Sáhara Occidental | No basta con poder decir «no»: autodeterminación significa poder elegir entre alternativas reales

El futuro del Sáhara Occidental sigue pendiente de una elección que corresponde al pueblo saharaui: no solo poder rechazar una propuesta, sino poder decidir entre alternativas reales sobre su destino.

El debate diplomático sobre el Sáhara Occidental parece haber avanzado en los últimos meses hacia una pregunta que durante demasiado tiempo se quiso evitar: quién debe decidir el futuro del territorio. Pero incluso esa pregunta resulta insuficiente. Porque no basta con reconocer al pueblo saharaui el derecho a aceptar o rechazar una propuesta si previamente se han eliminado de la mesa todas las alternativas salvo una. La autodeterminación exige algo más que consentimiento: exige una elección real.

Carlos Cristóbal – NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL

 

La aceleración diplomática impulsada durante 2026 ha situado cada vez más la propuesta marroquí de autonomía en el centro de las conversaciones. Washington quiere resultados, Marruecos pretende convertir su iniciativa en el marco definitivo y las tres rondas celebradas este año han demostrado que existe voluntad internacional de sacar el expediente del prolongado bloqueo. Pero acelerar un proceso no significa haber resuelto aquello que lo mantiene abierto desde hace medio siglo.

La información conocida estos días sobre António Guterres y Staffan de Mistura introduce una diferencia importante. Si un eventual estatuto de autonomía tuviera que ser sometido al pueblo saharaui para que pudiera aceptarlo o rechazarlo, ya no estaríamos ante una simple imposición. Habría consentimiento. Y poder decir «no» importa.

Pero la declaración difundida esta noche por el Frente POLISARIO obliga a mirar esta cuestión desde un ángulo todavía más preciso. El Frente acusa a De Mistura de haber comprometido su neutralidad al respaldar la autonomía como base de futuras conversaciones y advierte de que una reiteración de ese enfoque podría llevarle a reconsiderar su relación y su cooperación con el enviado personal de Naciones Unidas. La advertencia no es menor: significa que una de las dos partes percibe que el marco de la negociación empieza a cerrarse antes de que se haya negociado realmente el resultado.

Ahí está el problema de fondo. Si la mediación parte de que la autonomía bajo soberanía marroquí debe ser la base y, en la práctica, también el horizonte de llegada, la capacidad de elección del pueblo saharaui queda reducida. Se le podría preguntar si acepta o rechaza una propuesta concreta, pero no necesariamente ofrecerle la posibilidad de decidir entre distintos futuros políticos.

Y entonces aparece una segunda pregunta: ¿qué ocurre después del no? Si rechazar la autonomía solo conduce a negociar otra autonomía, con más competencias, mayores garantías internacionales o un reparto diferente de los recursos, el resultado último seguiría estando delimitado de antemano. El pueblo saharaui podría discutir las condiciones de su incorporación a Marruecos, pero no decidir necesariamente sobre todas las posibilidades de su futuro político.

Ahí está la diferencia entre consultar y autodeterminarse. El Plan de Arreglo que dio origen a la MINURSO partía de una lógica diferente. La consulta prevista debía permitir escoger entre independencia e integración con Marruecos. Aquella vía lleva décadas bloqueada y, en el escenario diplomático actual, parece extraordinariamente difícil imaginar su recuperación en los términos diseñados en 1991. Reconocerlo no obliga, sin embargo, a aceptar que haya desaparecido el principio que contenía: la existencia de alternativas políticas reales entre las que elegir.

Incluso el derecho internacional de la descolonización nunca redujo la libre determinación exclusivamente a la independencia. Naciones Unidas ha contemplado históricamente distintas formas de alcanzar un estatuto político libremente decidido: independencia, libre asociación, integración u otras fórmulas siempre que respondan a la voluntad expresada libremente por el pueblo concernido. Por eso la cuestión esencial no debería ser cuántas competencias contiene un plan de autonomía, sino si los saharauis pueden compararlo con otras opciones y decidir entre ellas.

La nota del Frente POLISARIO a propósito de De Mistura adquiere así un significado que va más allá de una disputa sobre el comportamiento de un mediador. Lo que pone sobre la mesa es si el proceso sigue siendo realmente abierto o si comienza a transformarse en una negociación sobre las condiciones de una solución cuyo marco principal ya vendría fijado desde fuera.

Esto ayuda a comprender por qué resulta tan problemática cualquier tentativa de predeterminar el final de las conversaciones. Si se establece antes de comenzar que la soberanía marroquí no puede discutirse, lo que queda abierto es solamente el grado de autonomía. Puede negociarse el Parlamento, el Gobierno local, la policía, los recursos, las garantías internacionales o los mecanismos de transición. Pero la cuestión fundamental ya habría sido decidida fuera de la negociación.

Y entonces el proceso dejaría de responder a una pregunta sobre el futuro del Sáhara Occidental para convertirse en una negociación sobre las condiciones en las que debería aplicarse una respuesta previamente elegida.

Hay además una realidad jurídica que ninguna aceleración diplomática puede borrar por sí sola. Mientras el pueblo saharaui no haya ejercido efectivamente su derecho a la libre determinación y el proceso de descolonización no haya concluido, el Sáhara Occidental seguirá figurando ante Naciones Unidas como un Territorio No Autónomo pendiente de descolonización. Cambiar el lenguaje de las negociaciones, privilegiar una propuesta o acumular reconocimientos políticos no modifica automáticamente ese estatuto. Para cerrarlo hace falta resolver precisamente aquello que continúa pendiente: la expresión libre y efectiva de la voluntad del pueblo del territorio.

La advertencia formulada por el Frente POLISARIO a De Mistura da a esta cuestión una dimensión inmediata. Su presencia en las conversaciones no puede servir únicamente para legitimar una solución sobre la que no tenga capacidad efectiva de negociar el resultado final. Sentar a una parte alrededor de una mesa no convierte automáticamente el proceso en una negociación si aquello que esa parte considera esencial ha sido excluido de antemano.

Tal vez el viejo referéndum de 1991 se encuentre hoy políticamente más lejos que nunca. Tal vez la solución definitiva adopte, si alguna vez llega, una fórmula que entonces ni siquiera estaba prevista. Pero eso no elimina la pregunta que aquella consulta pretendía responder y que sigue intacta medio siglo después.

No basta con preguntar al pueblo saharaui si acepta la solución que otros han preparado para él. Autodeterminación significa que pueda elegir entre alternativas reales. Porque, al final, la cuestión del Sáhara Occidental no consiste solamente en saber quién vota. Consiste también en saber qué puede votar.

Y mientras esa elección real no se produzca, seguirá existiendo una realidad que ningún cambio de terminología puede ocultar: el Sáhara Occidental continuará siendo, para Naciones Unidas, un Territorio No Autónomo cuya descolonización permanece pendiente.

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