a Oslo debe manejarse con cuidado. La historia demuestra que una negociación puede abrir expectativas, pero también puede consolidar desequilibrios si una de las partes llega con respaldo internacional, ocupación sobre el terreno y ventaja política, mientras la otra sigue reclamando un derecho reconocido pero permanentemente aplazado.
En el caso saharaui, la cuestión de fondo sigue intacta. El problema no es únicamente dónde se reúnen las partes, sino sobre qué base se pretende negociar. Si el punto de partida es la autodeterminación, el proceso puede tener recorrido. Si el punto de partida es la autonomía marroquí, la negociación nace viciada, porque convierte en concesión lo que debería ser un derecho. El pueblo saharaui no puede ser convocado a una mesa para legitimar una solución decidida previamente por otros.
Por eso, la posible pista noruega merece atención, pero no entusiasmo automático. Puede ser una oportunidad si sirve para alejar el expediente de la imposición, recuperar el marco de Naciones Unidas y devolver centralidad al pueblo saharaui. Pero también puede convertirse en otro escenario diplomático más si se limita a desplazar geográficamente una presión política ya conocida.
Negociar, sí. Pero negociar no es imponer. Y en el Sáhara Occidental, cualquier salida que no respete el derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro no será una solución justa ni duradera. Será, simplemente, otra forma de administrar la ocupación.
La posible entrada de Noruega como escenario de nuevas conversaciones puede rebajar la presión directa de Washington, pero no cambia la cuestión de fondo: ninguna salida será justa si ignora el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui.