RESUMEN SEMANAL | Semana 28: el Sáhara Occidental disputa el relato frente a la propaganda y el bloqueo

Del 6 al 12 de julio de 2026, la contestación al rodaje de La Odisea en Dajla, la responsabilidad de instituciones españolas y la resistencia saharaui marcaron una semana en la que la ocupación volvió a ser cuestionada desde la cultura, la política y la calle.

La semana no ha estado dominada por una gran negociación diplomática ni por una nueva resolución internacional. Lo más significativo ha ocurrido en otro terreno: el de la batalla por el relato. Marruecos continúa intentando presentar la ocupación del Sáhara Occidental como una realidad irreversible y normalizada, pero cada vez encuentra más respuestas que desmontan esa apariencia de normalidad.

El cine, el fútbol, la universidad, los espacios culturales y las instituciones políticas han vuelto a aparecer como escenarios de una misma confrontación. No son asuntos separados. Forman parte de la estrategia con la que Rabat trata de borrar la condición colonial del territorio y de la respuesta de quienes se niegan a aceptar que el pueblo saharaui sea convertido en un actor invisible dentro de su propia tierra.

La cultura también puede legitimar una ocupación

La proximidad del estreno de La Odisea, la nueva superproducción de Christopher Nolan, ha situado en primer plano su rodaje en Dajla, ciudad del Sáhara Occidental ocupada por Marruecos. La campaña impulsada por Sandblast y las protestas desarrolladas en Londres han recordado que una película no aterriza en un territorio ocupado sin consecuencias políticas.

Dajla no es simplemente un paisaje exótico elegido por una productora internacional. Es una ciudad sometida a una ocupación que Naciones Unidas continúa considerando pendiente de descolonización. Rodar allí bajo autorización marroquí, sin consultar al pueblo saharaui y beneficiándose de las estructuras del ocupante, contribuye a presentar como marroquí un territorio que no lo es.

La movilización contra La Odisea ha sido el asunto que mayor atención ha despertado durante la semana. No parece casual. Existe una creciente sensibilidad ante el uso del cine, el deporte y los grandes acontecimientos internacionales como instrumentos de poder blando. El problema ya no puede reducirse a dónde se grabó una película: afecta a quién obtiene legitimidad, quién recibe los beneficios y quién queda deliberadamente excluido.

La misma lógica aparece en la utilización del Mundial de 2030 y en la apropiación de símbolos, vestimentas y expresiones culturales saharauis. Marruecos intenta presentar como patrimonio nacional aquello que pertenece a un pueblo cuya identidad política niega. Frente a esa operación, la denuncia saharaui recuerda que la cultura tampoco es un territorio neutral.

España: cooperación, silencios y aplazamientos

El segundo gran bloque de la semana ha vuelto a situar la mirada sobre España. La exclusión del Sáhara Occidental en actividades promovidas por Casa Árabe, el viaje de responsables universitarios canarios a El Aaiún y Dajla ocupados y el nuevo retraso de la Ley de Nacionalidad Saharaui responden a ámbitos diferentes, pero revelan un mismo problema de fondo.

La cooperación académica deja de ser inocente cuando acepta el mapa político impuesto por la potencia ocupante. Una universidad española que desarrolla relaciones institucionales en el Sáhara Occidental a través de estructuras marroquíes no se limita a intercambiar conocimientos: concede una apariencia de legitimidad a la administración ilegal del territorio.

Algo semejante sucede cuando instituciones culturales españolas abordan Marruecos, el Magreb o la historia colonial sin incorporar la voz saharaui. No se trata únicamente de una ausencia en un programa. La exclusión reproduce el relato según el cual el Sáhara Occidental puede ser estudiado, administrado o representado sin contar con su pueblo.

El bloqueo de la Ley de Nacionalidad Saharaui añade una dimensión política y humana a esa responsabilidad. Después de meses de tramitación, el Congreso vuelve a dejar la iniciativa en el aire hasta después del verano. Mientras se aplaza una medida de reparación vinculada directamente a la historia colonial española, proliferan además informaciones falsas y personas que pretenden cobrar por trámites que todavía no existen.

Conviene insistir: no hay una ley definitivamente aprobada ni puede iniciarse todavía ningún procedimiento de nacionalidad al amparo de ella. La reparación histórica no puede convertirse en terreno para la desinformación, la especulación o la estafa.

La ocupación no ha conseguido apagar la resistencia

Frente a la propaganda y los silencios institucionales, la semana también ha dejado imágenes que muestran que el Sáhara Occidental ocupado continúa siendo un territorio políticamente vivo. La bandera saharaui izada por jóvenes en El Aaiún durante una celebración organizada por Marruecos resume mejor que muchos discursos el fracaso de cincuenta años de políticas de asimilación.

La ocupación controla las calles, las instituciones, los medios de comunicación y buena parte de la actividad pública. Sin embargo, no ha logrado eliminar la identidad nacional saharaui ni impedir que reaparezca incluso en los espacios concebidos para celebrar la presencia marroquí.

Esa resistencia tiene también un rostro mucho más doloroso. La situación extrema de Naâma Asfari, después de más de un mes en huelga de hambre, y la dispersión de los presos políticos de Gdeim Izik recuerdan el precio que se paga por desafiar a la ocupación. El aislamiento penitenciario, la distancia impuesta a las familias y la falta de atención médica no son simples deficiencias carcelarias: forman parte de un sistema de castigo y desgaste.

Junto a la prisión y la represión aparece también la continuidad de Vacaciones en Paz. La llegada de niños y niñas saharauis a distintas comunidades españolas representa una dimensión diferente de la misma historia: un pueblo obligado al refugio que continúa construyendo vínculos de solidaridad mientras espera una solución política que la comunidad internacional lleva décadas aplazando.

Una batalla que Marruecos todavía no ha ganado

Las lecturas de la semana muestran que la sociedad responde especialmente cuando consigue identificar los mecanismos concretos de la normalización: una película rodada en Dajla, una universidad española que viaja bajo el marco marroquí, un símbolo saharaui apropiado o una ley de reparación nuevamente aplazada.

Marruecos ha logrado extender su influencia política, económica, cultural y mediática. Pero no ha conseguido transformar la ocupación en una realidad indiscutible. Cada intento de normalización encuentra una protesta, una denuncia jurídica, una bandera en los territorios ocupados o una voz que recuerda que el Sáhara Occidental sigue siendo un territorio pendiente de descolonización.

Ese es el hilo que une la semana: la ocupación trata de apropiarse del territorio, de sus símbolos y de su representación internacional, mientras el pueblo saharaui continúa disputándole el relato y defendiendo su derecho a existir como sujeto político.

El Sáhara Occidental no es un decorado cinematográfico, una extensión administrativa de Marruecos ni un expediente que España pueda aplazar indefinidamente. Es la última colonia de África y un proceso de descolonización que continúa sin resolverse.