Medio siglo después del exilio, los campamentos saharauis sobreviven entre la resiliencia, el desgaste y el abandono internacional
Por Victoria G. Corera

La imagen que a menudo se proyecta sobre los campamentos saharauis de Tinduf oscila entre dos extremos igualmente incompletos: la épica romántica de la resistencia o el retrato puramente humanitario de una población condenada a depender eternamente de la ayuda internacional. Ninguna de las dos explica por sí sola la realidad de decenas de miles de saharauis que llevan medio siglo viviendo en el exilio, en uno de los entornos más duros del planeta, sin haber elegido jamás esa situación.
Porque conviene recordar algo que a veces desaparece incluso de los grandes reportajes internacionales: los campamentos no nacieron como una opción política ni como un modelo de vida deseado. Son la consecuencia directa de una guerra, de una ocupación y de un proceso de descolonización inconcluso que obligó a miles de familias saharauis a huir del Sáhara Occidental en 1975. La ayuda humanitaria no sustituyó nunca al país perdido; apenas permitió sobrevivir lejos de él.
Un reciente reportaje publicado por EL PAÍS vuelve a mostrar el deterioro progresivo de las condiciones de vida en los campamentos tras los recortes internacionales, especialmente después del desplome de fondos humanitarios procedentes de Estados Unidos y otros donantes occidentales. La situación afecta al agua, a la alimentación, al sistema sanitario y a la educación. Pero incluso dentro de esa precariedad creciente, hay un elemento que muchas veces pasa desapercibido: el mantenimiento de una estructura social, educativa e institucional que sigue funcionando medio siglo después en pleno desierto.
Los campamentos saharauis no son únicamente un espacio de asistencia humanitaria. Son también una sociedad organizada que ha desarrollado escuelas, hospitales, estructuras administrativas, redes solidarias y mecanismos de convivencia en condiciones extremadamente difíciles. Esa dimensión resulta esencial para comprender por qué, pese al desgaste evidente, el tejido colectivo saharaui continúa resistiendo.
El problema es que la resiliencia tiene límites. Y cada vez más voces dentro de los propios campamentos alertan de un cansancio acumulado que afecta especialmente a las nuevas generaciones. Jóvenes formados que no encuentran oportunidades, profesionales que emigran, familias separadas entre Europa y el exilio, trabajadores humanitarios que sobreviven con incentivos mínimos y una sensación creciente de estancamiento político tras décadas de espera.
Aun así, el discurso predominante entre muchos saharauis sigue lejos del victimismo absoluto. Lo que aparece con frecuencia es otra idea: la de una población obligada constantemente a “resolver”, a adaptarse y a sostener una vida cotidiana marcada por la escasez sin renunciar por ello a la dignidad colectiva ni a la reivindicación política.
En las jaimas de Tinduf no sólo se habla de ayuda alimentaria o de recortes. También se habla de regreso, de memoria, de estudios, de hijos, de futuro y de una identidad nacional que continúa transmitiéndose generación tras generación. Incluso en medio de la precariedad, los campamentos siguen funcionando como un espacio político y humano donde el pueblo saharaui mantiene viva su existencia colectiva fuera de la ocupación marroquí.
Por eso quizá el verdadero problema para la comunidad internacional no sea únicamente la reducción de fondos humanitarios. El problema más incómodo es otro: que cincuenta años después sigue existiendo una población refugiada cuya presencia recuerda diariamente que el conflicto del Sáhara Occidental continúa sin resolverse.
Y que detrás de cada camión cisterna, de cada escuela improvisada o de cada reparto de alimentos sigue estando la misma cuestión pendiente: el derecho de un pueblo a decidir libremente sobre su propio país.