Sáhara Occidental: Marruecos entre EE.UU. y Rusia mientras la UE sacrifica el derecho internacional

Mientras el foco internacional se desplaza entre conflictos abiertos y tensiones globales, el Sáhara Occidental vuelve a situarse en el centro de una arquitectura geopolítica cada vez más compleja. Marruecos ha logrado consolidar una posición singular: reforzado por el apoyo de Estados Unidos, tolerado por Rusia en el Consejo de Seguridad y beneficiado por las contradicciones de la Unión Europea. Todo ello, en un escenario donde el derecho internacional queda progresivamente relegado.

Lejos de tratarse de dinámicas aisladas, estos movimientos configuran un equilibrio inestable en el que el Sáhara Occidental actúa como pieza clave. Energía, diplomacia, armamento y comercio se entrelazan en una estrategia donde Rabat se mueve en varios planos simultáneamente, mientras el pueblo saharaui continúa privado de su derecho a la autodeterminación.

El respaldo estadounidense a Marruecos se mantiene como uno de los pilares centrales de esta arquitectura. La reafirmación del reconocimiento de la soberanía marroquí por parte de Washington, acompañada del impulso a inversiones en el territorio —incluido el Sáhara Occidental— y del refuerzo militar mediante la entrega de equipamiento estratégico, consolida una alianza de gran alcance. Drones, sistemas de vigilancia y cooperación en materia de seguridad refuerzan la posición marroquí en la región, al tiempo que generan inquietud en países vecinos como España, que observa con preocupación este fortalecimiento en su entorno inmediato.

Sin embargo, este alineamiento con Estados Unidos no impide a Marruecos mantener una relación pragmática con Rusia. En el seno del Consejo de Seguridad, Moscú ha optado en distintas ocasiones por la abstención en votaciones relacionadas con el Sáhara Occidental. Esta postura ha sido interpretada por algunos analistas como un factor que evita bloquear iniciativas favorables a la posición marroquí, dentro de una dinámica diplomática más amplia en la que Rabat busca preservar márgenes de interlocución con diferentes actores internacionales.

En paralelo, otro elemento revela la complejidad de este equilibrio: diversos informes periodísticos recientes apuntan a la llegada de productos petroleros rusos a puertos marroquíes en los últimos meses, en el marco de las nuevas rutas energéticas que Rusia ha desarrollado tras las sanciones occidentales. Estas operaciones, a menudo canalizadas a través de intermediarios y circuitos comerciales poco transparentes, se insertan en un fenómeno más amplio de reconfiguración de los flujos energéticos globales.

Aunque este tipo de transacciones no resulta necesariamente ilegal para países terceros, la opacidad de algunos de estos circuitos plantea interrogantes de carácter político, comercial y medioambiental, especialmente cuando se desarrollan en un contexto de creciente tensión internacional.

Frente a esta estrategia flexible de Marruecos, Argelia mantiene una posición constante basada en el derecho internacional. Desde 1975, el Sáhara Occidental figura en la lista de territorios no autónomos de Naciones Unidas, y su población tiene reconocido el derecho a la autodeterminación. Esta base jurídica ha sido reiterada en múltiples ocasiones y se ve reforzada por las decisiones del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que ha establecido de forma clara que el Sáhara Occidental y Marruecos son territorios separados y distintos.

Es precisamente en este punto donde emerge una de las mayores contradicciones del escenario actual: la posición de la Unión Europea. Por un lado, Bruselas se presenta como defensora del orden jurídico internacional y aplica sanciones estrictas en otros contextos, como el energético respecto a Rusia. Por otro, en el caso del Sáhara Occidental, ha optado por acuerdos comerciales con Marruecos que esquivan las sentencias de su propio tribunal.

El uso de fórmulas como el etiquetado “regional” para productos procedentes del Sáhara Occidental permite, en la práctica, integrar estos bienes en el mercado europeo sin reconocer su origen real. Esta práctica no solo vulnera el espíritu de las resoluciones judiciales europeas, sino que debilita la credibilidad de la propia Unión como actor basado en el derecho.

La contradicción es evidente: mientras la UE endurece su postura frente a Moscú, tolera indirectamente circuitos energéticos vinculados a Rusia a través de terceros países, y al mismo tiempo flexibiliza sus principios jurídicos para mantener relaciones comerciales estratégicas con Marruecos. En este contexto, el Sáhara Occidental se convierte en el punto donde convergen estas incoherencias.

A ello se suma un factor creciente: los riesgos medioambientales asociados a estas nuevas rutas energéticas. El aumento del tráfico de hidrocarburos en condiciones opacas, en zonas sensibles del Mediterráneo, incrementa la posibilidad de incidentes con consecuencias graves, en un entorno donde la supervisión internacional resulta limitada.

En conjunto, el escenario revela una arquitectura geopolítica frágil, sostenida más por equilibrios tácticos que por principios estables. Marruecos ha sabido posicionarse en un espacio diplomático complejo para maximizar sus ventajas. Argelia mantiene una línea coherente basada en el derecho internacional. Pero la Unión Europea aparece atrapada entre sus intereses económicos, sus alianzas estratégicas y sus propias normas.

La cuestión de fondo trasciende el caso concreto del Sáhara Occidental. Lo que está en juego es la capacidad del sistema internacional para sostener sus propias reglas. ¿Hasta qué punto puede erosionarse el derecho internacional antes de perder su eficacia? ¿Y qué coste político y moral está dispuesta a asumir la Unión Europea al situarse, de facto, en contradicción con sus propios principios?

Mientras estas preguntas permanecen abiertas, el pueblo saharaui sigue esperando el cumplimiento de un derecho reconocido, pero sistemáticamente postergado.

Victoria G. Corera – Plataforma NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL