
Washington acelera, Rabat multiplica su actividad diplomática, la relación con Israel vuelve a avanzar y la MINURSO afronta una revisión sobre su futuro. A pocas semanas de las citas de octubre en Naciones Unidas, abundan ya los titulares que presentan el desenlace como inevitable. Pero el pueblo saharaui y el derecho internacional siguen formando parte de una ecuación que nadie puede simplemente dar por resuelta.
Octubre se acerca rodeado de una evidente sensación de aceleración. Algunos medios marroquíes hablan ya prácticamente del final de una etapa: una MINURSO profundamente transformada, el plan de autonomía convertido en camino irreversible y un Frente POLISARIO progresivamente desplazado del proceso. Ese relato no nace de la nada: se apoya en movimientos diplomáticos reales, aunque presenta como desenlace lo que todavía son apoyos, presiones y negociaciones abiertas.
La Resolución 2797 introdujo en octubre de 2025 un cambio político importante. El Consejo de Seguridad pidió que las negociaciones tomaran como base la propuesta marroquí de autonomía y señaló que una autonomía genuina podría representar un resultado factible. Pero el texto aprobado mantuvo también dos elementos esenciales: la solución final debe ser mutuamente aceptable y debe proporcionar la autodeterminación del pueblo del Sáhara Occidental. Además, prorrogó la MINURSO hasta el 31 de octubre de 2026 y encargó al secretario general una revisión estratégica sobre su futuro mandato.
En este momento hay que mirar especialmente a Estados Unidos. Como ya señalábamos en Washington quiere mover el expediente en Nueva York, pero ¿qué ha anunciado realmente?, la pregunta ya no es cuál es su posición nacional, que conocemos, sino hasta dónde pretende trasladarla al propio proceso de Naciones Unidas. Octubre permitirá comprobar si busca simplemente acelerar unas negociaciones estancadas o impulsar una transformación más profunda de la MINURSO y del marco político construido desde 1991.
Marruecos llega además a esta cita con una posición diplomática reforzada: ha acumulado apoyos al plan de autonomía, ha estrechado su relación con Washington y ha vuelto a avanzar en la normalización con Israel. Es una realidad política que sería absurdo negar. Pero tampoco conviene confundir una correlación diplomática favorable con una solución jurídica definitiva. Naciones Unidas sigue incluyendo al Sáhara Occidental en su lista de Territorios No Autónomos y continúa tratándolo como una cuestión de descolonización pendiente.
Y aquí aparece el actor que con demasiada frecuencia desaparece cuando se habla de geopolítica: el pueblo saharaui. Puede disponer de menos instrumentos diplomáticos, económicos o militares que quienes están moviendo piezas alrededor del conflicto, pero jurídicamente continúa siendo el sujeto cuya voluntad debe formar parte de cualquier solución. La propia Resolución 2797 mantiene al Frente POLISARIO dentro de las consultas impulsadas por Naciones Unidas y conserva expresamente la referencia a la autodeterminación.
Tampoco parte de cero. La Corte Internacional de Justicia concluyó en 1975 que no existían vínculos de soberanía territorial entre Marruecos y el Sáhara Occidental capaces de impedir la aplicación del principio de autodeterminación mediante la expresión libre y auténtica de la voluntad de la población del territorio. Y la República Saharaui continúa siendo miembro de pleno derecho de la Unión Africana. Son elementos que no determinan por sí solos cuál será el resultado político, pero sí recuerdan que el expediente no puede reducirse a una suma de reconocimientos bilaterales.
Por eso octubre puede ser muy importante sin ser necesariamente definitivo. Es el calendario que venimos siguiendo desde Nueva York abre su gran semana diplomática con la descolonización del Sáhara Occidental ya en el calendario de octubre. Puede cambiar el lenguaje del Consejo de Seguridad, redefinirse la MINURSO, estrecharse el marco negociador alrededor de la autonomía y consolidarse una posición estadounidense más activa. Pero ninguna de esas cosas responde por sí sola a la pregunta central: cómo se incorpora de manera efectiva la voluntad del pueblo saharaui a la solución final.
Tal vez esa sea la verdadera batalla de octubre. No quién consigue colocar el titular más rotundo después de la votación, sino qué queda escrito en la nueva resolución, qué futuro se reserva a la MINURSO y qué mecanismo permitirá que el pueblo saharaui participe realmente en la determinación de su propio futuro. El tablero puede cambiar. La descolonización, sin embargo, no desaparece porque cambien las piezas.
Carlos Cristóbal
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