Carlos Cristóbal – Fotografías para entender el Sáhara Occidental
Hay comidas que no son solo comidas. Para Shibani Carlos, un plato de lentejas sigue teniendo, muchos años después, un sabor especial. No por la receta, ni por la calidad del producto, sino por la memoria que arrastra. Cada vez que come lentejas, vuelve de alguna manera a su jaima de El 27 de Febrero (hoy daira), a los platos compartidos en los campamentos saharauis, al té, al pan especial, a la arena del desierto y a esa forma saharaui de hacer sitio al visitante como si ya formara parte de la familia.
Las fotografías pertenecen a un reparto de ayuda alimentaria en la wilaya de Smara, en el mes de febrero de 2008. Sacos de azúcar blanca, arroz y lentejas. Productos básicos, necesarios, repetidos durante décadas en la vida cotidiana de los campamentos. La ayuda humanitaria ha permitido sostener a una población expulsada de su tierra, pero también ha marcado profundamente la alimentación de generaciones enteras. En los campamentos saharauis se ha resistido mucho con muy poco. Y ese “muy poco” ha tenido demasiadas veces la forma de sacos de legumbres, arroz, harina, aceite y azúcar.
Aquel día, la mujer saharaui de la fotografía dijo a Shibani Carlos, entre la broma y la verdad, que tenía la cara de ese color “de tanto comer lentejas”. La frase quedó unida para siempre a aquella imagen. No era solo una ocurrencia simpática: en unas pocas palabras cabían la repetición de los mismos alimentos, la dependencia de la ayuda exterior, la dureza del exilio y también esa ironía saharaui capaz de convertir una carencia en una sonrisa.
Porque en los campamentos saharauis la comida no puede separarse de la historia. El té, preparado con paciencia y azúcar abundante, no es solo una bebida: es hospitalidad, pausa, conversación, ceremonia cotidiana. Pero el exceso de azúcar, unido a una alimentación limitada y poco variada, también ha dejado consecuencias en la salud. La diabetes y otros problemas relacionados con la dieta forman parte de una realidad que no puede explicarse solo como cuestión cultural. Tiene que ver con el refugio prolongado, con la precariedad impuesta, con la dependencia de una ayuda internacional insuficiente y con la imposibilidad de vivir plenamente de los recursos propios.
La imagen del reparto puede parecer sencilla: un camión, unos sacos, varias personas esperando, organizando, cargando o descansando. Pero detrás de esa escena hay una pregunta incómoda. ¿Cuánto tiempo puede una población vivir dependiendo de una ayuda que nunca debería haber sido su destino? El pueblo saharaui no nació para vivir de la caridad internacional. Fue empujado al exilio por una ocupación, por una guerra, por una descolonización abandonada y por una comunidad internacional que lleva medio siglo administrando la espera.
También había, en aquella escena, otra distancia menos visible: la del idioma. No siempre era fácil entenderse. Algunas generaciones saharauis habían aprendido castellano en el Sáhara bajo administración española. Otras lo estudiaron después en las escuelas de los campamentos y lo reforzaron durante sus veranos en España, gracias al programa Vacaciones en Paz. Pero también hubo hombres y mujeres que no fueron escolarizados antes de 1975 y que, tras el éxodo, no tuvieron las mismas oportunidades de acceder a la educación organizada que más tarde se desarrolló en los campamentos.
Ese detalle importa. El castellano es todavía hoy una segunda lengua muy presente en la sociedad saharaui, una huella histórica de la responsabilidad española y un puente afectivo, político y cultural entre el pueblo saharaui y amplios sectores de la sociedad española. Sin embargo, España nunca ha asumido de verdad una política seria para reforzar su presencia en los campamentos. No lo ha hecho en la medida que debería, pese a que esa lengua forma parte de una historia compartida y de una deuda pendiente.
Por eso estas fotografías no muestran solo un reparto de alimentos. Muestran una relación larga, compleja y a veces desigual entre dos mundos que se miran, se ayudan, se entienden a medias y, aun así, siguen encontrándose. En un saco de lentejas puede caber la ayuda humanitaria, la nostalgia, la broma, la precariedad, la memoria colonial, la hospitalidad y la dignidad de un pueblo que lleva demasiado tiempo obligado a convertir la resistencia en vida cotidiana.
Y quizá por eso Shibani Carlos sigue sintiendo algo especial cada vez que come lentejas. Porque no recuerda únicamente un plato. Recuerda una jaima, unas manos, una frase, una risa, una familia saharaui y un pueblo entero que, incluso en el exilio, ha sabido compartir lo poco que tenía como si fuera abundancia.
